El descanso es tan esencial como comer.

El descanso es tan esencial como comer. Unsplash

Salud y Bienestar

La trampa cultural de sentirte productiva sólo cuando estás agotada: señales de que tu cuerpo necesita parar

Durante décadas, la cultura del esfuerzo ha ocupado un lugar privilegiado en el imaginario colectivo.

Más información: ¿Estás cansada o te resfrías con facilidad? 10 señales de que tu cuerpo está inflamado (y te pide ayuda a gritos)

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La escena es típica. Llegas a casa después de otro día de caos cotidiano. Las tareas del hogar se han acumulado. El trabajo no abandona tu espacio mental. Además, ¿qué harás para cenar?

Un par de horas más tarde, caes rendida después de intentar ver alguna serie que pretendías terminar hace semanas. No lo consigues.

Vivimos en un tiempo en el que el cansancio se confunde con mérito. La madrugadora incansable, la profesional que responde correos a medianoche, la emprendedora que presume de dormir cuatro horas y, claro, tiene a los niños perfectos y listos para el colegio cada mañana.

El agotamiento no es una medalla.

El agotamiento no es una medalla. Unsplash

Todas ellas han sido elevadas a la categoría de heroínas contemporáneas, la superwoman de la vida real. Sin embargo, cada vez más voces expertas advierten que esta narrativa no sólo es engañosa, sino potencialmente dañina para la salud mental y la productividad real.

Síndrome de burnout

Hablar de agotamiento en todos los aspectos de la vida no es una moda reciente. El psicólogo Herbert Freudenberger fue uno de los primeros en describir los síntomas del burnout y estudiar el desgaste -sobre todo profesional- en profundidad.

Se trata de una respuesta prolongada al estrés crónico laboral que puede derivar en malestar psicológico significativo.

Hoy, la Organización Mundial de la Salud reconoce este síndrome como un problema vinculado al trabajo que afecta la motivación, las relaciones y la salud física.

Trampa cultural

El agotamiento no es una medalla de honor ni un sinónimo de productividad, sino un estado de fatiga que reduce el rendimiento y afecta la salud mental y física.

Violeta Acedo, psicóloga y divulgadora apunta: "Hay una parte en el sistema nervioso, el simpático, que es el que nos pone en lucha, huida o congelación cuando nos quedamos en shock".

“Eso es lo que nos hace ir en piloto automático, porque el tener activada esa zona no permite que paremos. Hay que tener presencia, lo que llamamos en psicología habitarse, es decir, ser consciente de por qué estoy así. Existimos en una cultura en la que se premia la velocidad”, continúa.

“Las mujeres hemos llegado a un punto en el que se nos impone todavía más una situación o un estado de perfeccionismo. No estamos priorizando el descanso; al contrario, lo estamos viendo como si fuese algo malo”, indica la psicóloga.

Para ella, la clave para revertir esta tendencia pasa por desarrollar la autoestima y matiza que no le gusta hablar de ella en términos de “buena” o “mala”, sino de una desarrollada, compuesta por distintos elementos. Estos son el autodiálogo, el autoconcepto, la valoración personal y, por supuesto, la capacidad de establecer límites.

Violeta Acedo, psicóloga y divulgadora de salud mental.

Violeta Acedo, psicóloga y divulgadora de salud mental. Cedida

Barreras necesarias

“Si yo no me hablo bien a mí misma, si siento que no tengo valor, no voy a ser capaz de poner esos límites”, afirma. Pueden adoptar formas muy concretas y necesarias: “No, ahora no puedo. No, ahora no estoy disponible. O no, ahora necesito parar”. Sin esa conexión interna —ese habitarse— resulta difícil incluso detectar cuándo necesitamos hacerlo.

Al hablar de los perfiles más vulnerables a esta dinámica, la divulgadora señala al perfeccionismo como un factor relevante. En su práctica trabaja con el modelo IFS (Internal Family Systems), que entiende la personalidad como un conjunto de partes internas que se van configurando a lo largo de la vida.

“Dentro de cada persona aparecen esas partes muy exigentes”, explica. A menudo nacen de mensajes tempranos vinculados a la comparación —ese “mira qué bien lo hace otro, ¿por qué tú no?”— o a la necesidad de cumplir determinadas expectativas. Con el tiempo, esa voz se interioriza y se transforma en autoexigencia.

El resultado es una persona que lo da todo hasta quedarse sin recursos, incapaz de frenar o de reconocer sus propios límites.

Redes sociales

En la era de la hiperconectividad, las redes sociales se han convertido en un escaparate permanente, donde todo parece medirse en términos de productividad, éxito y perfección.

Aunque han demostrado ser herramientas valiosas para informar, conectar profesionales o divulgar conocimiento, también han alimentado un relato exigente —y con frecuencia irreal— sobre lo que significa “llegar a todo”.

“Hoy no sólo importa hacer, sino mostrar qué se hace. Rutinas imposibles que empiezan a las cuatro de la madrugada, jornadas laborales impecables, cuerpos entrenados, agendas llenas y una gestión emocional aparentemente infalible forman parte de una narrativa”, indica la profesional de salud mental.

Lejos de inspirar, suele despertar una comparación constante. De ahí surge esa sensación tan contemporánea de no ser suficiente.

Hay que aprender a habitarnos, a tomar consciencia de cómo nos sentimos.

Hay que aprender a "habitarnos", a tomar consciencia de cómo nos sentimos. Unsplash

Es peor para las mujeres

Si esta presión afecta a la sociedad en su conjunto, en el caso de las mujeres adquiere una dimensión todavía más compleja. Según Violeta Acedo: “Sobre ellas parece recaer una suerte de ideal renacentista: profesionales eficientes, madres presentes, parejas atentas, amigas disponibles y, además, cuidadas y serenas”.

“Todo sin que el cansancio se note. El agotamiento se romantiza como si fuera un símbolo de éxito. Cuanto más trabajo y más exhausta termino el día, mejor lo estoy haciendo. Cuando en realidad ese modelo es insostenible”, sigue la psicóloga.

Dormir tres o cuatro horas, reservar un breve espacio de madrugada para una misma y considerar el descanso un lujo revela hasta qué punto hemos distorsionado nuestras prioridades.

La dificultad para parar no es casual. Existe una necesidad creciente de tener cada minuto bajo control, agendas milimetradas que, inevitablemente, terminan trasladándose también a los hijos, atrapados entre horarios escolares y un sinfín de actividades extraescolares.

“Son patrones que se heredan sin cuestionarlos, y que consolidan una vida en automático donde detenerse parece casi un acto de rebeldía”, comparte Acedo.

Compromiso o autoexplotación

Conviene distinguir entre el compromiso sano y la autoexplotación. El primero es aquel que aporta energía, presencia y coherencia personal; nace del deseo, del “quiero hacer esto”.

La autoexplotación, en cambio, desgasta y suele estar impulsada por la culpa o la exigencia: “tengo que hacerlo”, “debo demostrar que valgo”, “necesito que me vean”. No es tanto lo que hacemos, sino desde dónde.

Cuando la motivación proviene de la comparación o de la necesidad de validación externa, el precio suele pagarse en bienestar.

Entonces, reaprender a descansar se vuelve una tarea urgente. "El descanso no debería ser un premio tras una jornada interminable, sino una necesidad básica. Es tan esencial como comer", apunta la psicóloga.

Hace apenas unas décadas la vida transcurría a un ritmo más amable y con menos estímulos. Hoy, en cambio, vivimos hiperactivados, expuestos a una cascada constante de deseos y objetivos que nos arrastra a un bucle difícil de romper.

Desde la psicología clásica, este equilibrio ya estaba formulado. La ley de Yerkes-Dodson sostiene que el rendimiento aumenta con la activación mental solo hasta cierto punto. Cuando la excitación es excesiva, el desempeño cae.

En otras palabras, el estrés moderado puede motivar pero en exceso destruye la eficacia.

No es lo mismo el compromiso sano que la autoexplotación.

No es lo mismo el compromiso sano que la autoexplotación. Unsplash

Preguntarse desde dónde nos comunicamos y actuamos ayuda a comprender qué necesita realmente nuestro cuerpo, porque no todos funcionamos igual. Escucharlo es clave: suele hablar antes de que la mente sea capaz de reconocer el problema.

Pequeños gestos cotidianos pueden marcar la diferencia. Comer sin pantallas, bajar el ritmo, escribir, dibujar, dedicar unos minutos a actividades manuales o simplemente dejar de mirar el reloj son prácticas que, aunque parezcan menores, construyen hábitos más pausados.

El mindfulness insiste en esta idea. Si sentimos que no tenemos ni cinco minutos para respirar, probablemente necesitemos 20.

Señales de alarma

Suelen ser silenciosas al principio. Contracturas, dolores de cabeza, molestias digestivas o tensión en el cuello suponen formas habituales de somatizar.

También aparece la irritabilidad —todo molesta, cualquier comentario desborda— y la sensación de no disfrutar nada, de convertir cada actividad en una meta sin saborear el proceso.

A nivel cognitivo, la falta de concentración se hace evidente: comemos mirando una pantalla, encadenamos vídeos sin retener información, vivimos en un scroll infinito.

El insomnio completa el cuadro. La mente no se apaga porque el cuerpo lleva demasiado tiempo pidiendo descanso.

Quizá la verdadera tarea consista en hacerse una pregunta sencilla y, a la vez, incómoda: ¿qué dice de mí todo lo que hago? Revisar esas creencias, escuchar las propias necesidades y cuestionar la exigencia constante puede ser el primer paso para abandonar la cultura del agotamiento.

Porque parar no es fallar; es, muchas veces, la única forma de sostenerse.