Alimentos naturales, menos estrés y contacto con la naturaleza son factores imprescindibles para la salud.

Alimentos naturales, menos estrés y contacto con la naturaleza son factores imprescindibles para la salud.

Salud y Bienestar

El cuerpo se rebela contra los hábitos del s XXI: volver a las rutinas del pasado mejorará tu salud... también la mental

Nuestro organismo no está diseñado para soportar estrés, vida sedentaria y poco descanso y esto genera desequilibrios.

Más información: Una nutricionista acaba con los mitos sobre las dietas: de los carbohidratos como origen del mal al "plan de tu prima"

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Si nos paramos a escuchar cualquier conversación cotidiana encontraremos un patrón claro: cada vez más personas viven con algún síntoma. ¿Es paradójico que esto suceda en un mundo con tanta información sobre salud, tantos recursos y tantos avances médicos?

Yo creo que sí. Digestiones pesadas, cansancio constante, problemas de sueño, ansiedad, inflamación abdominal, problemas de piel, dificultades para concentrarse o dolores que aparecen y desaparecen sin una causa clara son algunos ejemplos.

Seguramente, el hecho de que no sean síntomas graves ni altamente limitantes nos hace restarles importancia y se convierte en una sensación de que el cuerpo no termina de funcionar del todo bien, pero que hay poco que hacer.

Pero, ¿de verdad hay poco que hacer? ¿De dónde viene todo esto?

Parte de la explicación está en una idea bastante simple: el organismo humano no está diseñado para la vida que llevamos hoy. Es el resultado de miles de años de evolución en entornos muy distintos al actual.

El cansancio es un síntoma recurrente a causa del estrés.

El cansancio es un síntoma recurrente a causa del estrés. iStock

Durante la mayor parte de nuestra historia pasábamos muchas horas al aire libre, nos movíamos constantemente, dormíamos siguiendo los ciclos de luz y oscuridad y nuestra alimentación se basaba en alimentos poco procesados.

Sin embargo, en apenas unas décadas, nuestro estilo de vida ha cambiado de forma radical. Pasamos más tiempo sentados que nunca, descansamos menos de lo que necesitamos, vivimos expuestos a estímulos constantes y la dieta está dominada por productos industriales.

El resultado no es necesariamente una enfermedad concreta, sino algo más sutil: un organismo que se queja porque vive en un entorno para el que no estaba preparado.

Los cambios que nos desajustan

Aunque solemos buscar una única causa para nuestros problemas de salud, la realidad es que el cuerpo funciona como un sistema complejo. Lo que ocurre es más bien una suma de factores que, poco a poco, van generando desequilibrios.

Alimentación.

La forma en que comemos hoy se parece poco a la de hace dos o tres generaciones. Durante gran parte del siglo pasado, la base eran alimentos relativamente simples: verduras, legumbres, huevos, pescado, carne, frutas o cereales. Poco que ver con lo que vemos en los carros de la compra hoy en día.

Los productos que ingerimos suelen contener poca fibra, menos micronutrientes y más ingredientes diseñados para resultar extremadamente apetecibles, como azúcares añadidos, harinas refinadas o aceites de baja calidad.

Aunque nos suele preocupar mucho cómo esto afecta a nuestro peso, no es lo único sobre lo que impacta. También influye en la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que habitan nuestro intestino y que desempeñan un papel clave en la digestión, el sistema inmunitario e incluso en la regulación del estado de ánimo.

Tóxicos ambientales.

Uno de los cambios más importantes que han sucedido en los últimos 100 años tiene que ver con el entorno que nos rodea. Estamos expuestos a una cantidad de sustancias químicas muy superior a la de generaciones anteriores: plásticos, pesticidas, contaminantes atmosféricos o determinados compuestos presentes en cosméticos y productos de limpieza.

Nuestro organismo tiene sistemas de detoxificación muy eficaces —principalmente el hígado y los riñones—, pensados para el mundo “de siempre”. Pero cuando la exposición es constante, pueden verse desbordados.

Cada vez hay más investigación sobre cómo algunos de estos compuestos pueden actuar como disruptores endocrinos, alterando procesos hormonales que influyen en el metabolismo, la fertilidad o el sistema inmunitario.

Estrés crónico.

No tiene por qué ser un problema. De hecho, se trata de una respuesta biológica normal que nos permite adaptarnos a situaciones retadoras. El problema aparece cuando el sistema nervioso permanece activado durante demasiado tiempo.

Vivimos hiperconectados, con agendas llenas, múltiples responsabilidades y una exposición constante a estímulos. Muchas personas pasan gran parte del día en un estado de alerta permanente.

Esto hace que el cuerpo priorice funciones relacionadas con la supervivencia inmediata y deje en segundo plano procesos como la digestión, la reparación celular o el descanso.

No es casualidad que la gente note que, en épocas de mayor estrés, empeora su digestión, su energía o su calidad del sueño.

Descanso.

Dormir bien es una de las bases más importantes de la salud, pero también uno de los hábitos que más se ha deteriorado en las últimas décadas.

La exposición a pantallas por la noche, los horarios irregulares, el estrés o la falta de luz natural durante el día alteran nuestros ritmos biológicos.

Un mal descanso no sólo genera cansancio, también influye en la regulación del apetito, en el metabolismo de la glucosa, en el sistema inmunitario y en la capacidad de concentración.

Falta de movimiento.

Y por último, la joya de la corona: la actividad física. Nuestro cuerpo está diseñado para moverse a lo largo del día, no para estar en la silla de la oficina ocho horas, en la cama otras seis y en el sofá cinco más.

Hacer deporte y evitar el sedentarismo también influye en el bienestar.

Hacer deporte y evitar el sedentarismo también influye en el bienestar. iStock

Y aunque nos de mucho miedo la báscula, el movimiento no solamente afecta al peso corporal. También influye en la salud cardiovascular, la regulación metabólica, la salud mental y el funcionamiento del sistema inmunitario.

Es decir, un cuerpo que no se mueve es un organismo que se deteriora antes por dentro y por fuera.

La sencillez como dogma

Ante este panorama es fácil pensar que la solución pasa por estrategias complejas o por optimizar cada detalle de nuestra vida. Pero muchas veces ocurre lo contrario.

La ciencia lleva años señalando algo bastante simple: muchas de las intervenciones más efectivas consisten en recuperar hábitos básicos que durante mucho tiempo fueron normales.

La vuelta al origen.

En alimentación, por ejemplo, uno de los cambios más importantes suele ser volver a alimentos reconocibles: verduras, frutas, legumbres, huevos, pescado, frutos secos o cereales integrales. No se trata de buscar la dieta perfecta, sino de que la mayor parte de lo que comemos se parezca a comida real.

Reducir la exposición a tóxicos también puede empezar con gestos sencillos: ventilar la casa con frecuencia, priorizar recipientes de vidrio frente al plástico para los alimentos o simplificar la cantidad de productos de limpieza y cosmética que utilizamos.

En el caso del estrés, algo tan simple como introducir pausas reales durante el día, pasar tiempo al aire libre o reducir la exposición constante a pantallas puede ayudar al sistema nervioso a salir de ese estado de alerta permanente.

El descanso también responde bien a pequeños cambios: intentar mantener horarios de sueño regulares, reducir la luz artificial por la noche y exponerse a la luz natural desde primera hora del día ayuda a sincronizar nuestros ritmos biológicos.

Y en cuanto al movimiento, no todo depende del ejercicio estructurado. Caminar más, subir escaleras, moverse a lo largo del día o pasar tiempo en actividades en la naturaleza puede tener un impacto muy significativo.

Quizá una de las paradojas de este tiempo es que, en medio de tanta tecnología e información sobre salud, muchas de las herramientas más eficaces siguen siendo sorprendentemente sencillas.

Porque, al final, cuidar nuestro organismo quizá tenga menos que ver con hacerlo todo perfecto… y más con volver a esas cosas básicas que el cuerpo siempre ha necesitado.