Planificar hoy para proteger mañana.
Delia Rodríguez, abogada: "Hay dinero que puede desaparecer de una herencia porque nadie sabe que existe"
Muchas mujeres gestionan en silencio estos activos y ponen en apuros a sus familiares tras su muerte.
Más información: María José Rodríguez Rojas, abogada, sobre el testamento: "Si eres heredero y te han omitido, reclama"
Hace unos años conocimos en el despacho el caso de una mujer que falleció de forma repentina. Su marido y sus hijas sabían que, además de los bienes y derechos ordinarios de su vida, había dejado tras de sí una parte de su legado que no cabía en una carpeta ni se encontraba en una caja fuerte: sus activos digitales.
Ella les había hablado de ellos alguna vez, casi de pasada, pero nadie sabía dónde se encontraban, en qué plataformas estaban depositados ni cómo acceder a ellos. Sentados frente al ordenador, sus seres queridos se enfrentaban a una pregunta tan sencilla como difícil de responder: ¿por dónde empezar?
Sabían que esos activos existían, pero no dónde buscarlos ni cómo incorporarlos a la herencia. Tardaron meses en localizar un fondo de inversión, reconstruir movimientos bancarios a partir de extractos dispersos y descubrir qué había detrás de algunas plataformas que aparecían en su ordenador. Y, aun así, nunca llegaron a saber si había algo más.
Esa historia, con nombres distintos, se repite más de lo que imaginamos y casi siempre tiene a una mujer como protagonista silenciosa.
Durante décadas, las mujeres hemos sostenido la organización invisible de la vida familiar. Somos, muchas veces, quienes recordamos las citas médicas, renovamos documentos, sabemos dónde están las escrituras, gestionamos los seguros y mantenemos en orden todo aquello que hace que una familia funcione.
Muchas mujeres no hablan abiertamente de sus cuentas digitales.
Sin embargo, cuando se trata de nuestro propio dinero, seguimos guardando silencio, con una discreción que, en ocasiones, roza el anonimato.
Muchas invierten sin contárselo a nadie. Otras guardan una cuenta de ahorro que nunca han mencionado, un plan contratado desde el móvil o una pequeña cartera de criptomonedas que apenas consideran relevante. A veces por prudencia; otras, simplemente, porque esa conversación nunca llegó a surgir.
Y lo cierto es que esa falta de comunicación puede convertirse en un problema enorme justo cuando quienes nos sobreviven se encuentran más vulnerables. El duelo por el fallecimiento ya es bastante difícil como para tener que enfrentarse, además, a una herencia que puede llegar como un dardo envenenado, sembrando incertidumbre allí donde deberían quedar certezas.
No hablamos únicamente de grandes patrimonios sino de realidades mucho más cotidianas: un fondo de inversión abierto hace unos años, una cuenta remunerada, unas acciones adquiridas paulatinamente o un negocio digital. Pequeñas piezas de una vida construida con el tiempo que pueden quedar en el olvido si nadie sabe que existen.
Es precisamente ahí donde puede cobrar sentido una adecuada planificación patrimonial y sucesoria, no sólo para proteger nuestra menor o mayor fortuna, sino para cuidar de quienes quedarán cuando ya no estemos y evitar que, llegado el momento, tengan que emprender a ciegas un camino que nosotras podríamos haberles allanado.
Y no siempre hacen falta grandes decisiones. A veces, basta un pequeño gesto para dejar encendida una luz para quienes vendrán después. Planificar también puede significar algo tan sencillo como hablar, dejar constancia y anticiparse a aquello que pueda suceder.
En el día a día, cuando pensamos en nuestra pareja o en nuestros hijos, puede ser suficiente una conversación clara sobre las cuentas que tenemos, dónde se encuentran y cómo actuar si algún día ya no estamos. Una decisión que puede marcar una gran diferencia.
Pero cuando pensamos más allá del núcleo familiar, las cosas cambian. Para que nuestra voluntad tenga efectos firmes frente a otros familiares, es necesario recurrir a instrumentos que permitan dejarla debidamente plasmada, como el testamento, en el que podemos incluir disposiciones sobre nuestros activos digitales y determinar quién queremos que los reciba.
Ahora bien, la muerte no es el único escenario que conviene prever. Una incapacidad sobrevenida nos sitúa ante una realidad distinta, en la que el citado documento todavía no despliega sus efectos porque seguimos aquí.
Para este contexto existen otras herramientas, concebidas no para transmitir lo que tenemos, sino para garantizar que alguien de nuestra confianza pueda seguir ocupándose de ello cuando nosotras ya no podamos hacerlo.
Mantener una comunicación abierta con la pareja y demás familiares es crucial.
Para ello, podemos otorgar un poder ante notario y designar a una persona de nuestra confianza para que, si algún día no podemos hacerlo por nosotras mismas, pueda ocuparse de gestionar estos asuntos y velar por aquello que hemos dejado en sus manos.
Por otra parte, puede ser igualmente valioso elaborar y compartir un inventario privado que permita saber dónde se encuentra cada activo, qué entidades intervienen y cómo acceder a ellos si algún día fuera necesario, sin necesidad de desvelar todos nuestros movimientos, de modo que en el futuro pueda servir de guía a nuestra familia.
Asimismo, los gestores de contraseñas pueden desempeñar un papel especialmente útil en este ámbito. Muchos permiten configurar un acceso de emergencia para que una persona de confianza pueda solicitar el acceso a nuestras credenciales.
Nosotras recibiríamos un aviso y contaríamos con un plazo para rechazar la solicitud; sólo si no respondemos se habilitaría el acceso. Así, podemos dejar previsto quién podrá acceder a nuestra información sin renunciar al control mientras sigamos disponibles.
Como veis, existen múltiples herramientas para conservar nuestras finanzas, tanto si algún día dejamos de estar en condiciones de gestionarlas por nosotras mismas como si faltamos. Por eso, no tenemos por qué vivir pendientes de lo que pueda suceder, pero sí podemos ocuparnos hoy de dejar las cosas un poco más claras.
Ordenar las finanzas digitales no es solo una cuestión tecnológica. Es, ante todo, una forma de velar por nuestro bienestar, preservar nuestra autonomía y decidir quién podrá acompañarnos cuando necesitemos que alguien tome el relevo.
Y quizá esa sea una de las formas más generosas de amor propio: dejar preparado nuestro futuro para que, pase lo que pase, sigamos estando protegidas.