La escritora Susana Fortes.

La escritora Susana Fortes. Cedida

Protagonistas

El viaje familiar de Susana Fortes al franquismo: "Nos llamaban a casa por teléfono para decir 'rojos, al paredón'"

Su más reciente novela, El extraño verano del 75, rinde homenaje a su padre, encarcelado por el régimen.

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Susana Fortes (Pontevedra, 1959) lleva más de 15 novelas explorando los territorios donde la memoria personal se cruza con la historia.

Escritora, periodista y profesora, ha convertido el pasado en materia literaria en títulos como Quattrocento, El amante albanés, El corazón del océano, La huella del hereje o Nada que perder.

Ahora regresa a una época que, para ella y para España, fue mucho más que un cambio de estación.

En El extraño verano del 75, reconstruye desde la mirada de una niña —ella misma— los meses que rodearon la detención y posterior salida en libertad de su padre, militar vinculado a la oposición antifranquista.

La obra llega ahora también en formato audiolibro, en una producción exclusiva de Audible grabada en estudios de cine, con efectos sonoros que ayudan a recrear la atmósfera de aquel verano. La narración corre a cargo de Neus Sendra, cuya interpretación, en palabras de Fortes, no se limita a leer: "Vibra, respira y acompaña".

Cinco hermanos, una madre enfrentada de pronto a una situación que no comprende, una abuela anciana y una casa atravesada por el miedo componen el escenario íntimo de un país a punto de cambiar.

El aniversario ha sido el detonante. "Es una historia que siempre ha estado ahí, siempre ha formado parte de mi familia. Ahora se cumplen 50 años de la salida en libertad de mi padre y sentí que era el momento", explica.

Xosé Fortes Bouzán, padre de la escritora.

Xosé Fortes Bouzán, padre de la escritora. Cedida

La novela nace, por tanto, de un recuerdo, pero aspira a algo más amplio: reconstruir una época desde dentro de las casas, lejos de los grandes discursos históricos.

La escritora quería contar qué significaba vivir aquel momento cuando todavía no se sabía cómo terminaría: "Me gustaría haber conseguido hacer una radiografía sentimental de todo el país. Ese año, a nadie que lo haya vivido se le olvida".

Sitúa el foco en cinco niños en el cuarto de estar mientras alrededor de ellos los adultos intentan comprender lo que sucede. A través de esa perspectiva infantil, la realidad adquiere una dimensión casi fantástica.

"Desde la óptica infantil, todo era una historia de dragones", cuenta. Para escribirla, regresó también a una de las lecturas fundamentales de su infancia: Mujercitas. "Cuando me puse a escribir me vino a visitar su fantasma. Me sentí como la hermana mayor escritora que está contando la historia de su familia".

Ese regreso a la infancia exigía una decisión esencial: escoger desde qué voz narrar. Y la autora lo tuvo claro: "La decisión más importante que tiene que tomar un escritor cuando se sienta frente al ordenador es esa. Yo tuve claro que sería mi yo de entonces".

No quería que la escritora adulta corrigiera la mirada de aquella niña, sino rescatarla con su imaginación, sus miedos y también su capacidad para divertirse, incluso cuando el mundo de los mayores se desmoronaba.

"A veces la niña que fuimos toca la puerta y hay que dejarla pasar", dice. La frase resume buena parte del impulso del relato.

Escribir se convirtió en una forma de regresar físicamente a aquellos espacios y sensaciones: "El proceso de escritura te obliga a entrar más, a recuperar sensaciones: cómo ondeaba una cortina, o el día que llamaron a mi casa muy temprano para decir que había muerto Franco".

La memoria, sin embargo, no es un archivo exacto. Más bien funciona como una materia viva, moldeada por la mirada de cada persona.

"Es una de las formas más misteriosas del amor", asegura. Lo ha comprobado incluso dentro de su propia familia: "Mis hermanos y yo nos ponemos a recordar y uno lo hace de una forma y otros de otra. La memoria es selectiva y cada uno tiene su enfoque".

Pero esa falta de exactitud no le resta valor. Al contrario: "Cuando cuentas historias del pasado haces que las personas vuelvan a vivir, vuelvan a estar. Es una manera de rescatar".

En El extraño verano del 75, ese rescate también sirve para acercarse a una generación de mujeres cuya vida estaba limitada por unas reglas que hoy pueden resultar difíciles de imaginar.

Fortes recuerda especialmente a su madre, educada en un mundo en el que la autonomía femenina estaba profundamente restringida. "No tenía ni idea de clandestinidad ni de nada parecido. Estaba casada con un militar y había estudiado en las Carmelitas", cuenta.

La autora reconstruye así una realidad en la que ellas podían necesitar autorización de su marido para cuestiones tan básicas como viajar, cambiar de colegio o vender determinados bienes.

"Fue la última generación de mujeres que había sido educada para quedarse en casa", señala. Su progenitora tuvo que aprender a conducir y afrontar una situación económica complicada mientras el miedo a ser señalada formaba parte de la vida cotidiana.

"En aquella época había mucho miedo a que te señalaran", recuerda.

Esa mirada doméstica es también una de las claves para acercar la novela a los lectores jóvenes. La escritora cree que la literatura puede abrir una puerta hacia una historia familiar que a menudo se ha contado desde las instituciones, pero menos desde la intimidad.

"Puede ayudarles a entender a sus abuelos, a sus padres; pueden saber de dónde venimos. Y, sobre todo, descubrir cómo se vivía dentro de las casas en aquella época", señala.

La acogida de su novela ha confirmado hasta qué punto esa memoria continúa activa. Después de años publicando en papel, Fortes se ha encontrado con una respuesta especialmente emocional.

"Con este libro, el WhatsApp se me ha colapsado". Le han escrito personas conocidas que se han reconocido en sus páginas, pero también desconocidos que han conseguido ponerse en contacto con ella. "La reacción ha sido mucho más emocional", confiesa.

La autora junto a sus hermanos y su madre.

La autora junto a sus hermanos y su madre. Cedida

El vínculo con la infancia no significa, sin embargo, que todo sea dolor. La autora insiste en que también hubo momentos luminosos.

"Una de las Navidades más divertidas de nuestra vida fue la de ese año, que la pasamos en casa de otro militar", revela. Para ella, esa mezcla es esencial en cualquier narración sobre el pasado: "Como lectora, lo que le pido a un libro es que me conmueva, pero también que me haga sonreír".

El verano que reconstruye fue, aun así, el momento en que la infancia terminó de manera abrupta. Ella recuerda el contraste entre la niña que era y la persona en la que tuvo que convertirse casi de un día para otro: "Era muy imaginativa. Se me rompió de una manera muy brusca".

Estaba de intercambio en Londres cuando se produjo la detención de su padre. Sus hermanos se encontraban en casa. La realidad cambió sin transición: "Para mí fue de un día para otro: de comer caramelos a comprarme cigarrillos en el puesto".

Como hermana mayor, asumió responsabilidades que no correspondían a su edad. Mientras su madre se desplazaba a Madrid para ocuparse de abogados y gestiones, los niños se quedaron con su abuela.

El teléfono se convirtió en una frontera entre el mundo adulto y el infantil: "Yo hacía carreras por el pasillo para coger el teléfono antes y que mis hermanos no escucharan las salvajadas que decían, como: 'Rojos, al paredón'".

Medio siglo después, Susana no mira aquel episodio únicamente desde la dificultad. Lo contempla también como el origen de una transformación familiar.

"Aquel año nos cambió la vida. Lo que fuimos a partir de ahí, yo creo que fue mejor. Salimos más curtidos, más unidos. Te tienes que proteger. Éramos unos leones que nos defendíamos".

La historia privada termina así conectando con una experiencia colectiva. En la memoria de aquella niña hay una familia intentando sobrevivir a la incertidumbre, pero también un país que estaba a punto de dejar atrás una época.

Escribir sobre ello cinco décadas después no significa quedarse atrapada en el pasado, sino volver a mirarlo desde otro lugar.

Susana Fortes en su natal Pontevedra.

Susana Fortes en su natal Pontevedra. Cedida

"Me sentí como la hermana mayor escritora que está contando la historia de su familia, como en Mujercitas", confiesa.

Quizá por eso Fortes no habla de los recuerdos como una carga, sino como una forma de regresar y comprender. Recuperar aquella voz infantil le ha permitido mirar al pasado y al presente. Entre ambos queda un verano extraño, un país en transformación y una certeza: algunas historias familiares no desaparecen. Esperan.