Encarnación Lopez Júlvez.

Encarnación Lopez Júlvez. Clara Moreno Gaspar

Magas-Mujeres en la Historia

La Argentinita, la niña prodigio del flamenco que cruzó el Atlántico, debutó con 8 años y deslumbró a Lorca

Nacida en Argentina, pero de padres españoles, demostró un gran talento desde niña y logró llevar su arte por todo el mundo.

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La historia de Encarnación López Júvez comienza el 3 de marzo de 1898 en un barrio humilde de Buenos Aires. Hija de españoles emigrados a Argentina durante la crisis del Desastre del 98, dio sus primeros pasos en el exilio. En 1901, tras la muerte de sus dos hermanos a causa de la fiebre escarlata, una enfermedad bacteriana que azotó a la familia, la pequeña cruza el Atlántico hasta la Península Ibérica.

Crece en un ambiente flamenco impulsado por su padre, quien tocaba la guitarra mientras ella seguía el compás con sus zapateados. Con cuatro años se inicia en el mundo del baile y, con sólo ocho, debuta en el Teatro Circo de San Sebastián junto a la emblemática cupletista La Fornarina.

Desde muy joven empezó a ser conocida como niña prodigio del género andaluz y del cuplé. Fue nombrada artísticamente como La Argentinita, para evitar confusiones con la bailaora y coreógrafa Antonia Mercé, conocida como La Argentina.

Con solo 10 años, Encarnación ya protagonizaba giras nacionales y fue contratada por el Teatro Romea, uno de los más importantes de Madrid.

En poco tiempo se ganó el cariño del público y la admiración de autores como los hermanos Álvarez Quintero, grandes dramaturgos y poetas de nuestro país. Además, su fama traspasó fronteras y se convirtió en una de las estrellas más populares, también en su territorio natal.

Sus éxitos la llevaron a Barcelona, Portugal y París, y poco después inició sus primeros tours por Latinoamérica, consolidando una prometedora carrera internacional.

En un contexto histórico marcado por el protagonismo de las mujeres en el mundo del espectáculo, La Argentinita sobresale como una de las más brillantes.

Durante principios de los años 20 comenzó a trabajar con la compañía de Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga, referente del teatro español moderno por sus montajes en el Eslava, templo cultural de la capital.

Esta etapa supuso su transición desde los espectáculos de variedad a uno más valiente y de autor, donde empezó a perfilarse también como coreógrafa.

La combinación de tradición e innovación que plasmaba en los escenarios la vinculó a la Generación del 27, destacada por sintetizar magistralmente la literatura clásica con la vanguardia europea.

Plasmó su riqueza cultural en los escenarios, donde mezclaba flamenco, tango, bulería y boleros y colaboraba con músicos y escritores, contribuyendo así a la renovación del imaginario de la danza española.

En su juventud, recorrió Europa y se relacionó con los intelectuales de la época. En 1920 interpretó a la Mariposa Blanca, papel coprotagonista en El maleficio de la mariposa, la primera obra teatral de Federico García Lorca. A partir de entonces, ambos construyeron un estrecho vínculo laboral y amistoso.

Ese mismo año, la muerte de Joselito, el torero más destacado en aquellos tiempos, con quien se le atribuyó una relación sentimental, la llevó a abandonar la península huyendo del revuelo.

Dos años después volvió de América convertida en una de las artistas mejor pagadas y de la mano de Ignacio Sánchez Mejías, hasta entonces casado con la hermana del diestro fallecido.

Tras la muerte de sus padres, La Argentinita interrumpe su carrera hasta 1929, cuando emprende una gira que la llevó a Berlín, París y Nueva York. A su regreso a nuestro país, grabó la Colección de Canciones Populares Españolas con Lorca al piano, uno de sus grandes éxitos.

Este trabajo, realizado en 1931, constó de cinco discos que revolucionaron la concepción tradicional del folclore nacional.

Poco más tarde, bailaora y poeta crean la Compañía de Bailes Españoles, un proyecto que llevó el baile hasta los pueblos y reunió a figuras como Edgar Neville, Ernesto Halffter o Salvador Bartolozzi. En estas representaciones, la coreógrafa brilló no solo por su arte, sino también por la teatralización de sus composiciones, un trabajo que la destacó como impulsora de la danza nacional.

El éxito del proyecto fue eclipsado por la muerte de su pareja, Sánchez Mejías, en 1934. Su pena la llevó a refugiarse en Buenos Aires y el estallido de la Guerra Civil la pilló allí.

Durante sus últimos trabajos, La Argentinita recorrió el continente de norte a sur en varias ocasiones, actuando en los teatros más importantes de Latam y el gigante anglosajón.

Uno de los hitos a finales de su carrera fue el estreno de El Café de Chinitas en el Metropolitan Opera House de Nueva York con decorados de Salvador Dalí y textos de Lorca.

El 24 de septiembre de 1945, Encarnación López Júlvez falleció en la Gran Manzana a los 47 años de edad debido a un cáncer de estómago. Fue enterrada en el cementerio de San Isidro en Madrid y honrada con una placa en la Ópera Metropolitana, la medalla de Alfonso X El Sabio y la Orden de Isabel la Católica por su dedicación artística.

La Argentinita, embajadora internacional del flamenco, usó su duende para conquistar la élite cultural e intelectual y marcó, con su inconfundible zapateado, los escenarios más importantes de todo el mundo, construyendo un legado que aún resuena en cada tabla.