Fotograma de 'Ladybird' (Greta Gerwirg, 2017).

Fotograma de 'Ladybird' (Greta Gerwirg, 2017). IMDb

Estilo de vida

¿Y si pagáramos a las madres por serlo? Tener hijos reduce hasta un 28% los ingresos de las mujeres en España

El coste reproductivo continúa siendo privado, aunque sus consecuencias laborales, económicas y demográficas son colectivas.

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Carla de La Lá
Publicada

Según Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía en 2023, el "gran salto" en la desigualdad entre hombres y mujeres no ocurre al entrar en el mercado laboral ni por falta de educación, sino tras el nacimiento del primer hijo.

El mundo moderno penaliza la maternidad con menos salario, menos ascensos y carreras truncadas. "Nunca tendremos igualdad de género hasta que también tengamos equidad en la pareja", concluye.

Paloma Rodríguez Barceló, fotógrafa y madre de dos, recuerda que incluso su elección profesional estuvo atravesada por la necesidad de construir una vida familiar: "En parte, la decisión de ser fotógrafa en vez de pintora o cineasta vino marcada por la necesidad de tener una profesión que me proporcionara ingresos más continuos, estables e inmediatos".

"Cuando llegaron mis niños no sentí que me perjudicara a nivel profesional, pero es indudable que la toma de decisiones cambia. El que no tuvo que renunciar a nada fue mi ex, porque hacía más bien poco. Creo que fue más obstáculo para mi carrera profesional él que ellos", añade.

Shulamith Firestone, ese torpedo intelectual que en 1970 hizo volar por los aires la teoría feminista con The Dialectic of Sex, formuló con brutal claridad lo que la política aún se resiste a admitir: las mujeres forman una clase reproductiva frente a otra, la masculina, que históricamente se ha beneficiado de esa producción sin asumir la mayoría de sus costes.

Su diagnóstico era quirúrgico: mientras la reproducción siga depositada en un solo sexo, ese sexo estará en desventaja. Por eso proponía, con una audacia rayana en la ciencia ficción, liberar a las féminas del "servicio reproductivo" mediante tecnología, úteros externos y crianza colectiva.

El impuesto de ser madre

En pleno 2026, la maternidad todavía funciona como un impuesto silencioso que pagamos en su mayoría las madres, con dinero, carrera, cultura, desarrollo, formación, relaciones, salud mental, sueño, patrimonio, pensión...

Un estudio del Banco de España publicado en 2020 a partir de registros de la Seguridad Social calculó que, un año después del nacimiento del primer bebé, los ingresos laborales de las mujeres caen un 11%, mientras que los de los hombres apenas se alteran. 10 años después, la penalización asociada a los hijos alcanza el 28%.

El coste no es solo un salario perdido durante unos meses. Es pérdida de trayectoria, ascensos, redes, cotización futura. Es desgaste físico. Es riesgo económico en caso de ruptura.

Imagen de archivo de una mujer trabajando con su hijo acompañándola.

Imagen de archivo de una mujer trabajando con su hijo acompañándola. iStock

En España, de las 452.000 personas que trabajan a tiempo parcial para cuidar a dependientes, 419.500 son mujeres. Y en un estudio de Make Mothers Matter entre 9.600 madres de doce países europeos, más de una de cada cuatro afirmó que la maternidad había perjudicado su carrera y un 23% había reducido sus horas de trabajo.

Ángela García Romero, de Make Mothers Matter, plantea una paradoja elemental: "¿Por qué cuando cuidas a tus propios hijos no trabajas y cuando cuidas a los de otra persona por un salario sí lo haces?".

Cocinar, alimentar, educar, curar o planificar son tareas que, cuando no realiza una madre, corresponden a profesionales remunerados. "Sólo cuando las ejerce la progenitora se vuelven invisibles".

Mientras, la sociedad entera se beneficia: esos niños son los futuros médicos, fontaneros y cotizantes que sostendrán a todos, incluidos los que no tuvieron descendencia.

Y, sin embargo, tratamos la reproducción como un capricho doméstico con consecuencias privadas; algo así como comprarse un barco o hacerse un tatuaje en la cara: "Tú te lo has buscado, tú lo pagas".

El ideal de la madre perfecta ha colonizado el feminismo, como el machismo, contemporáneo. Se espera que seamos dulces, implicadas, infinitamente disponibles. Nos presionan para dar el pecho, dormir pegadas al bebé y renunciar al trabajo como si nada. Se celebra la lactancia como victoria política, cuando nos está devolviendo al hogar por la puerta de atrás.

María Jesús Andrés, psicóloga de Psicomaster, señala que "amar profundamente a un hijo no elimina el agotamiento, la renuncia, la pérdida de autonomía o la frustración que puede producir dedicar durante años una parte enorme de la propia vida al cuidado".

Cuando la madre interpreta ese malestar como una prueba de que está fallando, al sacrificio se añade la culpa. Ahí está la verdadera crisis de la familia en Occidente. No en el feminismo. No en la revolución sexual. No en el individualismo.

El día que nació mi primer hijo fue el día más emocionante de mi vida. Todas las demás exaltaciones han sido negociables, progresivas, revocables. La maternidad y el alumbramiento, el día que, después de una lucha encarnizada contra tu cuerpo, te conviertes en mamá, no.

La maternidad es el gran chute hormonal, sentimental y biográfico, la gran trinchera biológica y, a la vez, el epicentro del sacrificio femenino. Embarazo, parto, lactancia, crianza: costes que recaen sobre nosotras y nos acompañan como una condena, donde ya no seremos lo más importante para nadie, ni para nosotras mismas.

¡Adiós asertividad natural!

Mujer haciendo las tareas del hogar con su bebé en brazos.

Mujer haciendo las tareas del hogar con su bebé en brazos. iStock

Amarlos y arrepentirse

En España, la fecundidad cayó en 2024 hasta 1,10 hijos por mujer y la edad media al nacimiento del primero alcanzó los 31,5 años. En la última gran Encuesta de Fecundidad del INE, el 87,7% de las españolas declaraba desear tener bebés y el 21% había tenido menos de los deseados.

Entre las de 35 a 39 en esa situación, las razones laborales o de conciliación eran el principal motivo para el 25,8% y las financieras para otro 25,1%. La familia se tambalea porque su arquitectura económica sigue descansando sobre una deuda invisible: el coste reproductivo femenino no presupuestado.

Por eso, cuando una mujer dice "me arrepiento de ser madre", el mundo tiembla. Pero esa frase no significa que odie a sus hijos. Significa que el precio pagado puede haber sido excesivo. Amarlos más que a ti misma y lamentar ser su progenitora es perfectamente compatible.

"Alrededor de la maternidad toleramos muy mal la ambivalencia", explica María Jesús Andrés. "Una puede adorar a sus niños y pensar que no debería haber abandonado su profesión, haber asumido sola tantos cuidados o haber dicho 'no' a determinadas oportunidades. El arrepentimiento por una renuncia no equivale al de la existencia de los hijos".

¿Te arrepientes de no haber tenido descendencia? Es un lugar común en las conversaciones con mujeres que no han sido madres. "En el futuro te arrepentirás" es la versión amenazante y sádica del mismo tema.

Sin embargo, la premisa no se produce a la inversa: ¿si volvieras atrás tendrías niños? Casi ninguna se atreve a responder, ni siquiera a pensar en esa idea maldita.

Paloma recuerda que nunca se lo planteó demasiado: "Quería formar una familia. Estaba ciega, como si hubiera visto un eclipse sin gafas. Entendía la vida de esa manera".

Por supuesto, hay mucho de hermoso en la descendencia: pertenencia, tribu, conexión, verlos crecer, crear vínculos, transmitir valores y tradiciones. Pero este desvío de energía es abusivo y aniquilador.

A la madre se le roba el tiempo largo, el que permite el desarrollo y la sofisticación de la personalidad, el estudio profundo, la concentración. La maternidad es, además de un hachazo económico, uno profesional e intelectual.

Una futura madre, con una ecografía.

Una futura madre, con una ecografía. iStock

Un estudio europeo de 2026 ha identificado incluso una motherhood training penalty: durante los tres primeros años después del primer hijo, las mujeres que trabajan a tiempo completo tienen entre un 17% y un 21% menos de probabilidades de recibir formación vinculada al empleo, frente a una caída de apenas el 1% al 5% entre los padres.

Hay, además, indicios de que las empresas están menos dispuestas a financiar su formación. Mientras estás con la teta no estás escribiendo un ensayo, estudiando chino, haciendo un máster ni cenando con el tipo que dentro de cinco años va a recomendarte para dirigir su empresa.

Las mujeres más formadas no están rechazando la pareja ni los niños por capricho ideológico. Están evitando un contrato desigual. No por falta de amor, sino por exceso de realidad.

Y la complejidad se multiplica si no te entregas a los raíles tradicionales como una locomotora, si estás pluriempleada, si no tienes familia cerca, si no eres hija de Cornelius Vanderbilt...

Quién paga la factura

¿Cómo no vamos a compensar a quien sostiene sobre su cuerpo la supervivencia de todos? ¿Es plausible la idea de pagar por la continuidad de la especie?

Europa ya ha empezado a tratar la natalidad no como un asunto romántico, sino presupuestario. Alemania paga 259 euros mensuales por hijo; Italia cuenta con su Assegno unico e universale; Polonia entrega 800 zlotys mensuales por cada hijo hasta los 18 años.

Modelos distintos con una idea común: tener hijos es una decisión privada cuyas consecuencias económicas y demográficas son profundamente públicas.

Pero falta una pieza incómoda. Se paga por el hijo. No se paga por la maternidad ni se diseña pensando en la motherhood penalty.

Si una sociedad quiere sostener su demografía sin convertir el útero en arma cultural ni en obligación moral, necesita algo más sofisticado que un cheque familiar: cotización reforzada por hijo, compensación real del parón profesional, protección laboral efectiva frente a la penalización por maternidad y permisos igualitarios y obligatorios para el padre.

No para volver a 1950. Para hacer viable 2050.

Cristina Castellanos, profesora de Economía Aplicada de la UNED, piensa que la clave es la corresponsabilidad de ambos progenitores e introduce una condición fundamental: no basta con que los permisos de maternidad y paternidad tengan la misma duración; importa muchísimo cómo se utilizan.

"La política que más impacta en el aumento de las horas de cuidado de los hombres es el uso de los permisos parentales en solitario", explica. No hacen falta dos adultos para cuidar a un bebé y, si él y ella disfrutan siempre del permiso simultáneamente, existe el riesgo de reproducir dentro de casa el reparto tradicional: ella cuida y él ayuda.

Para Castellanos, el padre tiene que quedarse solo con el bebé, aprender a cuidarlo, perder el miedo y asumir por completo su deber. Es además en esos primeros meses cuando se establecen los patrones de cuidado del niño que perdurarán en el futuro, de ahí que el diseño de los permisos sea tan relevante.

Por eso defiende permisos intransferibles y disfrutados por separado: no se trata únicamente de conceder a los varones tiempo para cuidar, sino de conseguir que efectivamente cuiden. "El día tiene 24 horas para todo el mundo. Es condición necesaria repartir el cuidado".

Y tiene razón: sin corresponsabilidad no habrá igualdad. Pero asumir que la corresponsabilidad resolverá por sí sola la penalización de la maternidad es adelantarnos a una realidad que todavía no existe. Es el horizonte, pero no podemos legislar como si ya hubiéramos llegado a él.

Imagen de archivo de una mujer embarazada en el hospital.

Imagen de archivo de una mujer embarazada en el hospital. iStock

Los permisos iguales e intransferibles pueden empujar a los hombres hacia el cuidado, pero ninguna ley puede decretar el reparto exacto de las noches, las enfermedades, las citas médicas, la logística doméstica o esa carga mental que consiste en saber siempre qué necesita un hijo y cuándo.

Los patrones culturales no desaparecen en cinco años porque cambie una ley: ellos todavía no se implican al 50% y muchas de nosotras tampoco hemos aprendido a soltar el control y dejar de ejercer como directoras generales de la familia.

Y aun si algún día alcanzáramos una corresponsabilidad perfecta en todo el cuidado que realmente puede repartirse, seguiría existiendo una asimetría. El embarazo, el parto, el puerperio y sus posibles secuelas suceden en un solo cuerpo; y la lactancia materna, cuando se elige, prolonga durante meses esa desigualdad material.

El padre puede compensarla asumiendo más cuidados, pero no puede repartirla. La igualdad puede distribuir las consecuencias de la reproducción; no puede hacer que esta deje de suceder en el cuerpo de las mujeres.

La maternidad no puede seguir siendo un lujo que prácticamente ninguna trabajadora que desee seguir siendo independiente se puede permitir, ni un impuesto femenino que el resto de la sociedad disfruta de gorra.

¿Qué tal un sistema mixto que no convierta la maternidad en un sueldo para quedarse en casa, pero tampoco deje a las mamás solas pagando la factura? Una parte podría consistir en transferencias directas temporales, más fuertes durante los tres primeros años, cuando el cuidado exige más tiempo y la penalización profesional es mayor.

Otra, en compensaciones fiscales personales para la madre, no compartidas con el marido, de manera que el reconocimiento económico sea suyo.

Y una tercera debería mirar al futuro: un fondo maternal capitalizable, similar a un plan de pensiones, o puntos adicionales para la jubilación que compensen los años de menor cotización y el daño acumulado en la carrera profesional.

No se trataría de pagar a una mujer para que abandone su trabajo y se convierta en ama de casa, sino de repartir socialmente una parte del coste que hoy asume casi exclusivamente ella. No es un regalo, es justicia.

Puede generar abuso y picaresca. Claro. Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Seguir sosteniendo gratis el mayor trabajo de la humanidad?

El reconocimiento económico tendría, además, una dimensión psicológica. Andrés, de Psicomaster, recuerda que el dinero no es únicamente capacidad de consumo: también proporciona autonomía y percepción de control sobre la propia vida.

"Hay una diferencia psicológica entre sentirse dependiente y saber que una actividad que ocupa gran parte de tu tiempo genera recursos o derechos propios", dice.

Imagen de archivo de tres madres paseando con sus bebés por Madrid.

Imagen de archivo de tres madres paseando con sus bebés por Madrid. EFE

El dinero no sustituye a la corresponsabilidad (que avanza, aunque despacito, y gracias al feminismo) ni resolvería por sí solo el aislamiento, la sobrecarga o la pérdida de oportunidades profesionales, pero sí modificaría algo esencial: la posición desde la que una mujer vive y negocia su maternidad.

Abramos un marco donde se pueda hablar de maternidad sin adornos y sin culpa. Porque la gran ventaja de los hombres no ha sido nunca la fuerza bruta: ha sido su libertad respecto a la maternidad. Ahí está el núcleo del privilegio masculino.

Hasta que ser mamá no deje de ser una condena económica, hablar de libertad e igualdad es retórica. El debate demográfico no es moral, es contable.

Quizá el futuro empiece el día en que, por fin, ser madre deje de costar tanto y siga valiendo igual.