Mujer mostrando su habitación

Mujer mostrando su habitación Imagen generada con IA

Estilo de vida

Begoña (63), jubilada: "Comparto piso con 12 personas y si invito a alguien, tengo que pagar 40 € más"

Este es el reflejo de un sistema que empuja a perfiles cada vez más vulnerables a soluciones precarias.

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La crisis de la vivienda en España no entiende de edades ni de trayectorias laborales. Tampoco distingue entre trabajadores en activo o jubilados.

El caso de Begoña, una mujer de 63 años que sobrevive con una pensión de 860 euros, evidencia hasta qué punto el acceso a un hogar digno se ha convertido en una carrera de obstáculos, incluso en una etapa vital en la que, a lo que más se aspira es a vivir tranquila.

Su historia ha salido a la luz tras su testimonio en Espejo Público, el programa matinal de Espejo Público presentado por Susanna Griso, donde relató en primera persona las condiciones en las que vive en el madrileño barrio de Barajas.

Una realidad que, lejos de ser excepcional, refleja una tendencia cada vez más extendida en nuestro país, en donde la crisis inmobiliaria se posiciona como una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos.

En una vivienda de dos plantas, son 13 las personas que viven allí. Todas ellas en habitaciones que guardan historias muy diferentes, pero una misma realidad.

600 por una habitación

Begoña reside en Barajas, donde comparte piso con otras 12 personas en el que, prácticamente, todas las estancias han sido convertidas en habitaciones.

"En esta casa vivimos 13 personas", explica con naturalidad. Una frase que resume el grado de saturación de un piso que, en otro contexto, habría estado destinado a una única familia.

Su habitación, de apenas 12 metros cuadrados, se ha convertido en su único refugio. En ese espacio conviven una pequeña nevera, recuerdos familiares como fotos de sus hijos y nietos, y hasta unas mancuernas para mantenerse activa. Todo lo esencial concentrado en unos pocos metros.

El coste de este espacio es, sin embargo, desproporcionado: 600 euros mensuales por una habitación con derecho a baño compartido. Es decir, más del 70% de su pensión se destina exclusivamente al alquiler.

La convivencia, además, es heterogénea. "Aquí hay una abogada de cincuenta y tantos, un matrimonio también de esa edad, gente que trabaja en compañías aéreas...", relata. Un retrato que desmonta el estereotipo de que compartir piso es solo cosa de jóvenes.

Normas estrictas

Más allá del elevado precio, lo que más ha llamado la atención de su testimonio son las condiciones impuestas por el propietario de la vivienda. En este piso, cualquier visita debe ser previamente comunicada y autorizada.

"Si invito a alguien tengo que justificarlo y si se queda a dormir son 40 euros por noche", denuncia Begoña. Una norma que limita su vida personal y social, y que convierte algo tan cotidiano como recibir a un familiar o amigo en un lujo inasumible.

Este tipo de restricciones no son aisladas en el mercado del alquiler por habitaciones, donde cada vez es más frecuente encontrar cláusulas que rozan lo abusivo. Desde prohibiciones de empadronamiento hasta recargos por uso de zonas comunes o visitas.

En el caso de Begoña, estas condiciones agravan una situación ya de por sí delicada. No solo vive en un espacio reducido, sino que además debe asumir limitaciones que afectan directamente a su bienestar emocional.

Precio de la vivienda

A pesar de que muchas personas le sugieren abandonar la ciudad y buscar opciones más económicas en zonas rurales, Begoña no puede plantearse esa alternativa. Su estado de salud es determinante.

Como paciente oncológica, necesita estar cerca del hospital donde recibe tratamiento. Este factor condiciona completamente su capacidad de elección y la obliga a permanecer en una de las zonas más tensionadas del mercado inmobiliario.

Su historia pone de relieve una realidad incómoda: hay personas que no pueden desplazarse en busca de alquileres más baratos porque su salud, su trabajo o sus responsabilidades familiares se lo impiden.

Mientras tanto, el precio de la vivienda continúa al alza en las grandes ciudades, especialmente en Madrid, donde alquilar una vivienda en solitario resulta prácticamente imposible para quienes cuentan con ingresos limitados.