Arquitectas  durante la reforma de una vivienda.

Arquitectas durante la reforma de una vivienda. iStock

Interiorismo

Las arquitectas españolas coinciden: los pisos de los 60 tienen mala fama, pero es un error reformarlos por completo

Cada época construyó de una manera distinta, pero saber interpretarlo para transformarlo en un hogar único es el verdadero trabajo. 

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Antes de pensar en una cocina abierta, en cambiar el suelo o en tirar tabiques, hay un factor que condiciona cualquier reforma y que muchas veces pasa desapercibido: la fecha de construcción del edificio.

La época en la que se levantó una vivienda no solo marca su estilo, sino también su estructura, el tipo de instalaciones que incorpora y el margen real de transformación.

Juliane Haider, arquitecta y fundadora de JH Madrid, lo resume con claridad: "Reformar una vivienda en Madrid no es solo una cuestión estética o funcional, sino casi un ejercicio de lectura del edificio". Para la experta, entender la lógica original de cada inmueble es indispensable antes de tomar cualquier decisión.

No es lo mismo intervenir en un piso del siglo XIX que en uno de los años 60, ni reformar una vivienda de los 90 que otra construida en los 2000.

Cada etapa responde a una manera distinta de proyectar, construir y habitar. Y eso determina qué se puede cambiar, cuánto cuesta hacerlo y qué riesgos técnicos pueden aparecer durante la obra.

3 claves antes de reformar

Haider explica que el análisis previo de cualquier vivienda debe apoyarse en tres grandes ejes. "La diferencia principal está en tres capas: estructura, instalaciones y lógica de distribución", señala. Ese diagnóstico inicial, sostiene, permite detectar tanto las oportunidades como las limitaciones del inmueble.

En los edificios construidos hasta aproximadamente 1900 y en las primeras décadas del siglo XX, el atractivo arquitectónico suele ser evidente. Son viviendas con identidad, proporciones generosas y elementos originales de gran valor. Pero también presentan condicionantes técnicos importantes.

"Suelen tener estructuras de muros de carga y distribuciones muy alargadas y compartimentadas, lo que exige mucha precisión a la hora de replantear los espacios", advierte. A ello se suman unas instalaciones a menudo envejecidas y una normativa más restrictiva cuando existen fachadas protegidas o elementos patrimoniales que conviene conservar.

En los edificios levantados entre los años 50 y 70, el escenario cambia. Se trata de pisos que todavía conservan techos agradecidos y, en muchos casos, materiales nobles, aunque con distribuciones rígidas y una compartimentación muy marcada.

Más adelante, en los 80 y los 90, la arquitecta sitúa un punto de inflexión. "Se empieza a construir más rápido: en algunos casos hay mejores distribuciones de partida, pero con peores materiales y menor calidad constructiva", explica.

En las promociones a partir de los 2000, la vivienda suele ajustarse mejor a los usos contemporáneos, aunque a costa de perder parte de su calidad espacial. "Suelen estar más pensados para la vida actual, pero muchas veces presentan menos calidad espacial: techos más bajos, menos proporción y menos identidad", resume.

La mala fama de los pisos de los 60

Si hay una tipología que Juliane Haider reivindica especialmente, es la de las viviendas construidas en los años 60. Durante mucho tiempo han arrastrado una reputación poco amable por sus instalaciones antiguas, sus pasillos largos o sus distribuciones poco eficientes. Sin embargo, la arquitecta cree que esa visión no hace justicia a su verdadero potencial.

"Tienen bastante mala fama, pero en realidad esconden un potencial enorme: ubicaciones muy consolidadas, estructuras sólidas y una gran capacidad de transformación", afirma.

A su juicio, con una buena intervención pueden convertirse en viviendas muy bien resueltas para la vida actual. "Con un buen proyecto, pueden convertirse en viviendas muy equilibradas y funcionales, muchas veces mejores que promociones más recientes", añade.

Una de las razones está en su sistema constructivo. Muchos edificios de esa década se levantaron con estructuras de hormigón armado, con pilares y vigas, lo que facilita intervenir sobre buena parte de los tabiques interiores y ganar flexibilidad en la distribución.

Eso no quiere decir que la reforma sea simple. En muchos inmuebles de los años 50 y 60, las instalaciones están completamente desfasadas y exigen una renovación integral. Además, el reparto original de los espacios no siempre responde a la forma de vivir actual, por lo que la vivienda suele requerir una reorganización profunda.

Para Haider, el principal error aparece cuando se afronta una reforma sin criterio o pensando que todo puede cambiarse. "En ambos casos, el error es el mismo: pensar que todo se puede modificar sin criterio", subraya.

Reformar también es renunciar

La arquitecta insiste en que una parte esencial del trabajo está en la conversación previa con los propietarios. Muchas veces, explica, el primer reto no es técnico, sino de expectativas. "Lo que más les sorprende es entender que algunos muros no se pueden tirar y que no todo es transformable", señala.

Esa toma de conciencia cambia por completo la manera de enfocar el proyecto. En lugar de imponer una idea cerrada sobre el espacio, se abre paso una reforma más ajustada a la realidad del inmueble. "Nuestro trabajo consiste precisamente en eso: encontrar el equilibrio entre lo que el cliente quiere y lo que la vivienda permite, sin renunciar a la calidad ni la coherencia".

Los pisos anteriores a 1900 son, según la experta, los más exigentes desde el punto de vista técnico. "Cada decisión tiene más implicaciones, y no todo lo que el cliente imagina es viable", advierte. Pero, al mismo tiempo, son también los que ofrecen resultados más singulares cuando se intervienen bien. “Cuando se hace bien, el resultado es difícilmente replicable hoy”, afirma.

Por eso lanza una advertencia que sirve para cualquier comprador: "La peor decisión es comprar pensando que luego todo se podrá arreglar en la reforma". Frente a esa idea, Haider propone otra forma de mirar la vivienda antigua, más pausada y más inteligente.

"Reformar bien no consiste en imponer una idea sobre el espacio, sino en entenderlo", sostiene. En esa tarea, conocer cómo se construía en cada época resulta esencial.