Empresaria en la puerta de su negocio.

Empresaria en la puerta de su negocio. iStock

Estilo de vida

Paola, autónoma: "Invertí todo para abrir una carnicería y no pude abrirla hasta los 4 meses por culpa del papeleo"

Abrir un negocio en nuestro país supone una inversión inicial que muchos emprendedores no pueden asumir, llegando a perder todos sus ahorros.

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Emprender en España suele narrarse como un acto de valentía. Menos veces se cuenta como una carrera de fondo marcada por licencias, alquileres, cuotas, reformas y meses de pérdidas antes de ver un euro de beneficio.

La historia de Luis y Paola, una pareja colombiana que dejó atrás su vida en Italia para abrir una carnicería, encaja precisamente en esa cara menos amable del emprendimiento.

Su caso, relatado en una entrevista para el creador de contenido Andrés Pérez (@elandrevlog), especializado en dar voz a inmigrantes que emprenden en España, muestra el contraste entre la ilusión de empezar de cero y la realidad económica de levantar una persiana en nuestro país.

Ambos llegaron con ahorros, experiencia laboral y la decisión tomada de apostar por un negocio propio. Pero el inicio fue mucho más duro de lo imaginado.

Compraron una carnicería que llevaba un año cerrada y que, según el relato, estaba "de capa caída". A partir de ahí comenzó una etapa marcada por los gastos fijos, la espera administrativa y la incertidumbre. Durante cuatro meses no pudieron abrir por falta de documentación, pero sí tuvieron que seguir pagando. Casa, local, recibos y suministros, todo corría mientras la caja seguía a cero.

Abrir cuesta antes de empezar

Las grandes dificultades para miles de pequeños emprendedores en España se presentan incluso antes de abrir el negocio. Aunque en parte del comercio minorista la normativa sustituyó antiguas licencias por declaraciones responsables o comunicaciones previas, abrir un establecimiento sigue implicando cumplir trámites municipales, posibles obras, exigencias técnicas y, en el caso de la alimentación, requisitos higiénico-sanitarios y controles específicos.

La historia de Luis y Paola pone cifras emocionales a esa realidad. Según cuentan, llegaron a vender apenas 25 euros en un día entero, una cantidad que ni siquiera cubría el coste eléctrico de los congeladores, obligados a funcionar las 24 horas. El negocio había abierto, sí, pero estaba lejos de ser rentable.

En España, darse de alta como autónomo con cuota reducida puede aliviar el comienzo, pero no elimina el resto de la carga. La Seguridad Social mantiene para las nuevas altas una cuota reducida de 80 euros al mes durante los primeros 12 meses, una ayuda útil pero insuficiente cuando el emprendedor debe asumir también alquiler, suministros, mercancía, transporte, seguros o equipamiento.

En el caso de una carnicería, además, la inversión inicial acostumbra a ser todavía más alta que en otros negocios. No basta con alquilar un local y abrir. Hay que contar con cámaras frigoríficas, vitrinas, maquinaria de corte, instalaciones adaptadas, cadena de frío y cumplimiento de la normativa alimentaria.

La pareja también arrastró un coste menos visible, pero igual de importante como es el emocional. Paola admite en el relato que lloraba todos los días, que reprochaba a su marido haber dejado una vida ya resuelta en Italia y que estuvo cerca de caer en depresión. Emprender no solo exige dinero; también resistencia psicológica cuando el negocio tarda en arrancar y el entorno todavía no responde.

La pandemia lo cambió todo

Lo más sorprendente de su historia es que el punto de inflexión no llegó con una campaña comercial, ni con una gran inversión, ni con una ayuda pública. Llegó con la pandemia. Lo que para miles de negocios fue cierre, ruina o supervivencia extrema, para ellos se convirtió en una oportunidad inesperada.

Durante el confinamiento de 2020, explican, la gente pasaba más tiempo en casa y usaba más las redes sociales. Ellos aprovecharon esa ventana para darse a conocer en el barrio con el servicio a domicilio.

Los vecinos probaron el producto, comenzó el boca a boca y la carnicería empezó a fidelizar clientela. De hecho, llegan a afirmar que "el 2020 para nosotros fue lo mejor porque fue donde verdaderamente despegó la carnicería".

La clave no fue solo vender carne, sino entender qué necesitaba el barrio en ese momento. La entrevista subraya que su oferta mezcla cortes tradicionales con productos latinos y una atención cercana al cliente. Esa capacidad de adaptación fue la que convirtió una situación límite en una vía de crecimiento.

Su caso también desmonta otra idea extendida: que para emprender basta con tener ganas. Ganas hacen falta, pero también colchón financiero. En España, incluso constituir una sociedad limitada con un euro de capital, posibilidad introducida por la Ley Crea y Crece, no evita que el verdadero desembolso esté en el arranque real del negocio: adecuación del local, compras, impuestos, personal, energía y tiempo sin ingresos.

El precio real del emprendimiento

La historia de Luis y Paola acaba bien. Hoy su carnicería funciona, ha encontrado su público y representa una pequeña historia de integración y esfuerzo. Pero precisamente por eso resulta tan reveladora. Porque incluso los relatos de éxito dejan claro lo costoso que es abrir un negocio en España cuando no hay red de seguridad suficiente.

Su experiencia retrata a muchos pequeños emprendedores que llegan con ahorros y terminan descubriendo que el mayor gasto no siempre es la inversión inicial, sino sostener el negocio hasta que consigue respirar. En su caso fueron meses de pérdidas, burocracia, miedo y desgaste personal antes de alcanzar la estabilidad.

Adaptarse y trabajar duro puede funcionar, sí, pero emprender sigue siendo una apuesta cara. Y cuando un negocio depende de aguantar varios meses sin apenas ventas, abrir una tienda en España no es solo un sueño; es, sobre todo, una prueba de resistencia económica.