Marian Rojas, psiquiatra.

Marian Rojas, psiquiatra. Imagen de archivo

Estilo de vida

Marian Rojas, psiquiatra, sobre el estrés postraumático tras una tragedia: "El cuerpo no sabe si es un peligro real o un recuerdo"

Ciertas situaciones vividas pueden quedarse ancladas en la vida de quienes las sufren, consiguiendo que no se puedan superar.

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El cuerpo humano está diseñado para sobrevivir. Cuando percibe peligro, activa un sofisticado sistema de alarma que prepara a la mente y a los músculos para huir o luchar. El problema aparece cuando esa alarma no se apaga.

Entonces el estrés deja de ser una reacción puntual y se convierte en un estado permanente que condiciona la forma de vivir, de relacionarse y hasta de recordar.

El trauma psicológico nace justo ahí, en ese punto en el que el organismo se queda atrapado en el modo alerta. La psiquiatra Marian Rojas Estapé lo resume con una idea clave: "El trauma no es tanto lo que ocurre fuera como lo que se queda dentro".

Es decir, no es solo el suceso, sino la huella que deja en el cerebro y en el cuerpo. Según explica, cuando una persona vive una experiencia extremadamente estresante, se activan áreas cerebrales como la amígdala, encargada del miedo, y el hipocampo, que organiza los recuerdos.

"El cerebro aprende que el mundo es peligroso y se queda hipervigilante", señala. El resultado es un organismo que reacciona como si el peligro siguiera presente, aunque hayan pasado años. Y esa hiperactivación sostenida tiene consecuencias.

Heridas que dejan marca

Aparecen la ansiedad, las pesadillas, los sobresaltos constantes o una sensación de desconexión con uno mismo. Hay personas que no saben explicar por qué se sienten vacías o siempre tensas. Otras repiten patrones de relaciones dañinas sin entender el origen. En muchos casos, la raíz está en una herida emocional no resuelta.

Para comprender mejor este fenómeno, Rojas Estapé distingue entre dos tipos de trauma. "Hay traumas con T mayúscula y traumas con t minúscula", explica.

Los primeros son los grandes golpes de la vida: abusos, violencia, abandono, acoso escolar o crecer en entornos profundamente inseguros. Suelen producirse en la infancia, cuando el cerebro es más vulnerable y todavía se está formando.

Los traumas con t minúscula, en cambio, son más sutiles. No siempre hay un gran acontecimiento, sino una suma de situaciones estresantes o experiencias puntuales que desbordan la capacidad de adaptación. Un accidente, una mala experiencia médica, una etapa de presión constante o incluso una vivencia aparentemente menor pueden dejar al sistema nervioso anclado en la alerta.

La psiquiatra Marian Rojas y


"La clave es que el cuerpo no distingue entre un peligro real y uno recordado", insiste la psiquiatra. Por eso hay personas que viven el presente como si fuera una amenaza continua. El pasado, de alguna manera, se cuela en cada decisión y en cada emoción.

A veces, el cerebro intenta protegerse bloqueando el recuerdo. "El olvido puede ser un mecanismo de defensa", explica Rojas Estapé. Pero ese silencio no significa que la herida esté cerrada. Al contrario, lo no elaborado suele reaparecer en forma de síntomas físicos, conductas impulsivas o elecciones que se repiten sin una explicación consciente.

De vuelta al equilibrio

La buena noticia es que el trauma no es una condena perpetua. "El trauma psicológico se puede sanar", repite la especialista. Y lo hace con una convicción que se apoya en la experiencia clínica y en los avances de la neurociencia.

Hoy existen terapias capaces de ayudar al cerebro a reprocesar esos recuerdos que quedaron atrapados en el sistema de alarma. Una de las más conocidas es el EMDR, una técnica que facilita que la información traumática se integre de forma menos dolorosa. También se utilizan la hipnosis clínica o el mindfulness, que ayudan a devolver al cuerpo la sensación de seguridad.

"Cuando el recuerdo deja de doler, el cuerpo deja de reaccionar como si estuviera en peligro", resume la psiquiatra. No se trata de borrar lo vivido, sino de cambiar la manera en que se almacena en la memoria emocional.

A este trabajo terapéutico se suma algo igual de importante: el autocuidado. Dormir bien, moverse, hacer ejercicio y cuidar las relaciones no son consejos superficiales. Son herramientas que regulan el sistema nervioso y ayudan a bajar los niveles de estrés y cortisol.

El proceso no es inmediato, pero es posible. Comprender cómo reacciona el ser humano ante el trauma es también una forma de mirarse con más compasión. Al final, como recuerda Rojas Estapé, "el cerebro puede aprender de nuevo que el presente es un lugar seguro". Y ahí empieza, de verdad, la recuperación.