Manifestación del 8 de marzo del 2025 en Madrid.

Manifestación del 8 de marzo del 2025 en Madrid. Unsplash

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8M para principiantes: el porqué de las huelgas, las flores y la importancia de seguir reivindicando este día

Las calles se tiñen de morado y los balcones despliegan pancartas, pero: ¿por qué sigue siendo necesario el Día Internacional de la Mujer?

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Si todavía lo llamas “día de la mujer trabajadora”, si felicitas a tu madre “por ser tan luchadora” o si apareces en la oficina con flores “porque todas lo merecen”, este texto es para ti. 8M for dummies.

Para empezar: este día no se celebra, se conmemora. Y no es una cuestión semántica. Lo primero implica festejo; lo segundo tiene que ver con la memoria.

“Es un momento de reivindicación, de recordar que los derechos no están conseguidos en todas partes del mundo de la misma manera, de que siguen existiendo diferencias de género, económicas, de acceso al poder y de acceso a la representación política”, apunta Asunción Bernárdez Rodal, catedrática de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y experta en estudios de género.

“La justicia nos trae sociedades más felices. Las desiguales generan inconformismo e incluso situaciones de violencia”, continúa.

El origen de este movimiento está ligado a las luchas obreras de mujeres a finales del siglo XIX y principios del XX, a huelgas por condiciones laborales dignas y a la exigencia del derecho al voto.

En 1910, la activista alemana Clara Zetkin propuso establecer un día internacional para reclamar los derechos de las mujeres. Años después, esta fecha quedó fijada en el 8 de marzo.

Cada 8 de marzo, las calles se pintan de violeta.

Cada 8 de marzo, las calles se pintan de violeta. Unsplash

La memoria incómoda

Conmemorar implica recordar desigualdades estructurales que siguen vigentes. La brecha salarial, la precariedad laboral feminizada, la sobrecarga de cuidados no remunerados y la violencia machista.

No es un “día bonito” para regalar tulipanes sino una jornada de denuncia colectiva. Aquí también cabe sugerir, con especial énfasis, que evites enviar por WhatsApp imágenes que ponen algo así como un intento de halago: “Dale a una mujer una casa y la convertirá en un hogar”.

En España, las cifras son conocidas pero no siempre asumidas. Ellas continúan realizando mayoritariamente el trabajo doméstico y la carga mental; ocupan menos puestos de alta dirección; y la violencia de género sigue dejando víctimas cada año. Últimamente cada semana.

Nombrarlo no es victimismo: es diagnóstico. Por eso el 8M incomoda. Porque obliga a mirar una estructura que beneficia a unos y perjudica a otras. Y no habla de casos aislados, sino de un sistema.

Día de lucha

Uno de los errores más comunes es pretender convertir esta jornada en una especie de San Valentín morado. Mensajes corporativos edulcorados, descuentos “para ellas”, campañas publicitarias que celebran la “fuerza femenina” mientras pagan menos a sus empleadas.

En ese sentido, el capitalismo es rápido haciendo suyos los símbolos incómodos y volviéndolos inofensivos. Para Asunción Bernárdez, está claro: “El mundo del consumo tiene la capacidad y la ha tenido siempre a lo largo del siglo XX de apropiarse de la disidencia y convertirlo en una marca vendible y atractiva”.

Pero no se trata de una oda a la esencia femenina ni una exaltación de cualidades “naturales”. No se trata del día de “ellas” como categoría abstracta. Es un momento para reivindicar derechos concretos: igualdad salarial, corresponsabilidad en los cuidados, libertad frente a la violencia y autonomía sobre el propio cuerpo que no es poco.

Cuando felicitas a una compañera por ser mujer, estás desplazando el foco. No se trata de celebrar una identidad, sino de denunciar una desigualdad.

La huelga lo explica

El 8M ha sido, en los últimos años, también día de huelga feminista. Una manifestación que no sólo interpela al empleo remunerado, sino también a los cuidados, al consumo y a la vida cotidiana.

El mensaje es sencillo y potente: si las mujeres paran, el mundo se detiene.

Las mujeres salen a manifestarse por igualdad y equidad.

Las mujeres salen a manifestarse por igualdad y equidad. Unsplash

Esa idea conecta con una verdad estructural: gran parte del sostén de la sociedad descansa sobre trabajos invisibilizados y precarizados, desempeñados mayoritariamente por el sexo femenino.

Cuando se habla de conciliación, a menudo se está hablando de cómo ellas encajan jornadas dobles o triples.

Cada año, el octavo día del tercer mes recuerda que la igualdad formal no basta. Que tener leyes es imprescindible, pero no suficiente. Que la cultura, las inercias y los privilegios no desaparecen por decreto.

¿Y las flores?

Llegamos al punto polémico: no seas la persona que llega con un ramillete. Aunque tengas buenas intenciones... Es cierto que tampoco se trata de criminalizar a quien pretende hacer de este día una ocasión feliz.

“Hay que celebrar que tenemos leyes paritarias, contra la violencia, legislaciones que aseguran que la representación parlamentaria esté ahora mismo al 50% en España. Pero tenemos que seguir reivindicando”, indica la profesora Bernárdez.

Las flores no son ofensivas per se. “Si no puedo bailar, no es mi revolución”, decía la teórica feminista Emma Goldman. El problema es el contexto. Si en un día que denuncia violencia estructural, precariedad y discriminación decides responder con un gesto romántico o paternalista, estás trivializando la jornada.

Es como llevar globos a una manifestación por la vivienda, simplemente no encaja.

El 8M no necesita caballerosidad; en cambio sí compromiso. No precisa halagos, exige cambios. No pide que aplaudan a las mujeres por seguir haciendo todo por todos, requiere que cuestionen privilegios y desigualdades.

Abanico de la huelga feminista.

Abanico de la huelga feminista. Unsplash

¿Qué es conmemorar?

Implica escuchar, leer, informarse y revisar conductas propias. Conlleva asumir que la igualdad no es una concesión sino un derecho.

Sobre todo, significa entender que el feminismo no es una moda ni un eslogan, sino un movimiento social con más de un siglo de historia.

También representa aceptar que habrá tensiones y debates internos. El feminismo no es monolítico, es complejo y diverso. Pero su núcleo queda claro: igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres.

Conmemorar es reconocer que el camino recorrido —derecho al voto, acceso masivo a la educación, presencia en el mercado laboral— ha sido fruto de luchas colectivas. Y que los derechos, si no se defienden, pueden retroceder.

No es contra los hombres

Otra confusión frecuente es pensar que el ocho de marzo es una jornada “anti-hombres”. No lo es. Es una jornada contra el machismo —que no es lo mismo— y las desigualdades de género. Los varones no son el enemigo; el sistema de privilegios sí lo es.

Participar no significa ocupar el centro ni dar lecciones. Es una forma de apoyar, escuchar y revisar comportamientos. Manifiesta entender que la igualdad beneficia al conjunto de la sociedad, porque una colectividad más justa no resta derechos, los amplía.

El cambio real

El riesgo de una fecha como esta es quedarse en la estética: la camiseta morada, el hashtag, la foto en redes... Todo eso puede ser parte de la visibilización, pero no es el final del camino.

La pregunta clave es qué ocurre una vez que la jornada termina. El nueve de marzo, ¿se mantienen las políticas de igualdad en las empresas?, ¿se reparten de forma más equitativa las tareas en casa?, ¿se cuestionan chistes y actitudes machistas en el entorno cercano? Ahí es donde empieza el cambio real.

Madrid se inunda de morado.

Madrid se inunda de morado. Unsplash

Tampoco es un paréntesis sino un recordatorio. No es una fiesta, es una llamada de atención.

No se celebra

Eso se hace con un cumpleaños, una victoria deportiva o un ascenso laboral. Este día no encaja en esa lógica porque nace de una deuda histórica.

Conmemorar es mantener viva la memoria de quienes lucharon antes y de quienes siguen haciéndolo. Es recordar que los derechos no cayeron del cielo y reconocer que todavía hay camino por recorrer.

El 8M no necesita pétalos. Necesita conciencia.