La serie conocida en España como Dawson Crece estuvo al aire de 1998 a 2003.
Dawson era el protagonista, pero la historia siempre fue de ellas: así nos enseñaron Joey y Jen a sobrevivir como mujeres
Durante años creímos que queríamos al chico soñador y aparentemente ideal, la realidad que mostraban ellas era muy diferente.
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La muerte de James Van Der Beek —el rostro que encarnó al adolescente hipersensible que parecía entender el amor mejor que nadie— ha activado algo más complejo que la nostalgia millenial televisiva.
No es sólo la desaparición de un actor asociado a finales de los noventa, es la sacudida íntima de una generación que creció ensayando su educación sentimental frente a una pantalla, en habitaciones todavía empapeladas con pósteres y dudas.
Sin embargo, hay una verdad que se vuelve evidente con el paso de los años: Dawson Crece nunca fue realmente la historia de Dawson Leery. Fue, sobre todo, la historia de ellas.
Los protagonistas de Dawson Crece: Michelle Williams, Joshua Jackson, James Van Der Beek y Katie Holmes.
Porque mientras la narrativa insistía en situar al chico cinéfilo y eterno ingenuo como centro moral del universo, millones de adolescentes no estaban aprendiendo a ser él. Estaban aprendiendo a convertirse en mujeres.
Feminismo premainstream
Mucho antes de que la cultura pop convirtiera la palabra “empoderamiento” en un eslogan reproducible en tote bags, Joey Potter ya practicaba una forma silenciosa de fortaleza. No era la chica más popular, ni la más desinhibida, ni la más fácil de querer. Tampoco pretendía serlo.
Ella estudiaba, trabajaba, cuidaba de su hermana e intentaba escapar de un destino social que parecía escrito. Amaba, sí, pero nunca dejó que el amor fuera su único proyecto vital. Eso, visto desde hoy, resulta casi revolucionario para una ficción adolescente de finales de los noventa y principios de los dos mil.
Sin discursos explícitos, sin pedagogía, sin hashtags, la tímida Josephine nos enseñó algo que muchas tardaríamos años en formular: que la independencia emocional también es una forma de supervivencia.
Quizá por eso la identificación era tan inmediata. No queríamos ser rescatadas, aunque aún no supiéramos explicarlo. Queríamos parecernos a esa chica que dudaba, que se equivocaba, que a veces levantaba muros demasiado altos. Pero que, de alguna manera, siempre intuyó que su vida debía ser más grande que cualquier historia romántica.
Hoy la reconoceríamos enseguida: un primer boceto de la mujer millennial. Autosuficiente hasta el agotamiento, ambiciosa sin llamar demasiado la atención, emocionalmente profunda y ligeramente desconfiada en el amor. Una mujer que había aprendido pronto que depender demasiado de alguien podía salir caro.
Katie Holmes como Joey Potter en Dawson Crece.
Castigo a la libertad
Si Joey representaba la resiliencia, Jen encarnaba la libertad. Llegaba de Nueva York con un pasado insinuado, una sofisticación que chocaba contra la inocencia casi rural de Capeside y una relación con el deseo que la televisión de la época todavía no sabía tratar sin ambivalencia.
Lindley bebía, experimentaba sexualmente y se enamoraba sin pedir permiso. No era perfecta, pero tampoco quería serlo. Sin embargo, la narrativa parecía empeñada en recordarle —y recordarnos— que ese tipo de chicas siempre pagaban algún precio.
Visto desde 2026, su personaje revela una incomodidad cultural muy reconocible. A finales del siglo XX, aún se sospechaba de aquellas que deseaban demasiado, que se movían con autonomía y que no parecían necesitar la aprobación masculina para definirse.
No es casual que muchas espectadoras sintieran hacia ella una mezcla de fascinación y temor. Representaba una posibilidad de vida más abierta, pero también el riesgo de ser malinterpretadas. Nos gustaba su valentía, aunque quizá no nos atrevíamos del todo a imitarla.
Hoy entendemos que su supuesta “transgresión” era, en realidad, el ensayo de una relativa normalidad que tardaría años en tomar forma.
Michelle Williams como Jen Lindley en Dawson Crece.
Nostalgia máxima
Esta serie llegó a una televisión donde los adolescentes rara vez hablaban con esa densidad emocional. Pero aquí, sus personajes analizaban lo que sentían, se detenían en la incertidumbre y convertían cada conversación en una especie de pequeño laboratorio afectivo.
Mucho antes de que términos como “responsabilidad emocional” o “comunicación afectiva” se popularizaran, aquella ficción ya ensayaba un lenguaje para nombrar lo que nos pasaba por dentro.
Aprendimos que el amor podía ser complejo, que el deseo no siempre era recíproco y que crecer también significaba dejar ir antiguas versiones de una misma. No mirábamos los episodios desde el chico protagonista, sino desde nuestra propia construcción femenina.
Por eso, la nostalgia que despierta hoy no es superficial. No recordamos sólo una historia, recordamos quién estábamos intentando ser cuando la veíamos.
Rostros de adolescencia
La muerte de Van Der Beek evoca, además, una conciencia inevitable del tiempo. Los ídolos juveniles no deberían morir –mucho menos a los 48 años–, porque encarnan una etapa de la vida que nos gustaría guardar intacta en algún lugar.
Pero desaparecen, y entonces entendemos algo incómodo: si ellos se han ido, aquella versión nuestra también está irremediablemente lejos.
Las chicas que debatían en patios de instituto si el amor verdadero debía ser paciente o arrebatado, si Joey debía elegir a Dawson o a Pacey, se han hecho mayores. Han atravesado relaciones, rupturas, mudanzas, maternidades o no maternidades.
Y, sin embargo, algo permanece. La capacidad de transportarnos a aquella época, cuando inesperadamente suena aquella canción: “I don’t want to wait... For our lives to be over...”.
James Van der Beek en una de sus últimas alfombras rojas.
Protagonistas verdaderas
Resulta tentador pensar que la relevancia de Dawson Crece reside en su protagonista masculino. Ese adolescente que parecía habitar dentro de una película. Pero la memoria colectiva funciona de otra manera.
Lo que perdura no es solamente el chico fanático de Spielberg que grababa cortometrajes en su habitación, sino las chicas que aprendían a negociar su lugar en el mundo. Las que entendieron que podían ser inteligentes y deseables, vulnerables y ambiciosas, románticas sin dejar de aspirar a una vida propia.
Tal vez Dawson era el protagonista oficial. Pero la historia —como casi siempre— se estaba contando en otra parte. La partida del histrión no marca únicamente el adiós a un referente de toda una generación televisiva. Nos recuerda algo más profundo: que aquellas adolescentes que buscaban modelos para amar han dejado de mirar las historias de la misma forma.