Lo último de la prestigiosa periodista y escritora Nativel Preciado es casi un cuento para adultos, justo ahora que andamos faltos de relatos sencillos pero suficientes que nos ayuden a asir el mundo y a explorar sus bajas pasiones. El santuario de los elefantes (Planeta) le valió el Premio Azorín 2021 y se convirtió en su choza, en su cueva, en su palacio, en su habitación propia durante el confinamiento: le sirvió para viajar a la África de sus amores, para reconvertirla en símbolo, para honrar a su naturaleza fascinante y terrible, para reivindicar la alegría de los pobres y para hacerle la autopsia a la codicia de los ricos -es autopsia porque a menudo acaba explotando, llevando a la tragedia o a la muerte, o, aún peor, a la deshumanización, que es otra forma de morir-.

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Vaya hostia a la vanidad de Occidente. Vaya humanismo profundo. Vaya forma elegante de separar el grano de la paja, de castigar la insolencia, de reconocer la belleza de lo imposible, de lo salvaje, de lo que no es nuestro y nunca podrá serlo del todo, en el fondo -como un tremendo y sabio elefante, como un baile en plena dicha, como una puesta de sol-. Vaya manera de devolverle la palabra arrebatada a la naturaleza. Vaya estilo y qué dignidad cuando retrata a los miembros crueles de la alta sociedad -sus conversaciones, su oquedad, su sensación de impunidad-. 

En esta obra, Preciado dibuja a un grupo de personajes hiperbólicos, viles y multimillonarios que van a África a hacer sus delicias -y sus trampas-, y entonces el país, como en una venganza bíblica, empieza a responderles. Corruptelas, fortunas incomensurables, fiestas obscenas, tráfico de marfil -y de influencias-, fabricación clandestina de fármacos, monarcas cazando bellísimos elefantes -esto les suena, ¿no?-. Hay de todo aquí: también temas de preocupante actualidad que acaban reflexionando sobre los vicios, los deseos y los sentimientos de los que ya escribió Shakespeare. Lo presentista, lo eterno. No se lo pierdan. No se la pierdan.

¿Qué significa África para Nativel Preciado, qué simboliza?

Era mi sueño infantil. De niña siempre leía libros de aventuras y de más mayor, libros de viajes, de grandes exploradores… y cuando por fin conocí el continente, o, mejor dicho, algunos países, no me llevé la menor decepción, sino al contrario: me pareció mucho más de lo que había soñado y leído. Me gusta mucho la naturaleza, los animales. Me gusta lo insignificantes que nos sentimos cuando ponemos un pie en África. Me gusta la alegría de la gente, de los subsaharianos, que viven con nada y están todo el día cantando y bailando.

¿Qué has aprendido de la codicia humana?

De eso ya tenía alguna noticia (ríe). Es verdad que he hecho unos personajes muy de ficción, quizás los más de ficción que he escrito hasta ahora, porque son personajes locos, desmesurados, ambiciosos, insaciables… no sé si quizá me habrán salido demasiado esquemáticos, pero me divertía contar cómo son las conversaciones, la manera de ver la vida, las peleas entre ellos, hasta dónde llega su insaciabilidad…

¿Lo has visto de cerca?

Bueno, profesionalmente tenemos el privilegio de meter las narices en todas partes. He conocido a ese tipo de gente en algunas circunstancias y me gustaba describirlos y situarlos en un país donde existe tantísimo contraste entre el lujo absoluto y la pobreza absoluta. Ellos y su desmesura y un sitio al que van a mirar, a cazar y a esquilmar.

¿Qué diferencia a un hombre rico de una mujer rica?

Cuando alguien es presa de un vicio hay pocas diferencias, es difícil, incluso para las feministas como nosotras, establecerlas. Me contaba una directora general de prisiones que en las cárceles los hombres suelen ser mucho más violentos que las mujeres, pero cuando las mujeres son violentas, el grado de violencia es máximo y llega a extremos impensables. Cuando a alguien le atrapa el mal, existen pocas diferencias entre hombres y mujeres.

¿Hay algo hacia lo que los ricos no sientan impunidad? ¿Cuándo se sienten vulnerables?

Cuando ven peligrar su fortuna, su dinero. Ahí reciben la voz de alarma y dicen: puf, hay que salvarse, que sin esto no somos nada. Si ven que peligra su imperio, se vuelven débiles. Se sienten derrotados y se sienten muy poquita cosa, porque saben que su mundo está basado en la riqueza. Una de las protagonistas, concretamente, se acuerda de lo mal que lo pasó antes de ser rica, de la miseria en la que vivía, y no quería por nada del mundo volver a eso. Son gente que no ha sacado muchas lecciones de la vida, claro: el dinero y el poder son muy contaminantes y hay algunos que superan estos retos maravillosamente. Siempre pienso en Mújica, que vivía en su casa con muy poquitas cosas. Son poquísimos. La mayoría cae en el error, es casi inevitable.

Hay algo que sucede mucho también: la gente se va a África a hacerse fotos con negritos famélicos y luego se tapan la nariz cuando pasan por el indigente de su barrio. ¿Qué hay de esta hipocresía? ¿Por qué tanta atracción hacia el hambre exótico, hacia la pobreza cool?

Es interesante y hace tiempo escribí sobre eso, sobre la trampa del exotismo. Cuando te vas fuera, todo te parece exótico novedoso, bonito, diferente, pero si lo tienes en la puerta de tu casa le pegas una patada porque no lo aguantas. A esta gente sólo les gusta África porque no la padecen, porque les es algo esporádico, porque se van a ir rápidamente después de la foto con el pobre niño famélico y no se va a tener que ocupar de él. Sólo es estético y les parece divertido, pero eso sí, en su casa no les hace la menor gracia. Lo lejano es más vistoso y tolerable que lo cercano o lo que tenemos que aguantar.

¿Qué simbolizan aquí los elefantes, cómo pueden enfrentarse ellos a los tejemanejes de los humanos?

Es el animal más fuerte y a la vez sensible: es poderoso, puede arrancar troncos de árboles pero también es capaz de coger un alfiler. Tiene muchos sentimientos. En el libro digo en un momento que los elefantes también lloran, pero pueden sucumbir a la ambición enloquecida del mundo occidental. He visto muchos documentales en este proceso y hay algunos que son espeluznantes.

Hay quien mata elefantes para sacar a sus familias adelante y luego enloquecen porque creen que les echan maldiciones… el elefante es el espíritu África, como dice Kapuscinski. Encarna su espíritu. Es tan espectacular, tan maravilloso… que a los que los matan se les viene muy mal rollo, muy mala conciencia, y acaban muertos o arrepentidos. Hay muchos santuarios de elefantes donde se busca salvar a especies y rehabilitarlas. Son lugares muy protegidos y a los turistas se les prohíbe visitarlos. Yo tengo esperanzas, igual no lo veré, pero de que todo esto se equilibre

¿El emérito ha padecido la maldición de los elefantes?

No voy a hablar de “en qué momento se jodió el Perú”, como dijo Vargas Llosa, pero es cierto que hay momentos muy claves en los que el karma se manifiesta. En esa foto del elefante todo lo anterior está plasmado y casi que se ve que a partir de ese momento le va a ir mal. Va a pagar las cosas que ha hecho mal. Es como “a partir de aquí, no puedes seguir”. El principio del declive.

¿Qué placer encuentra esta gente en matar a un elefante?

No lo sé, porque me parece horrible. No me puedo poner en la piel de un cazador, ni siquiera de un cazador tan respetable como era Miguel Delibes. Él me explicaba el sentido de la caza, y la caza tiene sentido, probablemente, pero prefiero que lo hagan otros. No sería capaz de matar a un animal ni aunque fuera bueno para el equilibrio de la naturaleza, sólo lo haría si mis hijos pasaran hambre y tuviera que darles de comer. Aborrezco a los ricos que practican la caza mayor para divertirse.

En España se han celebrado fiestas de clase alta con cacerías y prostitutas. ¿Qué hay de ese folclore nuestro tan sórdido y tan turbio, a costa siempre de los demás?

Sí, es cierto, es porque se aburren. El vicio siempre va in crescendo. Las adicciones, las drogas, el alcohol… con eso nunca te quedas satisfecho, siempre quieres probar un poquito más, siempre quieres ir algo más lejos. Hasta que llega el declive, como en el Imperio Romano. Que los ricos monten orgías y cacen animales debería ser el fin de la especie. Te lo digo con el corazón. Se aburren, necesitan emociones diferentes a las que tenemos los demás, o a los que tienen los subsaharianos, que es gente que vive y canta y baila con alegría pero no tiene nada. Los ricos obscenos pierden el sentido de la vida.

Una vez estuve en Dinamarca, en un sitio así muy paradisíaco muy agradable, y tuve la mala suerte de coincidir con fiestas de universitarios que se subían en camiones para emborracharse e iban por las casas pidiendo vino. En ese momento, Dinamarca era el país con más suicidios de adolescentes del mundo, y eso que tenían carrera gratis y una vivienda casi gratuita. Se cogían unos comas etílicos espantosos y se suicidaban… hay que pensar en estar siempre alerta. Los derechos hay que defenderlos todos los días, te tienes que lavar todos los días y tienes que pensar en quién eres, si no te desequilibras. El desequilibrio es una línea muy fina, muy sutil que tenemos siempre. Yo concretamente tengo que estar siempre cogiendo las riendas para ser consciente de lo que tengo y de la manera en la que quiero vivir y me parece decente vivir.

¿Republicana o monárquica, Nativel?

Me parece un debate obsoleto, con absoluta sinceridad. La República es un sentimiento de gente que idealiza lo que fue una época y que considera que esos tiempos, idílicos para ellos, pueden volver. A mí lo que me interesa es que los que nos gobiernan, desde el jefe de Estado hasta el último secretario de Estado, sean capaces de resolver los problemas que tienen planteados y para los que les hemos asignado.

Para eso le votamos. Y al que no votamos tiene que ser un buen embajador, que consiga buena imagen y poco más. Yo he sido republicana pensando en lo idílica que era la residencia de estudiantes y lo emblemáticos que eran los personajes de la república, y también por mi propia tradición familiar, pero a estas alturas creo que es un debate con poco sentido.

En el libro también hablas de herencias multimillonarias. ¿Podremos abolir las castas mientras sigan existiendo estas herencias?

Las grandes fortunas tienen que estar muy penalizadas, tienen que pagar muchos impuestos, a mi modo de ver. Pero las pequeñas herencias familiares no, porque los padres nos matamos a trabajar para dejar a nuestros hijos en una situación un poquito mejor. Yo soy muy partidaria de subir los impuestos a las grandes fortunas, mucho más de lo que propone el G7 o la OCD, Biden o quien sea. Es de un despilfarro de tal calibre que no tiene sentido que exista.

Amancio Ortega (como summum de hombre rico español, referente para muchos del triunfo -¡y la existencia!- del ascensor social, de la humildad y la generosidad; y referente, para otros muchos, de la trampa, la explotación y las donaciones moralmente cuestionables). 

Dentro de los súperricos hay una escala de valores. Los hay canallas y los hay que viven con absoluta austeridad. Es cierto que hay que estudiar la historia de Amancio Ortega, cómo ha logrado esa fortuna, si ha explotado a niños esclavos en algún momento de su vida… cuáles son sus parámetros éticos, etc. Yo he conocido a su primera mujer y a su hija Sandra y concretamente son personas que me caen bien, son personajes humanos. Otra cosa es cómo ha hecho su fortuna y cuántos cadáveres haya dejado por el camino. Lo cierto es que en este país entendemos que detrás d una gran fortuna hay algún tipo de delito, y si no, de desorden.

Pablo Iglesias (ya te imaginarás por qué). 

Es un ejemplo de cómo podemos sucumbir a las cosas, de la influencia que tiene el poder sobre el ser humano. Él ha sucumbido y se ha retirado a tiempo, afortunadamente, creo que para no seguir sucumbiendo a determinadas tentaciones.

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