La casa donde vivió Dalí en Cadaqués, Girona.

La casa donde vivió Dalí en Cadaqués, Girona. iStock

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El pueblo marinero del siglo X más bonito en el que vivió Salvador Dalí: el mejor lugar para comer anchoas frente al mar

Considerado uno de los rincones más bonitos de la Costa Dorada, llegar aquí es dejarse llevar por la tradición, la cultura, los paisajes y el sabor único de sus productos típicos.

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Cadaqués no se parece a ningún otro pueblo de la Costa Brava. Su belleza no nace solo de las casas blancas, del azul intenso de la bahía o de las barcas dormidas frente al paseo marítimo.

También tiene que ver con su aislamiento, con esa carretera de curvas que parece separar el pueblo del resto del mundo y que durante décadas ayudó a conservar su carácter marinero.

Antigua aldea de pescadores, Cadaqués fue refugio de artistas, escritores y viajeros que encontraron aquí algo más que un paisaje bonito.

Sus calles estrechas, empedradas con el tradicional rastell, suben y bajan entre fachadas encaladas, buganvillas, ventanas de colores y pequeños talleres que recuerdan su pasado bohemio. La oficina de turismo local destaca precisamente ese casco antiguo de origen medieval como una de las visitas imprescindibles.

El pueblo de Dalí

El nombre de Cadaqués está unido para siempre al de Salvador Dalí. El pintor no fue el único creador fascinado por este rincón del Alt Empordà, pero sí su gran embajador.

En la vecina Portlligat, a un breve paseo del centro, compró en 1930 una antigua barraca de pescadores que con los años transformó en una casa laberíntica, casi orgánica.

La Casa-Museo Salvador Dalí fue su residencia estable durante décadas y hoy es una de las grandes visitas del municipio. La Fundació Gala-Salvador Dalí recuerda que aquel espacio pasó de ser una pequeña construcción marinera a convertirse en una vivienda singular, abierta al paisaje y al imaginario del artista.

Antes o después de llegar a Portlligat conviene perderse sin prisa por el centro. La iglesia de Santa María, situada en la parte más alta del casco antiguo, ofrece una de las mejores panorámicas de la bahía.

Centro histórico de Cadaqués.

Centro histórico de Cadaqués. iStock

El templo, iniciado a mediados del siglo XVI y de estilo gótico tardío, domina el perfil blanco de Cadaqués y conserva en su interior un notable retablo barroco.

Del mar al Cap de Creus

Cadaqués también es una puerta natural al Cap de Creus, uno de los paisajes más impresionantes de Cataluña. Allí el Mediterráneo se vuelve mineral, el viento de tramontana modela las rocas y los caminos avanzan entre calas, acantilados y vegetación resistente.

El parque natural, creado en 1998, fue el primer espacio marítimo-terrestre protegido de Cataluña y suma 13.843 hectáreas entre tierra y mar, según la información turística del Port de la Selva. Su territorio se reparte entre varios municipios del Alt Empordà, entre ellos Cadaqués.

La excursión al faro del Cap de Creus es una de las más recomendables, sobre todo al atardecer. También merece la pena acercarse a Cala Nans, recorrer el paseo marítimo, bañarse en playas urbanas como Es Poal o Es Pianc, y reservar tiempo para sentarse frente al mar sin más plan que mirar.

Porque Cadaqués se disfruta caminando, pero también deteniéndose. Su encanto está en los detalles: una puerta azul, una red secándose al sol, una barca varada, una terraza donde el aperitivo se alarga más de la cuenta.

El mejor lugar para comer anchoas

Si hay un producto que resume la cocina marinera de esta zona son las anchoas. Cadaqués no solo está rodeado de mar, está en el Alt Empordà, una comarca donde la tradición de la salazón tiene uno de sus grandes símbolos en la cercana L’Escala, famosa históricamente por sus anchoas.

La tradición de conservar anchoas en sal en L’Escala es centenaria y sigue viva en empresas familiares que elaboran el producto de forma artesanal. La información turística local presenta esta actividad como una seña de identidad del municipio, conocido por su vínculo con la conserva de anchoa.

Panorámica de Cadaqués, Girona.

Panorámica de Cadaqués, Girona. Getty Images

Por eso Cadaqués es un lugar privilegiado para probarlas, ya que está a poca distancia de esa cultura salazonera, comparte despensa mediterránea y conserva una cocina sencilla, de producto, donde una buena anchoa no necesita artificios. Basta pan con tomate, aceite de oliva y, quizá, una copa de vino blanco del Empordà.

La anchoa funciona aquí como un bocado de paisaje. Tiene sal, mar, paciencia y memoria. Encaja con el ritmo del pueblo, con sus antiguas casas de pescadores y con esa manera de comer sin prisa que convierte una tapa en una experiencia.

Cadaqués puede estar lleno en verano y puede exigir curvas, paciencia y reserva previa. Pero ese pequeño peaje se olvida rápido. Al llegar, el pueblo vuelve a demostrar por qué tantos viajeros lo consideran uno de los lugares más bonitos de Cataluña.