Casco histórico de Plasencia, Cáceres.

Casco histórico de Plasencia, Cáceres. iStock

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El pueblo medieval del siglo XII, con 2 catedrales y un convento convertido en Parador: perfecto para una escapada de fin de semana

Sus calles empedradas rodeadas de antiguos palacetes o su antiguo acueducto son solo algunos de los secretos mejor guardados de este mágico lugar.

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Hay destinos que se visitan por un monumento y otros que se recorren como si fueran un decorado entero. Plasencia pertenece a esa segunda categoría. En el norte de Cáceres, esta ciudad amurallada combina casco histórico, patrimonio religioso, plazas con vida y un Parador instalado en un antiguo convento del siglo XV que por sí solo justifica la escapada.

La localidad, fundada por Alfonso VIII en 1186, conserva una posición estratégica entre comarcas tan buscadas como el Valle del Jerte, La Vera, el Ambroz o el entorno de Monfragüe.

Esa ubicación la ha convertido en una base muy cómoda para recorrer el norte de Extremadura, pero también en un destino con entidad propia, lejos de la idea de simple ciudad de paso.

Su gran singularidad patrimonial está en la catedral. O, mejor dicho, en las dos catedrales que forman un único conjunto: la Vieja y la Nueva. Turismo de Extremadura define la Catedral de Plasencia precisamente como un monumento "formado a su vez por dos catedrales, la vieja y la nueva", una rareza arquitectónica que da a la ciudad una personalidad muy reconocible.

Plasencia no solo presume de ese perfil monumental. También mantiene buena parte de su trazado medieval, murallas, puertas históricas y una colección de palacios y casas nobles vinculadas al peso que tuvo la nobleza local entre los siglos XV y XVI. Todo ello en una ciudad de tamaño manejable, ideal para recorrer a pie y sin prisas.

Una ciudad para caminar

Pocas ciudades españolas pueden enseñar, en apenas unos metros, la superposición de estilos y siglos de una forma tan clara. La Catedral Vieja empezó a levantarse entre los siglos XIII y XV, mientras que la Nueva arrancó en el XV y fue incorporando lenguaje gótico y renacentista. El resultado no es una duplicidad, sino un diálogo de piedra entre dos momentos de la historia.

Ese protagonismo no eclipsa otros rincones esenciales. La Plaza Mayor sigue funcionando como el corazón urbano y como escenario de una de sus celebraciones más conocidas, el Martes Mayor, que Turismo de Extremadura sitúa el primer martes de agosto y vincula a la tradición comercial de la ciudad.

A partir de ahí, el paseo se despliega entre puertas de la muralla, iglesias, palacios y edificios civiles. El Palacio del Marqués de Mirabel, antigua casa fuerte de los Zúñiga, es una de las referencias imprescindibles del patrimonio placentino y ayuda a entender hasta qué punto la ciudad fue un foco de poder nobiliario en la Extremadura de finales de la Edad Media.

La oficina turística local resume bien ese atractivo cuando recuerda que Plasencia, con unos 40.000 habitantes, puede presumir de "dos catedrales, una bonita muralla, un acueducto medieval o un estupendo parador en un antiguo convento del siglo XV". No necesita mucho más para defender su sitio entre las escapadas culturales más completas del interior peninsular.

Dormir en un convento del siglo XV

En una ciudad así, el alojamiento importa. Y en Plasencia el gran reclamo hotelero tiene tanta historia como el resto del casco antiguo. El Parador ocupa el antiguo convento de San Vicente Ferrer y forma, junto con la iglesia de Santo Domingo y el Palacio Mirabel, el conjunto promovido por los duques de Plasencia entre los siglos XV y XVII.

Paradores define el edificio como un inmueble de origen legendario, de estilo gótico tardío con elementos renacentistas. Conserva varios de sus rasgos más valiosos, como el artesonado del claustro bajo, el púlpito del refectorio, pinturas murales y un friso de azulejos del siglo XVI. Pero hay una pieza que suele concentrar todas las miradas: la escalera volada de 1577, que la propia cadena considera una de las más bellas de España.

El encanto del parador no se queda en la arquitectura. Uno de sus espacios más celebrados es la antigua bodega conventual, transformada hoy en bar. Ese contraste entre piedra histórica y uso contemporáneo resume bastante bien lo que ofrece Plasencia: patrimonio vivo, no decorado.

Dormir allí permite además algo poco frecuente: quedarse literalmente dentro del relato monumental de la ciudad. No es solo un hotel con encanto, sino una forma de prolongar la visita cuando ya se han ido los grupos y el centro histórico baja el ritmo.

Norte de Extremadura

La escapada gana puntos por su entorno. El propio Paradores destaca a Plasencia como punto de partida para explorar el Parque Nacional de Monfragüe, el Valle del Jerte, La Vera, Las Hurdes o la Sierra de Gata. Es decir, naturaleza, pueblos, gargantas, cerezos y carreteras secundarias al alcance de trayectos razonables.

Eso la convierte en una opción muy versátil. Puede funcionar como viaje urbano de fin de semana, como parada dentro de una ruta más amplia por Extremadura o como refugio tranquilo desde el que salir cada mañana a descubrir una comarca distinta.

Como valor añadido, aunque menos evidente, decir que Plasencia no cuenta con la saturación de otros destinos patrimoniales. Mantiene ambición monumental, pero todavía deja espacio para una experiencia más pausada, con terrazas en la Plaza Mayor, paseos cortos y la sensación de haber encontrado una joya menos exprimida que otras ciudades históricas.

Esa mezcla de escala humana, dos catedrales y un convento convertido en parador explica por qué sigue siendo una de las escapadas más perfectas del oeste peninsular.