Mushu y Mate, dos gatos durmiendo juntos.

Mushu y Mate, dos gatos durmiendo juntos. Archivo redacción

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Los veterinarios lo tienen claro: "Para ganarte el amor de un gato tienes que aprender a ignorarlo y respetar su espacio"

El veterinario enfatiza la importancia de ignorar inicialmente al gato para evitar que se sienta acosado, permitiendo que el animal marque su propio ritmo.

Angelica Rimini
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¿Has tenido alguna vez la sensación de convivir con un noble decimonónico que soporta tu compañía a duras penas?

Bastantes cuidadores han experimentado en primera persona ese desapego gatuno, un desconcierto que el veterinario Manuel Manzano resume en una queja muy repetida: llamas al gato y el gato no acude, como si tu existencia le resultara irrelevante.

Lo alentador es que derretir esa distancia no depende del azar ni de imponerle afecto, sino de método. Hay técnicas contrastadas capaces de convertir a un animal esquivo en un compañero que toma la iniciativa y busca cercanía.

La clave no consiste en reclamarle atención, sino en afianzar el respeto hacia el animal y establecer rutinas estables, los dos principios intocables de cualquier gato.

Aprender a ignorarlo

El primer movimiento para aproximarse a un gato pasa por respetar su territorio y entrenarse en ignorarlo. Resulta esencial no ir tras él por la casa ni clavarle la vista, para que no interprete la situación como un acoso.

Tal como resume el veterinario, la vía más eficaz para lograr que un gato se acerque es, paradójicamente, no hacerle caso.

Ir detrás del animal o incurrir en el fallo de acorralarlo tras un sillón o en un rincón puede provocar respuestas agresivas derivadas del estrés, con el consiguiente peligro para quien lo cuida.

Del mismo modo, las caricias no conviene repartirlas al azar por toda su anatomía, sino limitarlas a los puntos concretos donde se acumulan sus glándulas productoras de feromonas.

Cuando se restriega, el gato traspasa esas sustancias a la persona para incorporarla a su terreno de confianza. Los tres emplazamientos decisivos son la zona baja de los carrillos, la parte de abajo del mentón y el área que queda detrás de las orejas.

El resto del cuerpo —espalda, rabo o extremidades— es mejor dejarlo para más adelante. El especialista lo advierte con claridad: nada de precipitarse, cada cosa lleva su tiempo.

El 'beso de un gato'

Sobre las miradas, clavar los ojos en un felino equivale para él a una advertencia hostil. El modo adecuado de dirigirse a él es el llamado beso gatuno: aguantarle la mirada dos o tres segundos y cerrar después los párpados con lentitud.

El veterinario apunta que el animal recibe ese gesto con enorme agrado, porque lo traduce como un mensaje de pertenencia: le estás diciendo que formas parte de su grupo, que cuenta para ti y que lo tienes en estima.

Además, conquistar su confianza pasa por reservarle ratos de juego, con un mínimo aconsejable de cuatro horas a la semana repartidas en sesiones cotidianas de media hora.

Lo que más disfrutan son las dinámicas de caza, que no exigen desembolsos elevados. Caben soluciones domésticas sin coste alguno —anudar una cuerda a un rollo de cartón, por ejemplo— o comprar varas con señuelos en forma de pájaro o de pez.

Por último, es imprescindible brindarle un ambiente previsible siguiendo la regla 3-3-3. De acuerdo con esta pauta, el gato precisa tres jornadas para inspeccionar un espacio desconocido, tres semanas para fijar una rutina reconocible y tres meses para asimilar todo el conjunto y sentirse plenamente en su propia casa.

Aunque la adaptación no se produce de la noche a la mañana, sostener la regularidad a lo largo de esas semanas asegura que el animal identifique la vivienda como un refugio.

Siguiendo estas indicaciones sin prisas, el veterinario garantiza que el gato acabará acudiendo cuando se le llame, aceptando comida de la mano y acercándose a su cuidador por iniciativa propia.