Dos gatitos con una niña.

Dos gatitos con una niña. Istock

Mascotario

Los educadores coinciden: para preparar a los gatos a vivir con niños no hay que forzarlos, la clave está en adelantarse

Marta Olivares y su equipo explican las pautas para lograr una convivencia segura y tranquila entre gatos y niños.

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Angelica Rimini
Publicada

La llegada de un bebé, o la visita de un niño, a una casa con gatos puede ser una preciosa experiencia o una fuente constante de estrés para los felinos si no se gestiona bien. Marta Olivares, educadora felina, reconoce que a menudo los gatos se asustan mucho cuando hay pequeños cerca.

Por esto, es fundamental conocer estas pautas que ayudan a preparar a los gatos para convivir con niños de forma segura y respetuosa, sobre todo cuando no se trata de una visita puntual, sino de un cambio permanente en la familia.

Una nueva realidad

El primer matiz importante es distinguir si hablamos de una visita de unas horas o de la llegada de un bebé que va a vivir en casa. En este último caso, no estamos ante algo puntual, sino ante una nueva realidad para el gato, y eso exige dedicar más tiempo y cuidado a que pueda gestionarla bien.

La educadora insiste en que los cambios en el hogar deben hacerse de manera progresiva: nuevas rutinas, nuevas normas y, sobre todo, una consecuencia casi inevitable de la presencia de niños pequeños: más ruidos y más movimientos bruscos dentro de casa. Todo ello puede ser muy intimidante para un gato, especialmente si tiene un perfil miedoso.

La clave

La clave, explica, es adelantarse. En lugar de esperar a que el bebé o el niño esté en casa y descubrir entonces cómo reacciona el gato, es recomendable empezar a trabajar antes.

El primer paso es identificar qué actividad le gusta al gato y puede realizar solo, sin necesidad de interacción humana. Por ejemplo, comer una latita húmeda en una lickimat o entretenerse con un juguete de comida interactivo.

Mientras el gato está concentrado en esa actividad placentera, se introducen poco a poco los estímulos que traerá el niño, como los pequeños ruidos o los movimientos más bruscos alrededor.

"Primero flojito y lejos, eh?", bromea la educadora. La idea es empezar con poco volumen y distancia y, en función de cómo responda el gato, ir acercando los sonidos o haciéndolos algo más intensos. Se pueden usar incluso audios de llantos de bebé para que el animal vaya "normalizando" ese tipo de ruido.

La importancia de la zona segura

Tan importante como exponer al gato a la nueva realidad de manera gradual es garantizar que tenga un lugar seguro al que pueda retirarse cuando se sienta abrumado. Puede ser una habitación, una zona alta, un refugio cubierto donde el gato se sienta protegido y pueda descansar sin interrupciones.

Esta zona segura es especialmente útil en las primeras visitas del bebé o durante los inicios de la convivencia. El objetivo no es que el gato salga enseguida a interactuar; al contrario: el primer paso es que se mueva con tranquilidad en su propio refugio, sin miedo, aun sabiendo que hay un niño en casa.

Solo cuando el gato se muestra realmente relajado en ese espacio, se puede empezar a ampliar el territorio de manera progresiva: dejar que explore un poco más, que se acerque, que vea al niño desde la distancia, siempre con la posibilidad de volver atrás cuando lo necesite.

El ritmo lo marca el gato

Uno de los errores más frecuentes de los humanos es querer correr: forzar presentaciones, coger al gato para acercarlo al niño o animar al peque a tocarlo antes de tiempo. La educadora lo resume en una idea clave: el ritmo y la distancia los marca el gato, nunca al revés.

Eso significa observar sus señales: si se queda en la zona segura, no pasa nada; si se asoma un poco y luego se retira, también está bien. Lo importante es que sienta que tiene el control de cómo y cuándo relacionarse con el nuevo miembro de la familia o con las visitas infantiles.

La convivencia entre gatos y niños puede ser muy positiva para ambos, pero no surge de la nada. Requiere preparación, respeto por las necesidades felinas y una buena dosis de paciencia.

En palabras de la propia educadora, lo fundamental es entender que, para ellos, esta "nueva realidad" puede resultar abrumadora. Nuestro papel como adultos es acompañar el proceso, no acelerar los tiempos.