Una imagen de la joven en calle Larios.

Una imagen de la joven en calle Larios. A.R.

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Khadija inspira en redes rompiendo el cliché de la migración: "En mi historia de vida todo ha sido al revés"

Pasó por la extrema pobreza en Marbella tras migrar con unas muy buenas condiciones de vida desde Ghana, pero todo se complicó en su núcleo familiar; hoy es modelo y estudia para convertirse en una gran defensora de los Derechos Humanos.

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Las claves
Las claves

Khadija Maga, influencer y trabajadora social, rompe el estereotipo de migración mostrando una historia de vida 'al revés', pasando de la burguesía en Ghana a la pobreza en España.

Su familia migró legalmente a España buscando una vida mejor pero enfrentaron ruina económica, desahucio, separación familiar y graves problemas de salud mental.

A pesar de las adversidades, Khadija se graduó en Trabajo Social, trabajó con marcas de moda y aspira a ayudar a otros desde la protección de derechos humanos.

Con sus redes sociales, visibiliza la realidad de la migración, reivindica sus raíces africanas y pide que no se idealice Europa como una utopía.

Las historias inspiradoras de migrantes que llegan a los medios de comunicación suelen ser las de chicos jóvenes que se juegan la vida a bordo de una patera o un cayuco. Buscan una vida mejor, convencidos de que en Europa está la llave de todos sus sueños.

La de la joven influencer, modelo y trabajadora social Khadija Maga es todo lo contrario. Con una sonrisa pese a todo lo que ha sufrido, asegura, en una entrevista presencial con EL ESPAÑOL de Málaga que en su historia "todo es al revés".

La acompaña a la charla su hermano, Ahmed Maga, campeón de España de MMA. Ambos son dos chavales que han conseguido sueños de la mano, pero cuyos caminos vitales no han sido del todo sencillos.

Khadija guarda fotos y vídeos de una infancia que, según admite, nadie creería sin pruebas. En estos archivos aparece con sus hermanos a la salida de un colegio privado de Ghana, subiendo a una limusina escoltada por guardaespaldas...

A sus 22 años, reconoce que "no sabía que en África había pobreza hasta que llegué a España, de verdad". Habían tenido una vida muy buena en su país.

Khadija, junto su hermano Ahmed.

Khadija, junto su hermano Ahmed. Cedida

Entre ese sinfín de recuerdos también figuran otros más duros, en el pequeño piso donde residía con su familia en San Pedro de Alcántara. Allí acabó haciendo de madre de sus hermanas, en una vivienda donde comían lo que podían entre cucarachas. Recuerda que "todo era insostenible".

Entre unas imágenes y otras hay apenas una década. Khadija es hoy graduada en Trabajo Social y suma 31.200 seguidores en Instagram y 18.100 en TikTok.

En sus perfiles conviven la moda, el lifestyle y el lujo con vídeos sobre sus raíces y sobre todo lo que su familia ha atravesado tras migrar a la Costa del Sol.

Su historia choca de frente con el prejuicio sobre la migración. Llegó a España en avión, con papeles, con dinero y con un padre que llevaba años trabajando legalmente y cotizando en Marbella.

La vida de la familia comenzó a torcerse poco a poco hasta convertirse en una auténtica ruina. Khadija resume su trayectoria asegurando que "como migrante he vivido en la burguesía, he pasado por la clase media y he estado en la súper baja. En ese orden. Mi historia siempre choca".

Para muchos jóvenes que la siguen es un referente. Ha trabajado para firmas como Inditex, Ferrari o Cartier y protagonizará un número de ELLE África. Además, acaba de empezar el máster en Estudios Avanzados en Derechos Humanos de la Universidad Carlos III de Madrid. Todavía le cuesta asimilarlo y confiesa que "no me creo aún cómo he acabado estudiando en la misma uni que Leonor, la futura reina de España".

En Ghana, la familia de Khadija vivía entre dos casas. El hombre al que Khadija llama abuelo, tío de su padre, fue según su relato médico militar en la guerra de la independencia y ejerció después como médico en Estados Unidos.

Con lo que ahorraba, levantaba escuelas en su país. Sus hazañas le valieron ser elegido "rey de un territorio" que ella compara con "juntar Málaga, Granada o Jaén y liderarlas".

El sueño de vivir en Europa siempre estuvo en la cabeza de su padre. Desde 2006 o 2007 trabajaba como chef, su pasión, en Puerto Banús, y viajaba a Ghana con frecuencia para ver a los suyos.

La primera vez de la familia en Marbella.

La primera vez de la familia en Marbella. Cedida

En 2009 su madre se instaló también en España y los niños se quedaron en Ghana con una niñera que trabajaba también fuera de la casa y, en realidad, apenas estaba cuidándolos. Khadija, que era muy pequeña entonces, se ocupaba de sí misma y de su hermano.

La llegada a España

Cuando sus padres volvieron a visitarlos, los encontraron muy delgaditos y se percataron de lo ocurrido. Por ello, los padres de ambos hicieron lo posible para que en 2010, los niños llegaran a España con pasaporte, DNI, casa y todos los papeles en regla.

Khadija tenía entonces unos siete años y vivió el traslado como un importante cambio de vida. Estudiaba en un buen colegio y la familia tenía estabilidad. La niña que era entonces nunca llegó a entender por qué se cambiaban de país si para ella todo allí estaba bien.

Se marcharon a España, sobre todo, por la insistencia de su padre, al que le ofrecieron un buen puesto laboral y un mejor salario. Según sostiene, "él siempre tuvo en su cabeza ese concepto de que Europa es mejor y sí o sí hay que acabar en Europa".

La familia se instaló primero en una casa que había comprado en Málaga capital. Se les quedó pequeña y se mudaron a un piso de alquiler en San Pedro de Alcántara, en la localidad malagueña de Marbella, donde vivirían los años siguientes.

Recuerda su ingreso en la educación andaluza como un verdadero choque. Entró a segundo de Primaria y ya multiplicaba con dos cifras mientras sus compañeros empezaban con las tablas. Tiene esa imagen grabada en su cabeza. Al ver el color de su piel, los niños le preguntaban si en su país había escuelas o si vivía entre safaris, con los animales.

Aquellas preguntas le enseñaron algo que hoy defiende a capa y espada en sus redes. Explica que "se ha unificado todo el territorio de África cuando África es un continente, no es un país", un territorio lleno de realidades diferentes.

Los primeros años de la familia en San Pedro de Alcántara fueron buenos. Pero, según relata, todo empezó a torcerse cuando tenía unos 12 años y pasó a un instituto en el que nadie la conocía. Con ello, llegaron las burlas, el racismo y el acoso escolar. Fue una etapa muy complicada de su vida.

La joven, en la presentación de un libro de poesía que escribió.

La joven, en la presentación de un libro de poesía que escribió. Cedida

En casa también había conflicto. Su madre había estudiado el Bachillerato en Ghana y quería ir a la universidad. Khadija siempre ha visto en ella el reflejo de una mujer dispuesta a luchar por sus sueños y ser autónoma.

Pero la casaron con su padre en un matrimonio concertado. Según cuenta su hija, "aunque de inicio fue una obligación, al final acabaron queriéndose mucho".

En San Pedro, parte de los amigos de él, que conformaban la comunidad ghanesa en la localidad, empezaron a opinar sobre la familia y a hacer comentarios que no respetaban su intimidad. A Khadija, con 8 o 9 años, le reprochaban, por ejemplo, que tuviera amigos varones. "Lo veían mal".

Relata que cada vez que su madre quería estudiar o trabajar "siempre venían a envenenar la mentalidad de mi padre" para que ella no lograra lo que quería.

Su padre quedó huérfano de niño y creció en la calle, apoyándose en sus amistades. Su hija cree que por eso "siempre ha estado en deuda con sus amigos y les ha hecho tanto caso".

La convivencia en casa fue cada vez más complicada. Según relata Khadija, las discusiones entre sus padres acabaron en maltrato físico. Khadija escondía a su hermana mediana en un cuarto para que no escuchara "las peleas y los puñetazos". Hoy confiesa que "yo he perdido muchos recuerdos para protegerme de todo lo que viví".

Una niña al frente de todo

Con 12 años, Khadija propuso a su padre mudarse a Londres. Allí vivían familiares cercanos de ambas ramas de la familia, "familiares más reales", en sus palabras, que podían ayudarles a recomponer una convivencia rota. Buscaba un cambio de aires. Reconoce que entonces era "súper infeliz".

Su padre se adelantó para buscar casa. La presión de encontrar un hogar para los cuatro hijos que ya eran, con la pequeña recién nacida, desenterró los recuerdos de una infancia marcada por la orfandad de la que nunca había hablado. Khadija lo atribuye en parte a su cultura de origen, en la que, según explica, "no se habla de la salud mental".

La ansiedad lo desbordó. Khadija, aún en shock con aquella etapa, recuerda que "mi padre estuvo muy mal". Acudió con un familiar a pedir ayuda psiquiátrica y su padre acabó ingresado en la Unidad de Salud Mental de un hospital londinense. Allí, según le contaron después a su hija, llegó a intentar quitarse la vida.

Fue ella, con solo 12 años, quien se encargó de todo desde España. Llamaba a tíos y primos para saber cómo estaba su padre y pedía al hospital que lo dejaran volver con sus hijos. Lo consiguió. Hoy no recuerda cómo y admite que "tengo demasiadas lagunas".

Su padre regresó a San Pedro muy enfermo. Khadija cuenta que había sido víctima de "un brote psicótico". En palabras de la joven, el hombre escuchaba voces y se levantaba de madrugada para golpearse la cabeza contra la pared.

"Es muy duro ver cómo has pasado de un padre trabajador, resolutivo, a un padre inestable que no sabe hacer nada, desorientado", dice. Solo se calmaba delante de sus hijas pequeñas. Según recuerda Khadija, "cuando las veía, se esforzaba por parecer tranquilo para no asustarlas".

Es inevitable preguntarle cómo tuvo tanta fuerza de voluntad con él después de lo que, según su relato, había sufrido su madre. Confiesa que llegó casi a las manos con su padre y admite que hubo una época en la que "lo quería muerto".

Con el tiempo entendió que "la gente es muy compleja, no todo es blanco o negro". Mantiene con él una relación cordial y deja claro que, pese a ello, "nunca seré capaz de justificar algunas cosas de las que hizo".

Después de 2 o 3 meses en casa, unos parientes vinieron desde Ghana para llevárselo a su país. Khadija y su madre querían que siguiera el tratamiento en España.

Antes de irse, su padre, al que nunca habían visto llorar, se arrodilló ante ellas entre lágrimas. Les pidió "perdón por todo" y les suplicó que no lo dejaran marcharse a Ghana, donde ya no le quedaba nadie, pues las personas más importantes de su familia habían fallecido. Finalmente se lo llevaron y, durante años, no supieron nada de él.

Sin él, la familia se quedó sin ingresos. La casera les rebajó el alquiler de 800 a 400 euros y Khadija empezó a trabajar con 13 años, limpiando y en una frutería. Su madre, que había dado a luz meses antes a su hija pequeña, comenzó también a enfermar por tanta tensión y estrés acumulado, cayó en una inmensa depresión. Khadija recuerda que así "empecé a maternar a mi madre".

La ruina

Comían arroz, o lo que encontraran, todos los días, en unas condiciones de higiene muy complicadas. En casa tenían cucarachas y ratas.

Una de las pequeñas, en la casa con todo desordenado,

Una de las pequeñas, en la casa con todo desordenado, Cedida

"Una vecina nos daba pendrives con películas que mis hermanos veían en bucle. Yo iba a Cáritas para coger arroz y lentejas. Si no conseguía algo, nunca lo he confesado, pero lo llegué a robar. Sobre todo, leche de bebé para mi hermana. Nuestra situación era muy extrema".

Era una preadolescente en una circunstancia más que dura. Nunca pidieron ayuda. Reconoce que "mis padres y yo no sabemos pedir ayuda aunque hemos vivido tanto malo". Y cuando lo intentó, sostiene, "viví mucho racismo institucional". Según su relato, cualquier trámite exigía la firma de su padre, en ese momento totalmente desaparecido, dejando a su madre y al resto de la familia desamparados.

En 2020 llegó la pandemia y la casera necesitaba su piso. Khadija no le guarda rencor y asegura que "la entiendo, no la culpo. Era de ella". Ante el desahucio, escribió con su hermano una carta a una trabajadora social, la misma que hace unas semanas firmaba su recomendación para conseguir una plaza en el máster que está cursando hablando maravillas de ella.

En el escrito, Khadija pedía una sola cosa. "A mí hacerme lo que queráis, pero a mis dos hermanas bebés no me las separéis". La separación familiar llegó antes que el desahucio. Según relata, a su hermano se lo llevaron de casa a la fuerza y a las pequeñas, del colegio. Khadija pasó un mes sin saber de ellas. Recuerda que "la más pequeña era casi mi hija, lo parecía".

Ella y su hermano Ahmed pasaron casi 3 meses en un centro de protección de menores. Siempre según su relato, las condiciones dejaban mucho que desear y le hicieron pensar que todos estaban en esa situación porque ella así lo había querido.

Cree que podría haberse buscado una acogida para todos los hermanos juntos y lamenta que "nunca hubo un interés de gestionarlo bien". El paso por aquel centro fue complicado para ella. El día que salió, un niño del centro se echó a llorar a gritos pidiéndole que volviera a por él, que no lo abandonara. Pasó una semana sin comer ni hablar por toda la vorágine vivida. De aquello asegura que aprendió "que lo bueno de perderlo todo en esta vida es que ya no queda más que perder".

Finalmente la acogió una de sus profesoras del instituto, que días antes de la retirada se había ofrecido a darle una nueva vida. Ambas siempre se han tenido mucho cariño y mantienen ese vínculo, aun habiendo pasado la mayoría de edad.

Dos hermanas acogieron al resto de sus hermanos. Una de las chicas a Ahmed y otra a las dos pequeñas. Hoy, bromea, son "hermanos primos". Habla de todas las familias, tanto la suya como la de ellos, con mucha gratitud y asegura que "son maravillosos, les amo".

"Además, lo gracioso de todo esto es que han pasado de familia musulmana a una cristiana. La convivencia y poder compartir costumbres, como vivir la Semana Santa o acudir a la comunión de mi hermana pequeña ha sido muy especial", asevera.

Su padre volvió en mayo de 2020. Tras tres meses en una unidad de salud mental se estabilizó y volvió a trabajar como chef, con mucha más calma. Como es evidente, ante tantos meses de ausencia, sus padres se separaron, pero por el bien de toda la familia mantienen una relación cordial.

Los hermanos formaban parte de diferentes familias y Khadija movió cada trámite para que pudieran volver a verse con sus hermanas menores de edad. Empezaron con una hora cada 2 meses y desde hace unos meses se ven 3 horas al mes gracias a su empeño. "Sigue siendo poco, pero para nosotros significó mucho", sostiene.

Una madre en la calle

Su madre fue quien peor parada salió de todos estos desajustes. Tras el desahucio perdió todo lo que tenía y, desde entonces, ha alternado la calle con recursos temporales en San Pedro, Marbella y Málaga, así como la ayuda de su hija. Para Khadija es lo más doloroso.

"Es lo que más me apena de todo. Es una curranta y durante 8 meses estuvo trabajando y se pagó un pisito para vivir. En verano la despidieron y en julio la echaron de la casa. Iban a convertir su casa en un alquiler turístico".

Su entorno le ha recomendado que, tras tanto sufrimiento, mire hacia delante y recorra su propio camino, que no puede salvar constantemente la vida de todos. "Una madre que ha matado por sus hijos durante toda la vida, ¿cómo va a ser abandonada?", se pregunta.

Recuerda la Navidad de 2019, cuando su madre gastó 50 euros que les habían regalado en comida y una manta para una mujer sin hogar que estaba totalmente sola. Khadija se lo reprochó. "Mamá, mira cómo estamos, no tenemos nada, ¿qué haces?". Su madre le contestó que "aunque estemos mal, al menos nos tenemos".

Por eso, en sus años en la universidad, ha intentado trabajar a destajo para ayudarla en la situación de vulnerabilidad que se encontraba. Le ayudó con la documentación, buscar oportunidades laborales y encontrar un hogar, aunque ahora otra vez se haya complicado su situación.

Tanto sufrimiento también ha pasado factura a la propia Khadija, que durante los últimos años ha sufrido depresión, ansiedad y mucho estrés en sus propias palabras. En segundo de carrera, de hecho, llegó a un punto en el que intentó quitarse la vida.

Los médicos la salvaron y, desde entonces, empezó a ir al psiquiatra. "Pedir ayuda fue uno de los pasos más difíciles, pero también uno de los más importantes", insiste siempre en sus redes sociales.

Entre tantas idas y venidas, ha logrado sacarse la carrera de Trabajo Social y el próximo 2 de octubre se graduará con una gran sonrisa.

De la pasarela a la ONU

En los últimos años, Khadija también ha conseguido crecer profesionalmente gracias a sus trabajos como modelo. Su carrera arrancó al salir del centro de protección, cuando una fotógrafa la contactó interesada en su perfil.

El acoso escolar la había convencido de que su piel y su pelo no encajaban en ese mundo. Tenía un motivo para intentarlo. Se dijo que "si yo no estoy con mis hermanos, quiero que mis hermanos estén conmigo. Que me vean en las revistas, que tengan a su hermana cerca de esta forma".

Consiguió sus grandes campañas sin que ninguna agencia la representara. Invirtió parte de lo que ganaba en viajar a las semanas de la moda de París y Alemania para hacer contactos.

Cree que nunca ha tenido a nadie que "haya apostado por mí" y añade que "solo Dios y yo hemos apostado por mí". Por eso cada año vuelve con pañales, leche y alimentos a la parroquia que les daba comida, para echar un cable igual que se lo echaron a ella en los momentos más complicados de su vida.

El año pasado, en un curso en Ginebra, un hombre la llevó a visitar la sede de la ONU y le dijo que "personas como tú, Khadija, pertenecen aquí". Ella lo tuvo claro. "Yo he vivido todas las vulnerabilidades menos una guerra, quiero hacer lo que sea para que no viva nadie más algo así".

Así llegó al máster, con especialidad en Protección Internacional de los Derechos Humanos. Su primer objetivo es ayudar a su madre. Durante las prácticas de la carrera ha trabajado junto a Protección de Menores, personas sin hogar y víctimas de trata y ha aprendido mucho de ello.

Brillo ante la deshumanización

Con sus redes quiere "aportar un poco de brillo" en tiempos "de tanta oscuridad y tanta deshumanización". Como migrante, pide a quienes sueñan con Europa que no la idealicen. Reclama que "en África debe terminarse la creencia de que Europa es una utopía" y sostiene que "historias como la mía demuestran que no todo es tan fácil. Me he dado con muchas puertas".

Defiende, eso sí, que migrar es un derecho, igual que muchos españoles lo hicieron en su día. Como trabajadora social, reclama también leyes de vivienda más estrictas frente a quienes construyen para el turismo masivo o la especulación extranjera.

De todo lo vivido ha hecho una herramienta. En TikTok cuenta, sobre todo, la parte más personal de su historia "por si a alguien le sirve escucharla". Asegura que, cuando quienes la siguen descubren lo lejos que ha llegado pese a todo, "están súper orgullosos".

Ahora trata de hacer crecer, poco a poco, Maga Creatives, su propia agencia. Siempre que tiene hueco impulsa proyectos que reivindican sus raíces africanas, como modelo y como directora creativa.

Quiere seguir inspirando a los jóvenes con las dos caras de su vida, convencida de que "pueden coexistir perfectamente". Después de todo lo perdido, conserva lo mismo que su madre, "la fe". "Sé que la vida nos tiene muchas cosas buenas preparadas", concluye.