Mariló Fernández, en plena sesión de tatuaje en Tattoo Stone Málaga.

Mariló Fernández, en plena sesión de tatuaje en Tattoo Stone Málaga. Samuel Baeza

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Mariló Fernández, la pionera del tatuaje que cobra menos que hace 15 años: "El precio se estanca y el coste se triplica"

Desde Tattoo Stone Málaga denuncian el intrusismo en el sector, la competencia desleal y la falta de una normativa unificada en España.

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Las claves

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Mariló Fernández es la primera mujer tatuadora andaluza y pionera en tatuaje artístico sobre cicatrices en España.

El sector del tatuaje enfrenta estancamiento de precios y triplicación de costes, además de la competencia desleal de tatuadores no regulados.

La normativa diferencia entre tatuaje y micropigmentación, pero la confusión e intrusismo afectan a la profesión.

En Tattoo Stone Málaga se prioriza la ética profesional y la personalización, rechazando diseños ofensivos y apostando por el arte en cada trabajo.

Paseando por la avenida de Carlos Haya, junto al Parque del Norte, es difícil no atravesar con la mirada las enormes cristaleras de Tattoo Stone Málaga.

Parece una galería de arte contemporáneo con el maniquí en la entrada, los cuadros y los nagas bajo un aura minimalista; pero en realidad se trata de un estudio de tatuajes nacido en 1994 y con un éxito apabullante: es el más antiguo abierto en la provincia de Málaga y el segundo en la Costa del Sol.

Mariló Fernández se incorporó en 1998. Puede sentirse orgullosa de ser la primera mujer tatuadora andaluza y la segunda española.

También de haber superado una operación al identificarse que portaba un gen oncológico y tenía altas probabilidades de padecer cáncer de mama en el futuro. Eso la impulsó a ayudar a otras mujeres que han superado la enfermedad para reconocerse a sí mismas mediante la tinta en su piel.

Fernández aprendió a tatuar mediante el método antiguo, un conocimiento transmitido de maestro a alumno.

Hoy, el tatuaje se ha formalizado como una cualificación profesional de nivel superior que equivale a una FP en la que se enseña a los futuros profesionales cómo desarrollar las habilidades artísticas necesarias, pero también a empaparse de antropología, historia del arte, anatomía, seguridad e higiene.

Aunque la normativa actual regula por igual al tatuaje y a la micropigmentación en cuanto a instalaciones y homologación de materiales, ambos campos son muy distintos pese a que engloban la imagen personal.

Existe un título específico para tatuadores y piercers, mientras que la micropigmentación se relaciona más con la estética.

"Esto genera una confusión peligrosa porque hay profesionales que saltan de una disciplina a otra sin tener la competencia legal y técnica. Ser micropigmentador no te habilita para tatuar, y viceversa. La estética se centra en lo plano, como cejas o pezones sin volumen, pero el tatuaje es estético y artístico”, explica Fernández.

Y añade: "El precio mínimo de un tatuaje ronda los 50 o 60 euros; estamos cobrando menos que hace 15 años, lo cual es una contradicción porque nuestros precios se han estancado y el coste del material se ha triplicado".

La realidad es que el sector del tatuaje suda tinta para pagar facturas. Estudios de toda la vida se ven abocados a la quiebra al verse impedidos para competir con el intrusismo de quienes ofrecen sus servicios de forma ilegal, es decir, cobrando precios de “práctica” sin cumplir con ninguna normativa.

De hecho, esa es la moda: los conocidos como parties son tendencia; pero no son más que aficionados que se autodenominan “tatuadores” y, en un contexto de fiesta, realizan tatuajes pequeños y rápidos en casas o espacios no preparados.

"Si hay un evento como una convención de tatuajes o una boda, hay que pedir un permiso de sanidad; habría que ir a Sanidad del Ayuntamiento y si conceden el permiso, ya se puede tatuar en el sitio. Hay que presentar un plan técnico donde se detallen las condiciones del espacio, por eso muchos no lo piden directamente. Dudo que en chiringuitos y bodas tengan esos permisos", aclara Miguel Gálvez, dueño del estudio y presidente de la Unión Nacional de Tatuadores y Anilladores Profesionales de España (UNTAP).

A la desregulación se suma la inestabilidad laboral. "Existe la figura del tatuador viajero, profesionales que prestan sus servicios en diferentes estudios durante periodos cortos", explica Fernández.

Por suerte, Andalucía ha sido pionera en regular el sector de forma estricta y es una ventaja para los titulados aquí, que les habilita para trabajar en España o Europa. El blindaje también aplica al extranjero: si quiere tatuar en Andalucía, tiene que adaptarse a la normativa andaluza.

El trabajo comienza con una consulta inicial a modo de toma de contacto para intercambiar ideas. Algunos clientes traen referencias de internet o incluso generadas por IA, aunque Fernández prefiere no copiar trabajos de otros autores.

Una vez definida la idea, el tatuador prepara el diseño y lo envía al cliente dos o tres días antes de la cita para asegurar su conformidad. "Ya tenemos hasta una máquina a la que le metes la fotocopia y te sale el calco. Yo prefiero trabajar a mano; pero hay muchos que van en automático y los diseños los hace la IA, lo cual conlleva riesgos porque te puede salir una mano con seis dedos", ironiza.

Si bien hay una creencia común de que hacerse un tatuaje duele, depende de la zona del cuerpo y de la duración de la sesión.

A partir de las dos horas, el cuerpo empieza a resentirse más y en zonas conflictivas, como la barriga, la piel se estira el doble. Eso dificulta el trabajo y aumenta la sensibilidad.

La mitad de la cara del Joker.

La mitad de la cara del Joker. Mariló Fernández.

"Existen cremas inhibidoras del dolor en farmacias, pero no las recomiendo porque cuando el efecto desaparece, el dolor llega de golpe y la piel puede escupir parte de la tinta", expone.

No hay estilo que se les atraviese. Los trabajan todos: desde el tradicional asiático hasta el realismo. "Lo importante es dar un buen servicio. Si un cliente me pide algo que yo no manejo, hay que ser honestos: si lo hace otro mejor que yo, se lo paso a él", confiesa, y apostilla: "Me gusta distinguir entre dos mundos: el tatuaje comercial, que se vende por moda, y el artístico, que es donde me luzco como profesional. Es un trabajo más especializado".

"Los nombres de parejas siguen siendo un clásico; pero cuando vienen a vernos por ese tema después de un tiempo, hay que taparlos. Acabamos haciendo de todo: desde los detalles más pequeños, como puntos, hasta trabajos de gran envergadura, como ahora una Virgen del Carmen”.

Desde el sector del tatuaje se blindan ante las críticas de voces científicas que ponen en entredicho su inocuidad. “Existe una cacería de brujas con el tatuaje. Pero es curioso: no con la micropigmentación, que es peor. Todo el mundo dice que es malo, pero no hay estudios concluyentes. Uno de ellos empezó con 2.000 personas y acabó con 7, por lo que ni siquiera terminaron. También hay que tener en cuenta que el cáncer es multifactorial; hay quien asegura que la tinta es cancerígena, pero para eso está la Unión Europea, que es la más restrictiva con la normativa.

La ética también está presente en el día a día de un tatuador. Un día, acudió al estudio un joven de 15 o 16 años pidiendo que quería tatuarse a alguien pateando una cabeza. “Te quedas a cuadros y yo me niego, pero eso va en la ética de cada uno. Hay quien no tiene límites y le da igual, pero yo sí los tengo”. Los símbolos de odio, como esvásticas o elementos satánicos, también son una línea roja para Fernández.

Yone, un personaje del videojuego League of Legends.

Yone, un personaje del videojuego League of Legends. Mariló Fernández

Hay un perfil de cliente interesado en tatuajes en zonas íntimas. “Hay mujeres que deciden tatuarse en la zona púbica, eso también es un poco desagradable para el tatuador. Intento respetarlo porque lo veo como piel. Si tengo que tatuar a alguien en una zona conflictiva, a la hora de ponerle papel para no manchar, en lugar de hacerlo yo, pido que lo haga el cliente."

Pioneros en tatuajes sobre cicatrices

Mariló Fernández es pionera en España en la aplicación del tatuaje artístico sobre cicatrices para disimular marcas de accidentes, quemaduras, acné o procesos de cáncer mediante dibujos que engañan a la vista.

El cliente que viene con una cicatriz lo que busca es taparlo con un dibujo o con color carne. En esto último no somos partidarios porque es arriesgado. Con micropigmentación puede tener un pase, pero con el tatuaje, al tomar el sol, la piel está sujeta a cambios y la tinta se queda siempre del mismo color. Si quieres disimular una estría, por ejemplo, y le metes un color, cuando te dé el sol y la piel cambie a oscuro, te quedas con la piel oscura y el color carne del tatuaje, que resalta más que la estría”.

Critica que las nuevas generaciones no piensan a largo plazo. Y el tatuaje es así. “Veo muchos microrealismos, pero para hacer eso tienes que utilizar agujas superfinas y necesitas buena técnica”, afirma.

Las cicatrices también tienen limitaciones y algunas son indomables. “Si yo tiro una línea en una cicatriz, aparte de que esa piel a lo mejor no está totalmente plana, la tinta se puede abrir al pasar por la cicatriz. Por eso hay limitaciones con los diseños: un lineal no cubre bien y tienes que plantearlo con cuidado para que no se note la cicatriz o no quede mal”.

Desde este estudio se demuestra cada día que la tinta es el lenguaje de muchas mujeres para reescribir su historia tras el sufrimiento. Cada tatuaje es un ciclo que se cierra y una nueva vida que nace para reivindicar una batalla ganada.