Los centros educativos se encuentran hoy sometidos a una presión creciente y, como consecuencia de ello, los responsables tienen que desenvolverse en una realidad mucho más compleja que la de hace apenas dos o tres décadas.

Si tuviera que sintetizar los principales retos a los que nos enfrentamos, señalaría tres. El progresivo debilitamiento del vínculo entre las familias y la escuela. La creciente complejidad de la convivencia y de la inclusión educativa. Y, finalmente, la aceleración tecnológica, especialmente después de la irrupción de la Inteligencia Artificial en nuestras aulas.

Los tres desafíos están estrechamente relacionados y merecerían una reflexión individualizada. Sin embargo, en este artículo me centraré en el primero, porque entiendo que constituye la clave de bóveda del sistema educativo.

Hace algún tiempo escribí sobre un fenómeno al que denominé filiarcado, queriendo describir así el cambio que estaba observando en las relaciones de poder dentro de muchas familias.

Antaño eran los padres/madres quienes, con mayor o menor fortuna, establecían las reglas y los límites en el seno de las familias. Pero hoy nos encontramos con demasiada frecuencia con una situación diferente, en la que el hijo pasa a ocupar el centro absoluto de la vida familiar y los adultos terminan organizando buena parte de sus decisiones alrededor de sus deseos, contratiempos y estados de ánimo.

Soy de los que opinan que los tiempos han cambiado y los centros educativos y las familias necesariamente deben evolucionar con ellos. Los menores y, principalmente los adolescentes de hoy, disponen de una cantidad de información inimaginable en comparación con hace apenas veinte años, interactuando permanentemente a través de dispositivos digitales y eso hace que desarrollen determinadas capacidades de una manera muy diferente a generaciones anteriores. Esto, nos guste o no, es así y debemos aceptarlo y gestionarlo.

Los colegios han tenido que adaptar la forma de educar y el que no lo haya hecho de manera decidida pone en un brete a los profesores, alumnos y familias, pues una escuela que está ajena a los cambios que se han producido en la sociedad con seguridad no estará ofreciendo el magisterio que necesitan esos nuevos discentes y que esperan las familias de hoy.

Volviendo al fenómeno del filiarcado que encuentra un terreno especialmente propicio en algunas realidades familiares contemporáneas. Pensemos, por ejemplo, en hogares con un único hijo o en determinadas familias monoparentales en las que, por circunstancias muy diferentes, toda la atención emocional y organizativa puede terminar gravitando alrededor del menor. No pretendo establecer una relación de causalidad entre estructura familiar y sobreprotección, porque sería injusta, pero sí señalar una realidad que quienes trabajamos en educación podemos observar.

Cuando toda la familia gira alrededor de un único menor existe el riesgo de magnificar cualquier contratiempo que éste padezca.

Que no le hayan invitado a un cumpleaños, que el entrenador no lo convoque para un partido, que no haya caído en la misma clase de sus compañeros de siempre o que un profesor le haya puesto deberes o trabajos para hacer en casa ¡qué barbaridad!

Y ahí comienza el problema.

Los hijos deben sentirse queridos, atendidos y protegidos. Faltaría más. Pero proteger no equivale a eliminar cualquier obstáculo de su camino. Y escuchar tampoco significa darle siempre la razón.

Pero también se da el fenómeno contrario. Nos referimos a menores que sufren falta de atención, acompañamiento y seguimiento familiar. Padres que prácticamente han delegado toda la función educativa de su hijo en el colegio y cuya presencia resulta difícil conseguir incluso cuando el tutor solicita expresamente una reunión.

Cuando nuestro hijo llega a casa explicando un problema ocurrido en el colegio, se abre una extraordinaria oportunidad para los padres que debemos escuchar con atención, analizar juntos lo ocurrido y ayudarle a preguntarse qué responsabilidad ha tenido él o ella en esa situación supuestamente conflictiva.

El error de los padres y madres a veces consiste en adoptar en primera instancia el papel de abogado defensor frente al colegio o el profesor. De hecho, he tenido alguna mala experiencia con algún abogado/padre/madre que no se quita la toga y exige mediante amenazas legales al colegio o a su profesor. Lamentable ¿no creen?

Si ante cualquier dificultad nos enfrentamos al profesor y al centro educativo, cuestionamos su criterio delante de nuestro hijo/a o exigimos que el centro adapte constantemente sus decisiones a sus preferencias, terminamos horadando algo esencial que no es otra que la confianza familia/centro escolar/profesor. Y cuando esa confianza desaparece, el alumno/a lo percibe inmediatamente.

Resulta paradójico que pretendamos reforzar la autoridad de padres/madres y profesores mientras contribuimos a desacreditarla.

La sobreprotección impide que el menor aprenda a resolver autónomamente sus dificultades. La desatención lo deja solo frente a ellas. Entre ambos extremos debería situarse una situación de equilibrio.

Si durante la infancia y adolescencia hemos eliminado sistemáticamente cualquier dificultad de su camino, ¿cómo pretendemos que sean capaces de afrontarla cuando nosotros ya no podamos hacerlo?

Ciertamente, la escuela no puede ser un parque temático y el profesor tampoco puede convertirse en un animador cuya única obligación sea evitar que sus alumnos se aburran. Aprender requiere curiosidad y motivación, pero también esfuerzo, perseverancia y capacidad para afrontar aquello que inicialmente no nos resulta atractivo. Llegados a este punto, se vuelve a invocar la presencia de la familia como apoyatura del centro escolar a la hora de pedir al alumno que se esfuerce y cumpla con sus obligaciones escolares.

Valores como responsabilidad, autonomía, respeto, esfuerzo o tolerancia a la frustración no pueden inculcarse exclusivamente durante las horas que un alumno permanece en el centro educativo. Necesitamos coherencia entre lo que la familia transmite y lo que la escuela exige. Por ello considero prioritario reconstruir la alianza escuela/familia.

Precisamente por ello debemos hablar, contrastar versiones y resolver las diferencias entre adultos sin involucrar al menor en las controversias que pueda haber entre las familias, centro educativo y profesores.

Quizás antes de buscar mejoras en la Ley Orgánica educativa o nuevos modelos pedagógicos deberíamos asegurarnos de que las familias y la escuela remen en la misma dirección.

Los padres debemos ejercer de padres. Los profesores, de profesores. Y nuestros hijos y alumnos deben aprender progresivamente a asumir la responsabilidad que les corresponde.

Porque educar consiste en preparar a una persona para caminar algún día sin nosotros. Y difícilmente aprenderá a hacerlo si durante toda su infancia y adolescencia nos hemos empeñado en retirar cada piedra de su camino.