Todos los sábados por la tarde íbamos a casa de mi abuela Pepa. Allí jugábamos, merendábamos pan con chocolate y nos sentábamos a ver a los payasos de la tele. Era un ritual tan cotidiano que jamás pensamos que algún día lo echaríamos de menos. Al caer la tarde llegaban mis padres y terminábamos juntos cenando en la misma cafetería. Hoy diríamos que aquello era un gran momento familiar, aunque entonces solo era algo habitual.

Con el tiempo llegó su enfermedad y aquellas tardes dejaron de repetirse. La vida no suele avisar cuando cambia nuestras costumbres; simplemente, un día descubrimos que ya no ocurren.

Por esa época, mi padre me despertaba también los sábados para acompañarle a trabajar a Los Llanos de Aridane. El trayecto en coche, el sueño aún pegado a los ojos, las conversaciones y la parada obligada para desayunar un bocadillo de carne, siempre en el mismo sitio, formaban parte de una rutina que ya era especial. Hoy solo desearía haber podido hacer ese viaje unas cuantas veces más.

Ir al Cantillo, la casa de unos tíos en un entorno rural, era la mejor excusa para reunirnos con los primos. Allí no estábamos quietos un momento: hacíamos travesuras, acabábamos con alguna que otra herida y volvíamos a casa cubiertos de tierra. Éramos tantos chiquillos corriendo por el campo que hoy cuesta imaginar una estampa parecida.

Después estuvo Johny, un pastor alemán. Sin los años compartidos a su lado, seguro que hoy sería una persona distinta. Las horas de estudio, con él echado a mis pies, los paseos por los riscos de La Caldereta, los días de playa y aquellos silencios compartidos fueron una forma de aprender a pensar sin saber que lo estaba haciendo.

Todas esas vivencias, y muchas otras, nacieron de algo tan sencillo como una rutina. De ratos que, mientras suceden, parecen intrascendentes y con el tiempo terminan construyendo nuestra identidad, la manera de relacionarnos y la forma en que miramos el mundo. Como escribió Jean Paul Richter: "El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados".

Quizá por eso esperamos que los instantes importantes lleguen de forma excepcional y tan pocas veces los reconocemos cuando se presentan disfrazados de normalidad. Están ahí: en escuchar una y otra vez a Mocedades durante un viaje en coche lleno de niños, compartir los carnavales de Tenerife con tu primo, pasar muchos mediodías sentado en la escalera de piedra de la librería de doña Amandina, leyendo las últimas novedades de cómic, esperar cada año la noche de Eurovisión como buen jurado profesional, caminar por la montaña mientras intentas que tu hermano aprenda las tablas de multiplicar o simplemente disfrutar de una conversación con un buen amigo en una tarde de verano.

Por eso conviene vivir con algo menos de prisa y prestar más atención a esos pequeños momentos que hoy parecen cotidianos; porque puede que sean las historias que un día contaremos con una sonrisa, sin saber que, mientras las vivíamos, iban dando forma a quienes somos. Nunca llamamos recuerdo a un pasaje de nuestra existencia mientras está sucediendo. Solo adquiere ese nombre cuando deja huella.

Tal vez el tiempo nos enseñe que la felicidad casi nunca llega vestida de celebraciones especiales. Suele aparecer con la discreción de un sábado madrugador con mi padre, de una escalera de piedra entre libros, de un paseo con Johny o de una merienda de pan con chocolate en casa de mi abuela. Y solo cuando deja de repetirse entendemos que aquello que llamábamos rutina era, en realidad, nuestra vida.