Distintos diarios han informado este año de la presencia masiva de peregrinos italianos en el Camino de Santiago. Buena parte del fenómeno se atribuye a Buen Camino, la última película del cómico Checco Zalone, que ha despertado en miles de italianos el deseo de su protagonista: colgarse la mochila y echarse a andar.

Tras su estreno, en diciembre de 2025, las búsquedas del Camino en internet alcanzaron su máximo histórico. Ahora, la Oficina del Peregrino confirma que el número de italianos que obtienen la Compostela ha aumentado sustancialmente respecto del año pasado.

"Buen Camino" es el saludo universal del Camino. Es algo más que hola o adiós, incluso algo más de un deseo de buenaventura. Da igual qué nacionalidad tenga el que lo diga, porque siempre lo oirás en español, pero con muchos acentos distintos.

En palabras de un responsable de la confraternidad italiana de Compostela, "la película ha hecho entender que el Camino está al alcance de todos". No puedo estar más de acuerdo. Cuando has hecho el Camino —aunque sean los 116 kilómetros desde Sarriá—, seguro que ya has visto suficiente como para saber que es así.

No es la primera vez que una película despierta el deseo de hacer el Camino. Ya ocurrió con The Way, protagonizada por Martin Sheen. En mi caso no hubo una película de por medio: empecé en 2018, en Roncesvalles, como sustituto de otras actividades y bastante en plan turista. Desde entonces he acumulado más de 1.700 kilómetros.

Empecé acompañado de un amigo que sufrió un problema de salud en la primera etapa. Continuar solo me permitió descubrir lo bien que me sentaba caminar así. Desde entonces, únicamente he compartido algunas etapas con mi mujer.

También descubrí que no necesitaba que nadie me transportara la maleta ni reservar alojamiento cada noche. Algunas etapas pueden alargarse y otras deben acortarse para visitar un monasterio, una iglesia, un castillo, una ciudad o un paisaje.

Hoy llevo una mochila pequeña con lo justo y dos cosas imprescindibles: una sábana de viaje —aunque siempre he encontrado alojamientos aceptables, nunca sabes dónde dormirás— y un buen impermeable que cubra también la mochila. Unos días antes me envío por Correos una caja con ropa y zapatos limpios al lugar donde terminaré, que después reutilizo para devolver a casa la mochila y los bastones.

Al principio caminaba con auriculares, escuchando música o algún pódcast, pero acabé olvidándome de ellos. También llevaba el móvil siempre conectado; ahora suele ir en modo avión y lo utilizo casi únicamente como cámara. El Camino se ha convertido en mi retiro espiritual anual. Cuando te acostumbras a las señales —oficiales o simples flechas amarillas—, solo reparas en ellas cuando desaparecen. Así puedes andar horas pensando en tus cosas. Muchos lo llamarían meditación.

Aquel primer día desde Roncesvalles encontré personas que no esperaba. Creía que esas etapas eran cosa de jóvenes con cualidades casi atléticas. De hecho, había previsto recorrer más de 40 kilómetros aquel día, y así lo hice. Por eso me sorprendió encontrar a una estadounidense de mucha edad, acompañada por dos nietas muy jóvenes, que disfrutaba como una niña, aunque tuviera que detenerse constantemente.

Llegando a la Trinidad de Arre, cerca de Pamplona, vi una pareja que pasaba de los sesenta, y mientras ella andaba perfectamente, el pobre hombre andaba fatal.

Al día siguiente volví a verlos saliendo de Pamplona y, ya por la noche, en Puente la Reina, supe que eran franceses y que él había sufrido un grave ictus menos de seis meses antes. Había quedado parcialmente inmovilizado, pero durante la recuperación se había aferrado a la idea de hacer el Camino. Allí estaba, avanzando lentamente y un poco mejor cada día. Yo llevaba otro ritmo y no volví a verlos, pero quiero pensar que llegó.

Esos fueron mis dos primeros días de Camino. Después vendrían muchas experiencias parecidas: basta con estar dispuesto a observar y escuchar. Recuerdo a muchos caminantes de la América hispana que reservan cerca de dos meses para viajar, completar las treinta y tantas etapas del Camino Francés y regresar a casa. También a coreanos, japoneses, filipinos, australianos, neozelandeses, estadounidenses y europeos. Todos caminan hacia el mismo sitio, cada uno a su ritmo, cada uno con su cadencia, pero todos con el mismo destino.

También hay personas que no caminan —o ya lo hicieron— pero que están en el Camino. Recuerdo a un hombre hispano-italiano que había heredado un palacio en Viana y lo había convertido en hotel con encanto; un personaje salido de una película de Fellini.

A una pareja joven con dos niños que, en el verano de 2020, se habían mudado de Madrid a Rabanal del Camino y, mientras ella teletrabajaba desde la plaza del pueblo, gracias a un magnífico wifi municipal, él había recuperado una licencia de taxi rural, y preparaban la apertura de un hostal-albergue.

Cerca de O Pedrouzo, conocí el caso de una mujer que había sido víctima de malos tratos y había rehecho su vida con la gestión de un hostal donde daba trabajo a otras personas con dificultades. Y en Salas, a una pareja —ella española y él portugués— que se conocieron en el Camino, formaron una familia y abrieron juntos un precioso hostal con albergue.

Junto a tanta energía positiva de personas, están los lugares, muchos de ellos considerados especiales antes de la expansión del cristianismo: el puerto del Perdón, Nájera, San Juan de Ortega en los Montes de Oca, Castrojeriz, las Médulas y el Bierzo; el alto del Palo en Asturias, y Viana do Castelo en Portugal. Ya en Galicia, O Cebreiro, Fonsagrada, A Guarda —¡el camino de cetáreas!—, Redondela, Cabo do Mundo y Belesar en la Ribeira Sacra. Y en la provincia de A Coruña, Iria Flavia —qué lugar ese cementerio junto a la capilla, donde está enterrado el premio Nobel Camilo José Cela y sorprende encontrar tantas sepulturas de personas jóvenes—, y Compostela, el mítico campo de estrellas.

Ya dije en otro artículo que me gustan las catedrales. En el Camino Francés encontramos magníficos ejemplos de varios estilos, aunque me quedo con cuatro: Santo Domingo de la Calzada, Burgos, la Pulchra Leonina y, por supuesto, Santiago.

Tampoco faltan otros muchos monumentos que ver: la Colegiata de Roncesvalles, Santa María la Real en Nájera —que debería ser de visita obligatoria para todos los estudiantes de secundaria—; los monasterios de Carrión de los Condes; las esclusas del Canal de Castilla y la iglesia de San Martín de Tours en Frómista; el antiguo colegio de San Nicolás el Real en Villafranca del Bierzo, reconvertido en hostal; Ponferrada y su castillo templario; el puente medieval de Ribadiso, cerca de Arzúa; las murallas romanas de Lugo, o el colegio de los Escolapios de Monforte, el Escorial gallego, con dos magníficos cuadros del Greco.

A todo ello se suman los centros históricos de ciudades más o menos grandes: Pamplona y Viana; Logroño y su calle del Laurel; Burgos y el Museo de la Evolución Humana; León y su barrio húmedo; Astorga; Oviedo; Viana do Castelo o Pontevedra.

En un reciente viaje por Irlanda, una guía nos contó que, entre las catorce familias de Galway, en plena Edad Media, era costumbre —y también un reto— que los varones de cada familia y de sus dominios peregrinaran al menos una vez a Santiago. Navegaban más de 600 millas náuticas desde Galway hasta A Coruña o Ferrol, atravesando el Atlántico nororiental y el golfo de Vizcaya, antes de completar por tierra los 95 kilómetros restantes. Los enormes riesgos que asumían muestran hasta dónde llegaba ya entonces la fama del Camino.

Es evidente que una realidad que excede la mera tradición y lleva siglos viva, aunque haya tenido épocas de decadencia, debe de tener algo muy especial para haber perdurado tanto tiempo. En el alto de la Cruz de Ferro, donde se pasa de la Maragatería al Bierzo, se alza un poste de madera coronado por una cruz de hierro. A sus pies se ha formado una montaña de piedras llevadas hasta allí por generaciones de peregrinos, siguiendo una tradición de origen secular.

Si me obligaran a elegir entre lugares especiales del Camino, me quedaría con tres: los campos de cereal de Palencia, que la brisa de junio convierte en un mar verde; el Bierzo, coronado por O Cebreiro —si algún día me pierdo, ya saben dónde buscarme—; y Compostela, de la que creo que me gusta todo.

Hay dos misas del peregrino que recomiendo, a pesar de no ser creyente. Una es la que se celebra en la pequeña capilla de O Cebreiro, al atardecer, mientras el sol se aleja por el oeste hasta desaparecer, aparentemente, detrás del océano. Y la otra es la misa de la tarde en la catedral de Santiago, a la que suelen llegar los peregrinos que ya no tienen prisa por continuar.

Animo a quienes tengan la inquietud de hacer el Camino a intentarlo, a decir "buen camino" a quien adelantas o te cruzas y a sentir la emoción de llegar a la Plaza del Obradoiro.

No hace falta empezar con ochocientos kilómetros ni convertirlo en una hazaña. Hay tramos concurridos y otros en los que se camina durante horas casi sin encontrar a nadie. Cada cual lleva su ritmo, sus motivos y su destino. Yo empecé en plan turista y, más de 1.700 kilómetros después, sigo sin saber exactamente qué voy buscando en Compostela. O quizá sí. Depende. Será por eso que continúo volviendo.