Llega el verano y con él, la vida distendida sureña. Cuando cae el sol, las sillas comienzan a ocupar las puertas de las casas y las calles vuelven a convertirse en lugares de encuentro. Las verbenas y festejos comienzan su auge estival, sonando desde la Carrá a Paquito el Chocolatero. Comienza la vida en el pueblo.

Entre bailes y cantos trasnochados, llegan días de honrar a patrones y patronas, según el caso. Ya mismo la Virgen de la Paloma. En un Madrid, cada vez más folclórico, en estas fechas de calor sofocante, empiezan a asomar tímidamente propios y extraños, entre San Lorenzo y La Paloma. Donde el chotis, los mantones y claveles dejan paso a los conciertos y disfrutes por el castizo barrio de La Latina.

Pero volvamos al sur. Concretamente en un pueblo de la Sierra de las Nieves, Tolox. La forma de celebrar San Roque (su patrón) me dejó bastante disgustada el verano pasado. Cohetes a discreción, sin control.

Una que es de minas, bien lleva con orgullo serlo en la celebración de Santa Bárbara, 4 de diciembre. Acostumbrados estamos a tirar petardos ese día, a modo de recordatorio de tan grande evento. Truena, el estruendo forma parte del ritual.

Petardos, es decir, artefacto que se enciende y tira al suelo, con caída por gravedad y sin desplazamiento alguno. Tenemos una formación y conocimiento que nos permite comprender y conocer los riesgos asociados al almacenamiento, traslado, manipulación o exposición a temperaturas extremas.

Con todo ello y conocimiento de causa (no solo por la carrera de ingeniería de minas, también por el máster de Prevención de Riesgos Laborales y experiencia en terreno), el verano pasado llegué a Tolox dispuesta a descubrir aquella tradición de tirar cohetes, contado con tan dichoso gozo y orgullo por sus vecinos.

Pero fue poner un pie en la calle aquella mañana y estaba claro, el desastre estaba servido (bueno, en ese momento o en cualquier otro). De traca, nunca mejor dicho. Fiesta e imprudencia popular en estado puro.

El coctel molotov cocinándose en olla exprés. Como ingredientes, cohetes (movimiento en altura) y calor extremo. La receta, individuos fumando con cohetes acumulados bajo el brazo y otros con más cohetes, bien arrimados, en cada callejón. La imagen era, sencillamente, inquietante.

Un petardo está diseñado para permanecer donde se deposita y producir su efecto en un entorno relativamente controlado. Un cohete, en cambio, incorpora un desplazamiento en el aire imprevisible condicionado por múltiples factores que no podemos alterar ni evitar: el viento, un defecto de fabricación, una mala manipulación o simplemente un lanzamiento defectuoso.

Cuando hablamos de decenas o centenares de cohetes concentrados en una misma zona urbana, el riesgo deja de ser exclusivamente individual para convertirse en colectivo. Ya no se trata solo de quién lo enciende, sino de cualquier persona que se encuentre alrededor.

La ignorancia, cuando se combina con materiales potencialmente peligrosos, puede dar lugar a accidentes muy graves. En este caso de elementos que están en altura, el caos en el descontrol es mucho mayor. La reacción en cadena es mucho más peligrosa.

Cuando algo sucede, solemos reaccionar con sorpresa, como si hubiera sido imposible preverlo. En estos casos se ve venir. Y pasó el año pasado.

La ignorancia es para mucho. Y para multa o prohibición, también.

Lo que todavía me pregunto es cómo una celebración así sigue sin una regulación mucho más estricta. Porque las tradiciones merecen conservarse, sí, pero nunca a costa de convertir la imprudencia en costumbre. Si la sociedad ignora los peligros (o quiere ignorarlos), pongamos los medios y dejemos de mirar a otro lado.

Pero más allá de aquella imprudencia que sigo sin comprender, me niego a quedarme solo con eso. Porque si algo tiene Andalucía, y especialmente sus pueblos, es una forma de felicidad sencilla que resulta difícil de explicar a quien no la ha vivido.

La de volver cada verano al lugar de siempre. La de bajar un momento a la calle y acabar pasando cuatro horas hablando con propios y extraños. La de que sean las diez de la noche y todavía parezca de día. La de las plazas llenas, las puertas abiertas y la sensación de que el tiempo corre un poco más despacio. Esa es la tradición que merece conservarse, la de compartir, encontrarse y seguir haciendo del pueblo un hogar al que siempre apetece volver.

Y cada cual encuentra esos días a su manera. Algunos buscan el alivio de la costa, con largas jornadas de playa y paseos junto al mar cuando el sol empieza a caer. Otros prefieren la montaña, el aire más fresco de la sierra y el silencio que ofrecen los senderos alejados del bullicio.

Están quienes persiguen el atardecer en alguna plaza del pueblo y quienes buscan refugio en las piscinas naturales que salpican el interior de Andalucía, donde el agua fría y cristalina se convierte en el mejor remedio contra el calor del verano.

Para quienes buscan algo más que playa o montaña, Málaga capital también ofrece planes que merecen una visita pausada. Desde las colecciones del Museo del Automóvil y la Moda hasta rincones como el Cementerio Inglés. A ello se suma el Jardín Botánico-Histórico La Concepción, un auténtico oasis a las puertas de la ciudad que tuve la oportunidad de descubrir gracias a un evento de Magas de EL ESPAÑOL.

Entre senderos, especies exóticas y miradores escondidos, una comprende que Málaga también sabe detener el tiempo lejos del bullicio. Son esos planes tranquilos los que completan una provincia capaz de ofrecer en un mismo día mar, montaña, cultura, gastronomía y tradición.

Son semanas para bajar el ritmo, para vivir más despacio y para disfrutar de esos pequeños placeres que durante el resto del año parecen quedar en pausa.

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero." Antonio Machado