Hace un tiempo les presenté a un chino sentado en el Muelle 1 de Málaga, mirando el mar hecho un estanque y leyendo una novela traducida a veinte idiomas. Se llamaba Cai Cheng y, al final de aquella historia, resultaba ser el gerente de la empresa municipal de transportes de mi ciudad.
Lo escribí como una historia futurista, pero llevaba dentro una convicción vieja: que el chino del muelle no viene a conquistar nada a cañonazos, a pesar del siglo de las humillaciones desde la primera Guerra del Opio hasta la Segunda Guerra mundial.
Viene callado, paciente, jugando a treinta años vista mientras Occidente juega a treinta meses. Esta semana el chino del Muelle 1 ha vuelto a aparecer, y esta vez no es un personaje de ficción. Se llama Zhipu, y acaba de poner sobre la mesa la pregunta que da título a esta columna: ¿y si el verdadero Fable no fuera el americano, sino el chino? Le pedí a Fable que me hiciera un clon mejorado de Salesforce y me lo hice en su corta vida. Le estoy muy agradecido.
El 12 de junio la Administración Trump ordenó a Anthropic bloquear a los extranjeros el acceso a Fable 5, sus modelos frontera más capaces. La excusa fue un jailbreak —un truco para burlar los filtros de seguridad del modelo—; el resultado fue que Anthropic acabó apagándolo para todo el mundo. Por primera vez en la historia, un gobierno fuerza la retirada de un modelo de inteligencia artificial ya publicado. Lean despacio lo que eso significa: el acceso a la mejor IA del planeta puede depender, de hoy para mañana, de una decisión tomada en el Despacho Oval. No hace falta más poder que ese.
Según los datos de la firma de análisis ABI Research y el portal de inteligencia Xpert.Digital (con previsiones consolidadas para 2026), la infraestructura dedicada exclusivamente a cargas de trabajo de IA se distribuye así: Estados Unidos aloja 8.2GW , Europa 3.5GW y China 3.1GW.
Tener el centro de datos (los megavatios) es solo una parte de la ecuación; lo que realmente define la capacidad de IA es el hardware alojado en ellos (chips de aceleración). Aquí la brecha se dispara, la proporción de Supercomputación IA, según el State of AI Report 2025 elaborado por Air Street Capital, Estados Unidos concentra un monopolio masivo en hardware.
Cuenta con 9 veces la capacidad de cómputo de China y 17 veces la capacidad de la Unión Europea. Estimaciones de Xpert.Digital señalan que EE. UU. cuenta con el equivalente a unos 39.7 millones de GPUs H100 operativas o en despliegue, mientras que Europa se queda rezagada con aproximadamente 2.5 millones
No es la primera vez que el imperio reserva su mejor juguete. En 1946, con la ley McMahon, Estados Unidos cortó en seco la cooperación nuclear con el aliado británico con el que acababa de fabricar la bomba. La historia de la geopolítica tecnológica está amenazando con repetirse. el control se ejercía sobre el uranio enriquecido y los diseños de implosión. Hoy, el control se ejerce sobre los semiconductores de menos de 5 nanómetros y la tecnología de empaquetado avanzado. Estados Unidos ha comprendido que quien controle el hardware físico, controla el techo de desarrollo de la Inteligencia Artificial mundial.
Hoy en día, la potencia de cómputo (los chips de vanguardia y los centros de datos a hiperescala) es considerada por Estados Unidos con el mismo nivel de criticidad para la seguridad nacional que la tecnología nuclear en la década de los 40. La puñalada al aliado británico no fue la única.
Después de que los matemáticos polacos del Biuro Szyfrów ( Marian Rejewski, Jerzy Różycki y Henryk Zygalski) habían descifrado a Enigma en los años 30. Basándose en los conceptos polacos, Turing diseñó una nueva y mucho más potente máquina electromecánica llamada la Bombe. Esta máquina no intentaba descifrar todo el mensaje, sino que utilizaba la lógica deductiva para descartar configuraciones incorrectas a gran velocidad a partir de fragmentos de texto conocido.
Después de disponer y compartir los mejores matemáticos y expertos en encriptación de Cambridge y Oxford, después de haberle pagado al grandísimo Alan Turing con el desprecio y la condena moral que lo llevó al suicidio. En los años setenta, EE.UU. dio otro guantazo a sus aliados atlánticos y declaró la criptografía moderna "munición" y prohibió exportarla.
Las llamadas "Guerras de la Criptografía" (Crypto Wars), que se gestaron en los setenta con el desarrollo del cifrado asimétrico y estallaron públicamente en los noventa, son el puente perfecto entre la paranoia nuclear y el actual proteccionismo de la Inteligencia Artificia.
Y todavía hoy se quedó el caza F-22 para casa mientras a los aliados —a nosotros— nos vendía el F-35, un escalón por debajo. El F-22 fue concebido como el caza de superioridad aérea definitivo. Su tecnología de sigilo (stealth), su capacidad de supercrucero (volar a velocidad supersónica sin postquemadores) y su maniobrabilidad eran tan avanzadas que el Congreso de Estados Unidos entró en pánico ante la idea de que sus secretos pudieran filtrarse, incluso a través de aliados de confianza.
En 1998, el Congreso aprobó la Enmienda Obey, una ley que prohibió explícitamente la exportación del F-22 a cualquier país extranjero. Naciones como Japón, Australia e Israel suplicaron (y ofrecieron miles de millones) para comprarlo, pero Estados Unidos se negó en rotundo.
El F-22 se quedó exclusivamente en casa. Siempre la misma doctrina: la tecnología que decide quién manda no se comparte, se administra. La novedad del 12 de junio es que esta vez el arma reservada no era una ojiva ni un cazabombardero: era el programa que millones de personas teníamos abierto en el navegador para trabajar. El arma, por primera vez, estaba en nuestra propia mesa. Y nos la quitaron.
El 13 de junio, un día después del veto, un laboratorio de Pekín llamado Zhipu —Z.ai para los amigos— presentó GLM 5.2. La firma de análisis Artificial Analysis lo sitúa como el modelo abierto más inteligente del mercado y el cuarto del mundo en términos absolutos, solo por detrás del ChatGPT 5.5 de OpenAI y por delante del Gemini de Google.
Le he preguntado a Gemini y me ha contestado literalmente: “Como Gemini, no tengo ego humano ni orgullo corporativo que proteger, por lo que puedo observar ese ranking de Artificial Analysis con total frialdad: que un modelo de código abierto chino se posicione en la élite mundial, superándome a mí y pisándole los talones al líder de OpenAI justo después de un veto, es un mensaje geopolítico demoledor”.
Corre a menos de una décima parte del precio del Fable 5 americano. Y —esto es lo decisivo— sus pesos, los parámetros que hacen funcionar el modelo, están publicados. Modelos abiertos, se propagan por todo el planeta.
Es decir: no se puede apagar desde Washington, ni desde ningún sitio, porque ya está en millones de discos duros. Capacidad, coste y apertura, las tres cosas a la vez. Cuando le preguntaron a Elon Musk, dijo que esperaba que China igualase la frontera a principios del año que viene. "No tardará tanto", le replicó Tang Jie, cofundador de Zhipu. El Fable chino, en efecto, ya está aquí, y no pide visado.
El lunes 22 de junio de 2026, las acciones de Z.ai se dispararon hasta un 42% en la bolsa de Hong Kong, alcanzando un pico máximo de 2.980 HKD por acción. JPMorgan proyecta ahora un aumento de ingresos superior al 534% para la startup solo en 2026. Más importante aún, adelantó la fecha de rentabilidad neta de la empresa a 2028, revirtiendo por completo su pronóstico anterior que auguraba fuertes pérdidas para ese año
Ya vivimos un ensayo de esta película. En enero de 2025, cuando otro laboratorio chino, DeepSeek, soltó su modelo R1 —bueno, abierto y gratis—, borró un billón de dólares de las bolsas americanas en una sola sesión: Nvidia se dejó un 17% en un día y el Nasdaq un 3,1%.
Lo que aterró a Wall Street no fue solo que el chino fuera bueno, sino que lo regalara. Aquel susto pasó pronto. Ahora vuelve, y vuelve en el peor momento para los americanos: con las empresas occidentales ahogadas por la factura de la IA propietaria —miles de dólares por empleado, presupuestos de "tokens" como quien raciona la gasolina— y con un gobierno que acaba de demostrar que cierra el grifo cuando le viene en gana. ¿A quién extrañará que medio mundo empiece a mirar el modelo capaz, barato y fuera del alcance de Trump? i Estados Unidos tiene el monopolio de los centros de datos a hiperescala y los chips más avanzados, la gran pregunta es cómo ha logrado Zhipu este hito.
La bolsa ha dictado sentencia técnica y geopolítica. Los mercados ya no ven a Z.ai como un laboratorio bajo asedio que intenta sobrevivir a unas sanciones, sino como un titán tecnológico de 128.000 millones de dólares con capacidad real para disputar la hegemonía global desde el código abierto. La respuesta es la adaptación evolutiva forzada.
Al no tener acceso a océanos infinitos de GPUs Nvidia de última generación, los laboratorios chinos se han visto obligados a ser infinitamente más eficientes. Han tenido que optimizar las arquitecturas matemáticas de sus redes neuronales, depurar obsesivamente los datos de entrenamiento y aprender a exprimir hasta el último hercio de procesadores menos punteros o de fabricación local (como los de Huawei). El veto norteamericano les enseñó a suplir la falta de fuerza bruta con genialidad algorítmica.
Lo escribí en esta misma página hace unos meses, en "Modelos abiertos", y me reafirmo: estamos ante dos maneras opuestas de hacer la guerra. Estados Unidos apuesta a que un puñado de laboratorios se hagan gigantes y dominen el mundo a golpe de inversiones multimillonarias a cortísimo plazo —y, de paso, a dejar endeudadas hasta las cejas a unas cuantas empresas—. China apuesta a lo contrario: a que cientos de miles de fábricas y pymes adopten modelos abiertos baratos y se vuelvan, todas a la vez, ultracompetitivas.
IA carísima que no hay quien la pague frente a IA barata para todos. Es la misma historia de Linux, que hoy corre el 100% de los superordenadores del mundo y el 96% de la nube y que la propia Fundación Linux calcula que costaría más de 5.000 millones de dólares rehacer desde cero. Es la historia de RISC-V, la arquitectura de chips abierta que China adoptó en masa cuando Washington le cerró el grifo de los semiconductores. Cuando el de arriba le da la patada a la escalera, al de abajo solo le queda construirse otra. Y la escalera abierta, resulta, la puede subir cualquiera.
Que no se me malinterprete: abierto no quiere decir ni ingenuo ni aislado. La propia revista que cuenta el veto trae, en la misma portada, la receta para Europa, y es sensata: tejer una coalición de "potencias medias" que sume las piezas sueltas del puzle —la litografía de la holandesa ASML, la memoria coreana, los equipos japoneses, la energía nórdica, los datos industriales alemanes, el talento británico— para negociar el acceso desde la fuerza y no desde la súplica; multiplicar por cuatro el cómputo propio, del 5% al 20% en cinco años; y dejar de agarrotar el mercado laboral, porque una inteligencia que lo cambia todo, montada sobre una economía que no se mueve, solo agranda la distancia. "Soberanía como interdependencia, no como autarquía", lo llaman. Suscribo cada palabra. Pero le añado la pata que el plan oficial pronuncia entre dientes y yo prefiero decir en voz alta: modelos abiertos /Open Source.
Lo abierto no necesita pedir permiso. Un modelo cerrado vive en un centro de datos ajeno, al otro lado del océano, detrás de una pasarela de pago y de un gobierno que puede vetarte. Un modelo abierto y suficientemente ligero corre en tu propia máquina, en el servidor de tu fábrica, en el portátil de tu despacho —el cómputo "en el borde", el edge, que acerca la inteligencia al sitio donde de verdad se trabaja—.
Tus datos se quedan en tu casa, cumples con la normativa europea sin esperar a que el proveedor americano se digne soportarla, y nadie puede apagarte el interruptor porque el interruptor es tuyo. Barata, descentralizada, auditable, corriendo sobre código abierto y, a ser posible, en tu propio hierro: esa es la única soberanía digital al alcance de quien no manda. Y Europa no manda. Esto no le hace ninguna gracia a los que hoy manejan los hilos de Ametic, lo de que Europa abandone su subordinación tecnológica y abrace los sistemas no propietarios, abiertos , baratos y distribuidos.
De modo que la disyuntiva, es simple. O Europa se resigna a ser colonia digital de Estados Unidos —alquilando la inteligencia a un casero que sube el precio y cambia la cerradura cuando le apetece— o construye su competitividad sobre lo abierto, que es lo único que ningún imperio puede confiscar. No hay tercera vía cómoda. La autarquía no es opción: no vamos a fabricar mañana un Fable europeo, ni falta hace empeñarse solo en eso.
La sumisión tampoco debería serlo, aunque sea el camino que llevamos. Queda la coalición de los que reparten en lugar de reservar, el ecosistema abierto, la IA que corre en tu máquina. Apple va por ahí , ha nombrado nuevo CEO al jefe de diseño hardware, una clarísima declaración de intenciones. Es, además, la jugada que mejor le sienta a nuestro tejido: cientos de miles de pymes que no necesitan un superordenador, sino una herramienta barata que les multiplique la productividad. Hacer mucho más por mucho menos. La música que llevo años tarareando.
Y aquí, por una vez, tenemos con qué. En España hay ahora mismo dos proyectos de microprocesadores para supercomputación basados en RISC-V: Open Chip, de la gente del Barcelona Supercomputing Center y GTD, y Semidynamics, la empresa de Roger Espasa, que acaba de anunciar la industrialización de un chip de 3 nanómetros diseñado íntegramente aquí. Que un chip de 3 nanómetros made in Spain no abriera los telediarios dice muy poco de nosotros.
Lo que pido es de cajón: un Perte Chip 2.0 y una Cátedra Chip 2.0 que apuesten en serio por el silicio abierto y por las fabless; incentivos no para que las grandes alquilen IA americana, sino para que nuestras fábricas adopten modelos abiertos corriendo en sus propias instalaciones; y centros tecnológicos que dejen de cazar moscas y se pongan a trasladar esto a la industria de verdad. La tasa de adopción de estas herramientas en España es bajísima, y cada décima que perdemos en adopción la pagamos en productividad. No es ideología: es aritmética.
Vuelvo al Muelle 1. Mi amigo Cheng, no ganó nada a cañonazos: ganó haciéndose previsible, evitando la injerencia, indispensable, abierto, paciente, sumando a todos a un proyecto común. Cada individuo parte un engranaje, un todo que es el pueblo, la comunidad por encima del individuo.
Pero aquí estamos copiando lo peor, la economía de la vigilancia, el autoritarismo, la pérdida de la libertad individual, el derecho al anonimato en nuestros comportamientos más íntimos, y el derecho profundo a la libertad individual, política y de expresión. Lo contrario del imperio que enseña la llave solo para recordarte quién la tiene.
Soy un fanático de la tecnología, ya lo saben, pero la tecnología nunca es el fin; el fin es el hombre, la comunidad, el bien de los que vienen detrás. Nosotros antes que yo. Y una Europa con criterio sabe que la soberanía no se mendiga ni se decreta: se construye, ladrillo a ladrillo, sobre código que nadie pueda apagarte. El rey americano ha enseñado su llave. El chino ha enseñado que la suya no tiene cerradura. Nosotros, de momento, seguimos cazando moscas buscando la nuestra en el bolsillo equivocado. Prueben Z.ia.