Cuatro años de columna, cuatro años dando la razón al tiempo. The Economist lo recoge esta semana: la presidenta del Kuomintang se reunió con Xi Jinping en Pekín. Nadie debería sorprenderse.

Hay encuentros que no necesitan de comentario adicional. El pasado jueves 10 de abril, Cheng Li-wun, presidenta del Kuomintang —el mayor partido de la oposición en Taiwán y heredero de los mismos nacionalistas que en 1949 cruzaron el estrecho huyendo del Ejército Popular de Liberación—, estrechaba la mano de Xi Jinping en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín.

Así lo recogía The Economist en su edición de la semana: era la primera visita de un líder del KMT a China en una década. Llegó con una propuesta de "marco de paz" formal entre las dos orillas del estrecho. Se comprometió a trabajar hacia la "rejuvenación nacional", el concepto que Xi vincula explícitamente a la reunificación del continente con la isla.

Ofreció recibir al presidente chino en Taipei si el KMT gana las presidenciales de 2028. Y todo ello mientras su partido bloquea en el parlamento el aumento del gasto en defensa que Washington reclama urgentemente a Taipei, en vísperas de una posible cumbre Trump-Xi en la que Pekín espera que América dilate sus ventas de armas a la isla. La fruta madura cae sola. Sin disparar un tiro.

Conviene hacer inventario. Cuando inauguramos esta columna, en septiembre de 2022, dijimos que China ya había ganado esta competición. No era una provocación: era una lectura fría de los datos y de la historia.

Citábamos a Graham Allison y su Trampa de Tucídides —la tendencia histórica al conflicto cuando una potencia emergente amenaza la posición hegemónica— y señalábamos que, de los dieciséis casos estudiados por Allison en los últimos quinientos años, doce habían terminado en guerra. El decimoséptimo estaba en marcha. La diferencia era que en esta ocasión la potencia ascendente jugaba a otro juego: no el de la confrontación directa, sino el de la paciencia milenaria. El tiempo es el arma de China. Cuatro años después, los hechos confirman la tesis párrafo a párrafo.

En aquel primer artículo señalábamos que en Taiwán hay Han, que la inmensa mayoría de sus habitantes lleva en la sangre la misma herencia cultural que los del continente, y que Pekín esperaba que la isla cayera como fruta madura sin necesidad de disparar un tiro.

Recibimos correos de lectores que nos tachaban de ingenuos o de sinófilos. Hoy The Economist, que no es precisamente una publicación favorable a Pekín, describe con precisión quirúrgica lo que anticipábamos: la oposición taiwanesa más grande viaja a China, abraza el Consenso de 1992 —aquella fórmula por la que ambas orillas acordaron en ese año que hay "una sola China", dejando que cada lado la interprete a su manera—, y se va de Pekín prometiendo rejuvenación nacional.

Mientras, el gobierno de Lai Ching-te, del Partido Democrático Progresista, observa desde Taipei con la impotencia de quien sabe que el tablero le es adverso. Según una encuesta de marzo pasado recogida por The Economist, el 56% de los taiwaneses consideraba que los inconvenientes de esa reunión superaban a las ventajas. Es un número que importa, pero también importa su tendencia: si Trump diluye el paraguas de seguridad americano, ese porcentaje puede moverse.

La clave para entender este momento es histórica, y no puede explicarse sin Chiang Kai-shek. Cuando el Ejército Popular de Liberación de Mao Zedong venció en la guerra civil, el generalísimo cruzó el estrecho con entre uno y dos millones de civiles y militares continentales, la mayoría procedentes de las provincias del sur de China.

Se llevaron el oro del Banco Central, los fondos del Tesoro, las colecciones artísticas del Museo del Palacio Imperial y, sobre todo, una idea: que el gobierno legítimo de China seguía siendo el suyo, el Kuomintang, el Partido Nacionalista fundado por Sun Yat-sen, el padre de la república, venerado en igual medida en Pekín y en Taipei.

No es un detalle menor que Xi Jinping, en su reunión del pasado jueves con Cheng Li-wun, citara expresamente a Sun Yat-sen como referencia común de ambas partes. La historia tiene sus ironías: los herederos de quienes libraron la guerra civil más sangrienta del siglo XX se juntan en el mismo salón bajo el retrato del mismo padre fundador.

Esa herencia explica algo que los analistas occidentales siguen resistiéndose a ver: una parte sustancial de la sociedad taiwanesa, sobre todo entre los mayores y entre los descendientes de aquellos continentales del 49, se siente profundamente china. No taiwanesa en contraposición a china, sino china de pleno derecho, con la misma legitimidad histórica para reivindicar la herencia de la república de Sun Yat-sen que los comunistas del Partido.

El Consenso de 1992 no fue una capitulación: fue el reconocimiento formal de que esa identidad dual existe y que, bajo ciertas condiciones, puede ser el pegamento de una fórmula de convivencia.

Cuando Cheng Li-wun describe a los taiwaneses como parte de la nación china o deplora que Japón, que gobernó la isla entre 1895 y 1945, la separara del continente, no habla solo para Pekín: habla para esa base electoral del KMT que lleva setenta y siete años manteniendo viva esa memoria. Y que, como señala The Economist, puede ser determinante en las elecciones locales de noviembre de 2026 y en las presidenciales de 2028.

Pero hay más en juego que la nostalgia. Si en esta columna llevamos años escribiendo sobre Taiwán no es únicamente por la geopolítica del estrecho: es por los semiconductores. La isla es el corazón industrial del mundo digital. La Taiwan Semiconductor Manufacturing Company —TSMC— fabrica en torno al noventa por ciento de los chips más avanzados del planeta, los de tres nanómetros o menos, que hacen funcionar los teléfonos, los centros de datos, los sistemas de armas y los grandes modelos de inteligencia artificial.

Sin TSMC no hay iPhone, no hay servidor de Amazon, no hay dron de precisión y no hay ChatGPT. Lo escribimos en esta columna cuando analizamos la carrera global por los semiconductores y el anuncio del IMEC en Málaga; lo volvimos a escribir cuando estudiamos el PERTE Chip; y lo hemos repetido cada vez que Washington ha sancionado a Huawei o bloqueado exportaciones de tecnología a China.

Quien controle TSMC controla la economía del siglo XXI. Eso explica los miles de millones que Washington ha puesto sobre la mesa para que TSMC construya plantas en Arizona, y explica también por qué Pekín sabe perfectamente que no puede bombardear Taiwán: lo que se destruiría no sería solo la isla, sería la columna vertebral digital del sistema que la propia China necesita para sostener su economía.

La cuestión del Mar del Sur de China es la otra pieza de este puzzle que llevamos años poniendo sobre la mesa. China reivindica el noventa por ciento de esas aguas mediante su línea de nueve trazos, una demarcación que ni la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar ni el Tribunal Permanente de Arbitraje —que la anuló en 2016— reconocen.

Por esas aguas pasa una tercera parte del comercio marítimo mundial: petróleo del Golfo hacia Japón, Corea del Sur y China; manufacturas chinas hacia Europa; materias primas del Sudeste Asiático hacia las fábricas de todo el mundo.

Quien domine el Mar del Sur de China tiene en la mano el interruptor del comercio global. Los americanos lo saben, los japoneses lo saben, los australianos lo saben. De ahí AUKUS, la alianza de submarinos nucleares entre Australia, el Reino Unido y Estados Unidos firmada en 2021, y de la que escribimos en estas páginas que responde a una lógica comprensible pero que es percibida en toda Asia exactamente como lo que es: una coalición agresiva diseñada para rodear a China antes de que China pueda construir su propia proyección.

Tailandia, Vietnam, Indonesia, Filipinas, Malasia —todos ellos comercian con China en proporciones muy superiores a lo que comercian con Australia o con el Reino Unido— miran AUKUS con la misma incomodidad con que México miraría un tratado militar anglosajón diseñado explícitamente para contener a Estados Unidos. El Sudeste Asiático no quiere elegir bando. Y esa negativa es, en sí misma, una victoria estratégica de Pekín.

Todo esto converge en una fecha: 2049. Ese año se cumplirá el centenario del triunfo de la Revolución Comunista, del cruce del Yangtsé por el Ejército Popular, de la proclamación de la República Popular en la Plaza de Tiananmen.

Xi Jinping ha repetido desde su llegada al poder en 2012 que la "rejuvenación nacional" —el gran sueño chino— debe estar completada para ese año. La reunificación con Taiwán es parte explícita e irrenunciable de ese proyecto. No necesariamente por la fuerza: de hecho, la estrategia que estamos viendo desplegarse esta semana ante los ojos del mundo es precisamente la contraria.

Si en 2028 el KMT gana las presidenciales taiwanesas, si Pekín puede resucitar los intercambios comerciales, turísticos y de transporte que florecieron entre 2008 y 2016 durante los gobiernos nacionalistas, si la sociedad taiwanesa va perdiendo la voluntad de pagar el coste de una defensa que Washington ya no garantiza con la misma firmeza que antes, el camino hacia alguna fórmula de convivencia —no necesariamente idéntica a la de Hong Kong, pero con elementos similares— se vuelve mucho más transitable.

Y si esa fórmula no llega, si un nuevo gobierno del Partido Democrático Progresista vuelve a ganar en 2028 y consolida la idea de una identidad taiwanesa separada de la china, entonces el cálculo de Xi se complica: o acepta que 2049 llega sin reunificación, o recurre a opciones que hasta ahora ha evitado.

En esta columna no hemos defendido que el resultado chino sea el deseable. Hemos dicho que es el probable, y que España y Europa deberían tomar nota. No para alinearse con Pekín, sino para no malgastar capital político y económico en el bando equivocado de un cambio de ciclo que lleva tiempo en marcha.

La neutralidad activa —la que nos mantuvo fuera de las dos grandes guerras del siglo pasado, aunque no siempre fuera gloriosa— es un activo que no conviene dilapidar por solidaridades atlánticas que Washington aplica cuando le conviene y suspende cuando cambia de administración.

La diferencia entre el ajedrez y el Go no es solo el tablero: es la concepción del tiempo. En el ajedrez se juega para dar jaque mate en el mínimo de movimientos. En el Go se juega para rodear, para acorralar, para esperar. Pekín juega al Go desde hace décadas. 2049 queda lejos solo para quien mide el tiempo en legislaturas.