Mientras en las noticias escuchábamos los resultados electorales de Castilla y León, mi hija mayor me preguntó si yo era de derechas o de izquierdas. Qué pregunta.

Le intenté explicar que el concepto de derecha e izquierda es una idea muy antigua, que surgió con la Revolución francesa. Que yo no me apunto a ningún partido como quien se apunta a un equipo de fútbol, sino que en casa fomentamos el pensamiento crítico.

Creemos en las personas y en los proyectos, con independencia de la marca o el logo que lleven.

No sé si la convencí.

Lo que sí les confesé es que, tal y como está el mundo, lo que probablemente necesitamos es un poco más de poder en femenino. Da igual si ese poder viene de la izquierda o de la derecha.

Lo estamos viendo recientemente con el liderazgo de Giorgia Meloni en Italia. Pero no es un caso aislado. En los últimos años hemos visto cómo países dirigidos por mujeres han gestionado con notable solvencia momentos especialmente complejos. Ahí está Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, cuya gestión de la pandemia fue estudiada en medio mundo. O Sanna Marin en Finlandia, que representó una nueva generación política más pragmática que ideológica. O Mette Frederiksen en Dinamarca, que ha sabido mantener uno de los estados del bienestar más sólidos de Europa.

Las mujeres que llegan al poder suelen hacerlo con estilos de liderazgo diferentes: más colaborativos, menos obsesionados con el conflicto permanente y, en muchas ocasiones, más centrados en resolver problemas reales que en ganar discusiones en redes sociales.

En ese momento, mi hija pequeña —que siempre aparece en las conversaciones familiares cuando el debate empieza a ponerse interesante— se unió para contarnos que había visto un vídeo en el que preguntaban a la inteligencia artificial qué pasaría si dividiéramos el mundo en dos: mujeres a un lado y hombres a otro.

Según la IA, durante los primeros años ambos mundos funcionarían razonablemente bien. El mundo masculino tendría probablemente más infraestructuras rápidas, más construcción y más competitividad. El mundo femenino, decía el algoritmo, priorizaría antes los servicios sociales, la educación, la sanidad o los cuidados.

Pero también advertía de algo interesante: con el paso del tiempo ambos mundos empezarían a necesitarse inevitablemente. Porque unos echarían en falta la capacidad de cooperación y cohesión social que suelen generar las mujeres, y otros necesitarían la energía competitiva y el impulso de riesgo que muchas veces aportan los hombres.

La conclusión de la máquina era casi poética: el mundo funciona mejor cuando ambos lados están mezclados.

Las niñas se quedaron bastante satisfechas con la respuesta de la inteligencia artificial. Yo también.

Quizá la utopía no sea un mundo gobernado solo por mujeres ni solo por hombres. Quizá la verdadera utopía sea un mundo donde el talento tenga más peso que la ideología, donde el liderazgo no dependa del género y donde el poder se ejerza con un poco más de empatía y un poco menos de testosterona.

Un mundo donde las niñas que hoy preguntan si somos de derechas o de izquierdas crezcan pensando que la política no consiste en elegir bando, sino en mejorar la vida de los demás.

Y donde, si algún día llegan al poder, lo hagan con la naturalidad de quien no tiene que demostrar nada.

Tal vez no sea una utopía tan lejana.

Tal vez solo haga falta que dejemos un poco más de espacio al poder en femenino.