Hay una frecuencia exacta en la que el aire deja de ser aire para convertirse en memoria. Lo viví hace unos días en el Teatro Soho CaixaBank. Bajo el título "Notas de Cine", nos reunimos no solo para escuchar música, sino para asistir a un acto de resistencia emocional.
Porque, digámoslo ya: en un mundo obsesionado con algoritmos y realidades generadas con la finalidad de un like, lo que allí experimenté fue la victoria de lo analógico, de lo vibrante, de lo estrictamente humano.
El arte de no poner etiquetas
A menudo caemos en el error de encasillar las Artes Escénicas exclusivamente en el texto dramático, solo en una obra de teatro. Pero el Teatro Soho CaixaBank nos recordó que la escena es un organismo vivo donde la música y la danza respiran con la misma intensidad que la palabra.
La dirección artística de Antonio Banderas ha logrado algo que me parece fundamental: convertir un teatro en un faro donde las disciplinas se entrelazan. Me hizo reafirmarme en que las Artes Escénicas son un todo; no es solo "ver una obra", es transitar una experiencia sensorial completa.
La batuta y la voz: Un hilo invisible
Sobre el podio, Arturo Díez Boscovich. Verlo dirigir no es solo admirar a un músico excepcional o a un compositor brillante; es ser testigo de cómo un hombre traduce el silencio en pura emoción. Su batuta no solo marcaba el tempo, dictaba el pulso de nuestros propios latidos.
Y entonces, el aire se cortó de la mejor manera posible. La soprano Berna Perles apareció para elevar el repertorio a una dimensión casi mística. Es increíble la capacidad que tiene para llenar cada rincón del teatro.
Hay voces que son técnica, pero la de Berna es un torrente de verdad. Cuando su voz se funde con la orquesta, entiendes que hay algo que ninguna Inteligencia Artificial podrá suplir jamás: la imperfección perfecta del alma.
La magia de la vibración
La IA puede componer una melodía perfecta, pero no puede sentir escalofríos. La música en directo nos conecta porque se basa en vibraciones físicas. Los instrumentos mueven el aire, ese aire golpea nuestro cuerpo y, de repente, todos los que estábamos allí vibramos en la misma frecuencia. Es física pura, que se transforma en magia.
Ese repertorio de bandas sonoras —las partituras que han puesto música a los capítulos más importantes de nuestras vidas— consiguió lo que la tecnología solo intenta imitar: fidelizar a través de la piel. La gente no vuelve al teatro por el despliegue técnico, vuelve porque allí se siente viva.
El ingrediente secreto: El amor
Al final, lo que diferenciaba este concierto de cualquier otro, no era solo el talento desbordante que llenaba el escenario. Era algo más antiguo, más fuerte y mucho más escaso: el amor por lo que se hace. Se percibía en cada nota, en la mirada de los músicos y en la entrega de un equipo que cree ciegamente en el poder transformador del arte.
Salimos del Teatro Soho CaixaBank siendo un poco distintos a como entramos. Porque cuando la música conecta con el público de forma tan directa, sin filtros digitales, el encuentro se vuelve poderoso. Y ahí, justo en ese instante de conexión humana, es donde la IA, pierde la batalla.