En los últimos años las familias se preguntan ¿Qué tipo de educación necesitan sus hijos en un mundo de cambios acelerados? ¿Cómo equilibrar felicidad personal con exigencia académica y profesional?
Y la respuesta a esas preguntas no puede ser frases hechas o eslóganes, sino mejoras constantes en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en consonancia con el hecho de que la educación es una responsabilidad compartida, principalmente entre el centro escolar y las familias.
Una condición sine qua non sería que el centro educativo tenga docentes comprometidos y alineados, y se preocupen y ocupen de que sus alumnos no solo adquieran conocimientos, sino que también desarrollen competencias emocionales, sociales y cognitivas, de modo que los orienten con seguridad a alcanzar esa ansiada vida plena.
Y llegados a este punto, las familias a veces cometen el error de caer en la disyunción, al anteponer bienestar emocional a exigencia académica. Como si para proteger a sus hijos el centro escolar tuviera que bajar el listón curricular.
Pero el planteamiento correcto sería que un alumno feliz no es el que nunca se enfrenta a la dificultad, es el que aprende a superarla con confianza. Por eso, el aula tiene que ser un entorno donde el esfuerzo tenga sentido, y aprender suponga para el alumno una experiencia de crecimiento, y no una obligación sin sentido.
Partamos de una evidencia empírica que observo en mi rol de profesor ejerciente: el alumno de hoy no se parece al alumno de hace 5 años o 10 años y no digamos más años, en ese caso la diferencia sería aún mayor.
Ciertamente, cambió el entorno, cambiaron los estímulos, la motivación y también cambiaron las reglas sociales dentro y fuera del aula. Así, que, no podemos seguir basándonos únicamente en una educación “de transmisión de conocimiento” unidireccional, porque el alumno se desmotiva y no se logra el ansiado aprendizaje significativo.
En efecto, la escuela de hoy debe concebirse como comunidad de aprendizaje. Por eso, importa lo que ocurre en clase, claro que sí, pero también lo que ocurre fuera del aula, y es ahí cuando toma sentido incluir en la programación de etapa o de aula los viajes culturales o solidarios, eventos deportivos, seminarios adaptados a sus edades, presentación a premios y concursos, visitas a la granja, excursiones de fin de curso, extracurriculares deportivas y académicas, etc.
Todas estas actividades permiten al alumnado vivir experiencias compartidas. Pero cuidado, estas actividades deben estar recogidas en la programación de centro y adaptada a cada edad, y en ningún caso actividades deslavazadas y sin coherencia académica o emocional.
Yendo a la etapa de Primaria, es aquí cuando se construye lo que luego lo sostiene todo. Es decir, lectura comprensiva, escritura clara, cálculo, vocabulario, hábitos de trabajo, convivencia. Si Primaria falla, Secundaria se vive como una cuesta arriba permanente.
Por tanto, Primaria debe ser muy clara en lo básico, me refiero a la calidez en el trato, pero sin olvidar también expectativas ajustadas y acompañamiento constante. Porque cuidar no es evitar el reto, más bien poner el reto adecuado y sostenerlo.
Secundaria es la etapa en la que tenemos que consolidar en nuestros alumnos los hábitos, reforzar su yo, el orgullo de pertenencia, autonomía real. Aquí se tensan normas, aparece la presión del grupo y se prueba el límite. De hecho, la etapa de Secundaria necesita estructura y sentido.
O lo que es lo mismo, normas coherentes, consecuencias educativas, orden de aula. Además, de tareas que obliguen a pensar al alumno, que conecten con el mundo, enseñarles a organizarse y a perseverar. Hay que poner especial hincapié en potenciar las habilidades socioemocionales del alumno, con el tutor como pieza clave, llevando a cabo un seguimiento personalizado a cada alumno.
En la etapa de bachillerato nuestros alumnos tienen que aprender a manejar temas complejos, a argumentar, a escribir con precisión, a conectar ideas, a defender posiciones, justificar decisiones y desarrollar plenamente el pensamiento crítico.
Es la etapa donde el estudiante deja de ser “alumno que responde” y empieza a ser “persona que piensa”. Y esto requiere metodologías y evaluaciones que hagan visible el razonamiento. A estas razones atendería que la programación de aula recoja más defensa oral, más análisis, más trazabilidad del proceso, más feedback de calidad.
De hecho, en la etapa de Bachillerato el profesor ya no es solo transmisor de contenidos, también debe asumir el rol de facilitador del aprendizaje, guiando, provocando debates con preguntas y ayudar a que el discente tome conciencia de sus decisiones. Ese enfoque, bien llevado, no empobrece la exigencia, más bien la refuerza, porque desplaza la evaluación de “entregar” a “comprender y justificar”.
Grosso modo, si tuviera que resumir el propósito de estas etapas en una frase diría: Primaria para construir cimientos. Secundaria para consolidar hábitos, convivencia y autonomía. Bachillerato para desarrollar pensamiento crítico, exigencia y aprender a planificar.
Regreso a la idea de poner en valor la alianza familia–escuela, pues el éxito educativo depende de la coherencia entre los valores transmitidos en el hogar y los que se viven en el centro escolar y aula.
Cuando esos espacios trabajan coordinados, los alumnos crecen con seguridad, confianza y sentido de pertenencia. Y cuando no, el mensaje se rompe y el alumno se desorienta. Y, por encima de todo, el propósito de educar para la vida, y el mejor camino es formando y educando a niños y niñas para que sean personas capaces de construir vidas plenas, comprometidas, felices, y todo ello no está reñido con el hecho de que el alumno alcance la máxima cualificación.