¿Qué sería de un febrero sin Diego Galaz (Fetén Fetén) en el Price de Madrid? ¿Qué sería de este mes sin poder pedir una cita el “Treinta de febrero”? Hay fechas que no existen en el calendario, pero sí en la memoria. Fechas imposibles y el Treinta de febrero es la destacada del año. No porque lo diga la lógica, sino porque lo permite la música. Y, en concreto, porque lo permite Fetén Fetén, cuando convierte lo improbable en tradición y esta canción en un lugar al que siempre se vuelve.

Hablar de Diego Galaz y Jorge Arribas es hablar de raíz y de tierra. De una música que no pretende ser moderna porque nunca ha dejado de ser contemporánea. De cucharas que suenan como si fueran metrónomos del alma. De un violín y un acordeón que no solo interpretan notas, sino historias. De instrumentos que parecen “trastos” heredados de la casa de los bisabuelos, pero que suenan más vivos que nunca.

Y aquí está la maravillosa paradoja. En una época dominada por algoritmos, datos e inmediatez, su música no compite contra nada de esto. Su música se crea y arregla con calma, sin prisas, con cariño, constancia y perseverancia. Nos recuerda algo que a veces olvidamos quienes desarrollamos innovaciones, tecnologías y arquitecturas de datos. La evolución es humana.

Trabajar con datos implica convivir a diario con sistemas capaces de aprender, predecir, optimizar procesos y agilizar la toma de decisiones. La IA busca patrones y aprende (a veces invisibles para los humanos) para crear algoritmos. Esto tiene algo de composición musical: ritmos, repeticiones, variaciones y arreglos. Mi mentalidad está estructurada en base a la ingeniería (cálculo e intuición), por lo que cada vez que los escucho, siento que hay una inteligencia que estamos olvidando, la inteligencia de la tradición, de la creatividad. Sin manual de instrucciones.

La inteligencia humana no se entrena con datasets, sino con la herencia de generaciones pasadas y criterio. Me recuerda que innovar no siempre significa inventar desde cero, a veces significa reinterpretar con respeto. Y esa idea conecta directamente, para mí, con mi trabajo. Territorios donde solemos hablar de eficiencia, precisión y optimización, pero se nos olvida hablar de emoción y pasión.

Diego suele decir cuando saca sus cucharas, algo así como, “una IA no puede hacer esto”. Eso significa, moverlas de tal forma que suenan a música improvisada. Y no es una frase contra la tecnología, es una frase a favor del equilibrio. Porque no se trata de elegir entre lo digital y lo analógico, sino de comprender que uno sin el otro se vuelve incompleto. La IA puede procesar millones de datos por segundo, pero no puede sentir la vibración de una cuerda de violín bajo los dedos ni el peso exacto de unas cucharas chocando con ritmo preciso. Y desde luego, no sabrá una IA lo difícil que es intentar que suenen dos cucharas con la facilidad con la que lo hace él. He de decir que el resto, tenemos que asumir que no tenemos la sensibilidad para tocar esas cuerdas o hacer percusión como lo hace él.

Absolutamente nada, debería de sustituir a la música en directo. Música sin arreglos ni adornos como lo hacen ellos. Música de verdad, sin trampa ni cartón, con esa gran profesionalidad que les caracteriza. Sus instrumentos insólitos, un serrucho o una zanfona no son rarezas folclóricas, sino recordatorios de que la música nació mucho antes que la industria musical. Que la cultura no se construye únicamente en conservatorios, sino también en cocinas, plazas y pueblos. Lo mismo ocurre con la tecnología y los proyectos, los equipos crean ideas y procesos innovadores.

Leyendo, no hace mucho, dos libros muy curiosos que llegaron a mis manos de casualidad, me hicieron reflexionar sobre lo artístico, la música y las matemáticas. Los números primos, las proporciones, las escalas, las frecuencias. The Music of the Primes de Marcus du Sautoy nos adentra en las matemáticas profundas, explorando el misterio de los números primos y cómo, a lo largo de la historia, se ha intentado descifrar su patrón oculto. Aunque parezcan abstractos, tienen ritmo, armonía y estructura, casi como una partitura invisible del universo. El segundo, Music by the Numbers de Eli Maor nos lleva a la relación entre música y matemáticas. Es un recorrido histórico, desde Pitágoras hasta la composición moderna de Schoenberg Explica cómo escalas, acordes y armonías responden a proporciones numéricas, frecuencias y relaciones geométricas. Narra cómo la música tiene una arquitectura interna tan precisa como una fórmula, pero sin perder emoción. Es el puente claro entre arte y lógica.

La innovación no siempre consiste en inventar algo nuevo; a veces consiste en mirar atrás con otros ojos. Rescatar un instrumento olvidado es, en cierto modo, un acto para mejorar el futuro. Porque cuando algo se pierde del todo, es muy difícil entender su esencia original. La música nos lleva fuera de la urgencia constante, del scroll infinito. Nos recuerda que no todo debe ser medible, optimizable o monetizable.

En un mundo obsesionado con la eficiencia, escuchar música de raíz es un acto casi revolucionario. Progresar no es ir más rápido, también es saber detenerse a escuchar, a saborear un vino en buena compañía o sencillamente, desconectar. No es solo calcular mejor, es también sentir. No es únicamente automatizar, es humanizar.

Aunque diseñemos algoritmos capaces de componer sinfonías, todavía necesitamos manos que vibren, miradas que conecten y sonidos que no se puedan copiar y pegar.

Porque la música de raíz no es un ejercicio de nostalgia, es una brújula. Por eso la música, el arte y la tecnología no deberían verse como compartimentos estancos, sino como capas superpuestas de una misma experiencia.

Y quizá esa sea la lección más valiosa, la evolución no es una línea recta hacia lo digital, sino una espiral donde pasado y futuro se encuentran constantemente.

Al final, no necesitamos elegir entre inteligencia artificial e inteligencia humana, entre algoritmos o violines, entre código o cucharas. Necesitamos entender que el progreso auténtico ocurre cuando ambas inteligencias colaboran. La tecnología nos ayuda a pensar más rápido, la música nos ayuda a pensar mejor. Nos vemos el próximo “Treinta de febrero”.

Seré, quizás, tan informal de faltar a mi ausencia/ Dame una cita que se extienda por los años/ Un nuevo día al calendario/ Mi compromiso no tiene horario”. Treinta de febrero. Fetén Fetén (con Kevin Johansen).