Hoy, después de más de dos años haciéndolo en este Ágora, me voy a permitir la licencia de no hablar de derecho y tecnología. Y no lo voy a hacer porque hoy voy a hablar de algo mucho más importante, algo que la inteligencia artificial, ni siquiera con capacidades cuánticas, podrá llegar a entender.
Eran casi las 10 de la mañana del pasado domingo 11 de enero de 2026 y estando en la terraza de nuestra vivienda familiar, con el sol malagueño iluminando nuestras vidas, con el sabor de la Navidad todavía en el paladar, al terminar el desayuno estábamos comentando el día tan bonito que hacía bajo un cielo azul intenso y, de repente, mi mujer recibió una llamada.
Según descolgó el teléfono dio un salto y sólo dijo sobresaltada “¡¿Qué pasa?!” – pregunta y exclamación a la vez – haciendo que un rayo gélido recorriera la estancia y rompiera la atmósfera. Y en décimas de segundo la siguiente frase que dijo fue “¡Antonio, no puedes respirar!”. En ese momento sin pensar en nada más salté del sillón corriendo a por las llaves del coche y unos zapatos. No me importaba nada sino salir corriendo a buscar a mi padre para asistirle y llevarle a un hospital corriendo.
Cuando llegué a la puerta, mi mujer me detuvo y me dijo con el teléfono todavía en la mano y el rostro desencajado una frase que quedará grabada en el saco de la memoria que tiene la información vital de la que uno se acuerda: “tu madre ha muerto”. Mi padre acababa de darle la noticia con la voz entrecortada.
Una tristeza inmensa invadió mi cuerpo y mi mente en ese momento. Un agujero infinito, un vacío inmenso, un dolor inexplicable. La persona que te ha engendrado, la que te ha dado la vida, la que te ha concedido la gracia de tener un hermano como el mío, aquella sin la cual no existirías y a la que le debes una gran parte de tu forma de ser, te deja sin más y ya no volverás a verla más en esta vida.
No pude despedirme. No pude darle las gracias.
Se nos marcha una generación única. La generación de los difíciles 40, esa generación que nació sin nada, que pasó hambre y dificultades, cuyo único activo de su infancia eran la familia y los valores, esa generación aislada internacionalmente y que poco a poco a base de formación, esfuerzo, sacrificio, responsabilidad y compromiso levantó el país.
Esa generación que supo olvidar y perdonar lo ocurrido en la guerra, que supo ceder - tanto vencedores como vencidos – en un ejemplo de concordia extremo para dejar atrás la dictadura, cuya formación intensa les permitió fabricar una transición a la democracia que todavía hoy perdura, que se sacrificaron para que sus hijos tuvieran lo que ellos nunca habrían imaginado en su juventud.
Porque eso es España. Y por eso ser patriota es un orgullo.
Mi madre fue ante todo una persona con un gran corazón. Con sus aciertos y con sus errores. Sacrificó su vida por sus hijos especialmente cuando en la infancia hacía malabares para llegar a fin de mes. Leal y consecuente con sus ideales nos enseñó valores tradicionales como la familia, la educación, la caridad, la formación, la honestidad. Honrada con el don de la fe y enorgulleciendo al Papa Francisco ejercía su vida con un contagioso sentido del humor.
A pesar de momentos duros en su vida y de una enfermedad que en muchos momentos le quitó la sonrisa, a sus 80 años vivía una última juventud rodeada de su marido, sus hijos y sus nietas y su querido perro Puck a quien le dejaba hacer lo que nunca nos dejó hacer a nosotros.
Las madres no deberían morir nunca.
De hecho, en mi primer paseo matutino con mi perro Puck tras el fallecimiento de mi madre en la soledad del amanecer, en los que sigo encontrándome de vez en cuando con el alcalde que, aunque nadie lo crea, doy fe de que es el que pone las calles de madrugada en la ciudad, mientras le pedía a mi madre que no me dejara nunca y rogando al cielo, en ese mismo momento, una estrella llamó mi atención. Sólo había luz arriba en el cielo. La mía. Y no me abandonará nunca.
Cierro el duelo con el bonito recuerdo de mi madre. Con mi admiración por su entrega total y sacrificio por lo que ella creía que era importante en la vida. Por su magisterio vital. Porque nunca le interesó la tecnología. Sólo las personas. Los suyos. Y sobre todo cierro el duelo con una ilusión de futuro que antes no tenía: Cuando llegue el momento de la despedida – Javier Cercas, maravilloso tu libro por cierto -, tendré una ilusión enorme por reencontrarme con ella.
Mi madre, como todas las madres de la Tierra, era la mejor del mundo.