Me invitaron hace unos días a participar en Beers & Politics, es decir, cervezas y política, un formato inventado y registrado en 2008 por Juan Víctor Izquierdo y Xavier Peytibi para hablar sobre comunicación y política en torno a unas cervezas.
En nuestro caso, podría decir que la modalidad fue de beers after politics, ya que primero hablamos de la inteligencia artificial y las elecciones, de las llamadas deepfakes (que en España han sido traducidas como ultrafalsificaciones) y de la democratización manipulativa que permiten los nuevos y avanzados modelos de inteligencia artificial generativa.
Las cervezas llegaron más tarde, en la librería-cafetería Q Pro Quo, un espacio de atmósfera europea donde estudiantes y profesores universitarios pueden comprar libros, leer, charlar o incluso debatir en torno a un café, una suculenta merienda a base de tartas caseras o unas cervezas bien frías con patatas fritas y frutos secos.
En esta “librería de encuentro” trabajó durante muchos años una querida amiga, Mónica Díaz, a la que no vi cuando llegamos. Una de las chicas que nos atendió demostró unos reflejos felinos, que ella misma atribuyó al boxeo, al impedir que se cayeran sobre uno de los invitados varios botellines de Estrella Galicia recién llegados y bien fresquitos.
A la tertulia se unieron los más veteranos: los anfitriones, el profesor Francisco Collado y el catedrático Ángel Valencia; Gonzalo Sichar, doctor en antropología, que tuvo una relevante carrera política provincial en los años álgidos de Ciudadanos; Rafael Sánchez Sánchez, autor de un celebrado libro sobre la evolución del mitin político en España; y también mis buenos amigos Jaime y Fernando Rico, hermanos y residentes en Málaga, siempre atentos a la actualidad geopolítica internacional y fajados polemistas.
El acto en sí tuvo lugar en el Aula de Grados de la Facultad de Derecho, ahora llamada José María Martín Delgado en honor de quien fuera Rector de la Universidad de Málaga y Catedrático de Derecho Financiero y Tributario.
Aunque estábamos aún de luto por el trágico accidente ferroviario de Adamuz, no pude evitar recordar una de tantas anécdotas del joven impetuoso que fui, cuando escribí una carta al director que salió publicada en el Sur, hace más de 35 años, criticando que Martín Delgado, siendo Rector, decidiese comprar el entonces edificio de Correos en el Paseo del Parque para instalar allí una sede institucional de la Universidad, cerca del Ayuntamiento al que parecía dirigir sus miras políticas.
Años más tarde tuve la suerte de conocer a Martín Delgado y ser amigo suyo, disfrutar de su acerado sentido del humor y compartir conversaciones agudas y entretenidas. Creo que se habría reído de buena gana escuchando lo que conté.
Había perfiles variados en el auditorio. Poco alumnado, y algunos profesores y personas interesadas. A los más jóvenes les advertí con vehemencia sobre los daños epistémicos (epistemic harms) que puede causar el excesivo recurso a la inteligencia artificial, la delegación de la capacidad de pensar, de discernir, de redactar, de reflexionar, de atar cabos, de relacionar ideas o sintetizarlas. Algunos asintieron, otros no se mostraron tan cómplices.
Me sorprendió gratamente la presencia de Andrés Reche, que fue presidente de Ciudadanos Andalucía hasta hace un par de años, creo. En el turno de preguntas me hizo una interpelación apropiada y oportuna sobre los Estados Unidos.
En efecto, en las listas de sospechosos habituales de tratar de interferir en las elecciones occidentales mediante campañas de desinformación siempre se cita a Rusia, Irán, China y Corea del Norte, pero casi todas las empresas punteras que permiten el uso de la inteligencia artificial para crear imágenes y vídeos falsos son estadounidenses, las tres empresas que dominan el mercado mundial cloud (la nube) que alberga y custodia las bases de datos que utilizamos son asimismo estadounidenses (Amazon, Google, Microsoft) y en cualquier momento nuestro dudoso aliado puede convertirse en otra cosa.
La influencia de las redes sociales más usadas en diversos procesos electorales europeos es bien conocida, y la dependencia europea de las empresas de Estados Unidos es tan notoria que asusta.
Pero no hablamos de redes, sino de inteligencia artificial, bulos sintéticos, desinformación y campañas híbridas. De la misma manera que la guerra contemporánea ya no sólo se libra en los campos de batalla, sino que también hay un frente muy activo en el ciberespacio, las campañas electorales, donde se lucha por el poder político democrático, tienen su parte real y su parte digital.
Las aplicaciones de inteligencia artificial generativa permiten a cualquiera crear imágenes falsas de pasmosa realidad, vídeos falsos, anuncios falsos. Hicimos un experimento sobre la marcha con diez imágenes procedentes de la web de una asociación castigada por la administración Trump, el Center for Countering Digital Hate: mientras que los más jóvenes acertaron si eran reales o falsas en 7-8 casos de diez, los más veteranos no pasaron de 4 aciertos.
Un resultado alineado con una noticia que había publicado El País el día anterior a la sesión, alertando sobre la vulnerabilidad de los más mayores a la desinformación sintética, generada con inteligencia artificial.
La intervención generó mucha curiosidad y dudas, y una buena tertulia posterior en torno a la manipulación informativa. Gonzalo Sichar preguntó qué hacer cuando la desinformación proviene de las propias autoridades, de los propios gobiernos. Creo que el riesgo de hacerlo es muy fuerte, como se vio en España con los atentados del 11 de marzo de 2004 y su falsa atribución a ETA, pero cada vez hay más intereses en juego y menos ética, menos principios.
Pocas horas después de nuestro acto vi una campaña hecha en Polonia, donde chicas jóvenes y guapas, vestidas con la camiseta de la selección nacional de fútbol, lanzaban en canales de YouTube y TikTok mensajes retrógrados y ultranacionalistas, dirigidos a un público masculino y juvenil. Todas las chicas eran sintéticas, no eran personas reales, pero esas imágenes y esos mensajes calan en un público poco formado y poco crítico, desacostumbrado a mirar con un sano escepticismo aquello que ven en sus pantallas, sea lo que sea.
La sesión, organizada con eficacia y acierto por Francisco Collado, fue clausurada con brillante solvencia por el catedrático Ángel Valencia, que recordó que, aunque habíamos hablado de tecnología todo el tiempo, el fondo de la cuestión, lo más importante, tenía que ver con la democracia.
Así es. Vivimos un momento en el que partidos políticos, incluso gobiernos y países, siguen jugando al fútbol, practicando además el fair play, donde otros partidos y países juegan al rugby, o al fútbol americano, o al fútbol australiano. Principios contra violencia, reglas frente al matonismo y al todo vale. El escenario es complicado, pero quizás estos encuentros sirvan para llamar la atención sobre lo que nos espera si no reaccionamos. Porque es la democracia y son nuestros derechos humanos lo que está en peligro. Y aunque parezca divertido, no es un juego. No lo es en absoluto.