Leí en estos días, antes de que las redes y las pantallas se colapsaran con información sobre Venezuela, que el año nuevo no comienza hasta que terminan las palmas que acompañan a la Marcha Radetzky, la composición de Johann Strauss padre que cierra el concierto desde finales de los años 50, cuando así lo implantó el mítico director Willi Boskovsky.

Es un comentario pertinente. Aunque la audiencia global del evento se haya estimado en apenas 50 millones de personas, repartidas en unos 150 países -poco me parece-, su repercusión posterior en los informativos y conversaciones multiplica el impacto de esta apología del esplendor de Europa, de su cultura y sus valores.

Puede parecer snob, y lo es, disfrutar del Concierto de Año Nuevo, de los trabajados comentarios de Martín Llade en RTVE, del programa y las decisiones de su director anual. Este año el honor y la responsabilidad han recaído en el canadiense Yannick Nézet-Séguin, francófono, que dio al concierto un toque de espectáculo, de performance, de actuación festiva y viral.

No soy experto en música clásica, aunque me encantaría, pero no creo que haya sido el mejor concierto de los últimos años: el que dirigió Barenboim en 2022, por ejemplo, lo considero prodigioso e histórico. Pero hay que reconocer al decidido director canadiense su capacidad para proponer un ejercicio luminoso y desinhibido tras un año más que gris, marcado por la violencia y la impotencia más amarga.

Que Nézet-Séguin domina las claves del espectáculo, de las poses, de la generación de imágenes y momentos que todo el mundo va a compartir en sus redes sociales es obvio. Y eso nos permitió disfrutar desde casa. No todos los músicos de la Filarmónica de Viena parecían cómodos con la interpretación, con los constantes guiños al público y a los espectadores televisivos, con el desenfado; sin embargo, la incorporación de algunas piezas novedosas -como el muy simbólico Vals del arcoíris, de la afroamericana Florence Price, compuesto en 1939- permitió descubrir esos otros mundos que han existido ocultos bajo la tradicional preponderancia masculina. Lo mismo puede decirse de Josephine Weinlich, perfecta desconocida, que tuvo el mérito, el coraje y la valentía de crear una orquesta femenina en la Viena de finales del siglo XIX. Honor para ellas.

En general, y salvando algunos comentarios homófobos, la prensa española ha destacado la energía vibrante del director, la alegre y divertida puesta en escena, ese final apoteósico dirigiendo al público desde el pasillo central de la venerada Musikverein vienesa.

Tuve la suerte de celebrar desde casa el décimo aniversario de uno de los acontecimientos más maravillosos de mi vida: gracias a la curiosidad, a un folleto disponible en unos conocidos grandes almacenes, desde diciembre de 2014 pude hacer las gestiones que nos permitieron a mi mujer y a mí disfrutar en directo, allí mismo, del concierto dirigido por Mariss Jansons, muy celebrado también por crítica y público.

No quiero dar demasiadas pistas a quienes creen que todo se puede comprar con dinero, así que sólo compartiré por aquí que compré las entradas en febrero, que me llegaron en octubre, que las pagué de mi bolsillo con la colaboración imprescindible de mi entidad financiera, y que fue una de las mejores decisiones que he tomado jamás.

Fue en enero de 1992 cuando el Concierto de Año Nuevo se convirtió en un mito, en un deseo inalcanzable. Recién levantado, con una bata azul que casi se confundía con mi cuerpo, me senté a ver la repetición del Concierto, a las 8 de la tarde, en la habitación donde mi padre consumía en serie partidos de fútbol televisados por Canal +.

No tenía nada mejor que hacer, ya estaba familiarizado con la Marcha Radetzki, con la celebración alegre del elitista público presente, y entonces apareció en la pantalla nada menos que Carlos Kleiber, el director de origen austríaco nacido en Berlín en 1930, el director zurdo que creció en Argentina, país al que se exilió su padre en 1937, Erich Kleiber, tras renunciar a dirigir la Ópera de Berlín unos años antes en protesta por la censura y los desmanes del régimen nazi.

Aquel concierto supuso un antes y un después. Nunca he olvidado aquellos movimientos precisos de Kleiber, cómo utilizaba la mano izquierda para trasladar sus certeras indicaciones a una entregada Filarmónica. Desde ese momento, vivir aquello en directo se convirtió en un sueño que siempre consideré inalcanzable, ajeno por completo a mis posibilidades. Pero la curiosidad y las ganas hicieron su trabajo.

Cada vez que veo el Concierto, cada vez que asisto a una actuación musical, a una ópera, a un ballet, a lo que sea; cada vez que le pongo alguna zarzuela en la tele a mi suegra para que se entretenga, YouTube mediante, pienso en esos tristes y abundantes prejuicios contra la música y la cultura.

Lo he hecho cada lunes viendo en La 1 ese sorprendente programa que mezcla divulgación y competencia, Aria, cuando disfrutaba en casa de esas interpretaciones, de las pinceladas de conocimiento que comparte el jurado, de ese profundo amor por la música y por todo lo que nos dice, nos enseña y nos descubre.

En cierta ocasión, una persona que estuvo junto a la Reina Sofía en el palco real de nuestro malagueño Teatro Cervantes me comentó que Su Majestad era capaz de advertir si un instrumento o una sección entraban antes de tiempo, o tarde. Se necesita mucha formación, mucha sensibilidad, mucho oído y muchas horas de audición para llegar a ese nivel tan exigente, pero no es necesario tenerlo para disfrutar de un buen concierto, sea a cargo de la Filarmónica de Viena o de una entusiasta y bien preparada banda municipal.

El 1 de enero de 2016, camino del Musikverein, con los atentados de París todavía frescos en la memoria, nadie sabía qué podía pasar, había una lógica tensión en las calles inmediatas, controles y muchos nervios. Cada año nos proporciona miles de motivos para no disfrutar de este oasis musical vienés, cada víctima es un motivo, cada injusticia lo es, cada agresión, cada ejercicio de violencia impune.

Pero me pregunto si podríamos soportar la realidad sin estos preciosos momentos de belleza festiva, cuando sabemos que en todos los países, incluso en sus peores momentos, la gente normal y corriente necesita una válvula de escape, tomar una cerveza, escuchar una canción, abrazar y besar a una persona querida.

Y cada año, cuando se apaga el eco de las palmas que acompañan a la Marcha Radetzki y dejamos de tararear los compases del Danubio Azul, la realidad vuelve, pero quizás nos pille con mejor ánimo, con más ganas de hacer todo lo posible para que el mundo y quienes nos rodean puedan estar mejor. De eso se trata, de disfrutar para coger fuerzas, para resistir y, si es posible, sobrevivir.