Déjenme decirles que la convivencia en un centro escolar es un aspecto clave de este, ya que es la única vía de asegurar el desarrollo emocional del alumno y, como beneficio directo, apuntala su éxito académico.

En su esencia, la convivencia escolar solo se alcanza si todos los actores de una comunidad educativa interactúan entre sí de manera coordinada y positiva, principalmente estudiantes, docentes, familias y personal de apoyo del centro. Así, que, el objetivo irrenunciable del centro educativo pasa por favorecer un clima basado en el respeto, empatía y cooperación.

Al hilo de lo anterior me viene a la cabeza una anécdota reciente que viví como profesor en mi clase de 1º de bachillerato. Estaban mis alumnos trabajando en grupo y me excusé unos minutos para ir al baño. Entré en el mismo baño que usan los estudiantes de bachillerato, y que tienen puertas individuales, una vez dentro me llevé una desagradable sorpresa al ver mojado el rollo de papel higiénico, el suelo y tapa del váter.

Al regresar a clase usé esa experiencia con el objetivo de compartirla de un modo constructivo, haciéndoles ver a los alumnos que se pusieran en los zapatos por un momento del personal de limpieza del colegio.

Le pedí a la clase que imaginasen por un momento que el padre o madre de alguno de ellos fuesen trabajadores de la limpieza del colegio (se da el caso en el colegio) y tuvieran que limpiar el baño al que hace unos minutos yo había entrado.

Le conté a la clase que mi mamá trabajó cuando joven de limpiadora en la fábrica de Larios de Málaga, donde seguramente tuvo que limpiar letrinas. Sin duda, esa charla sirvió como lección de civismo a los alumnos, vi en sus caras que entendieron que una broma de ese tipo o un mal uso del baño trae consecuencias a terceras personas.

La convivencia escolar no puede reducirse a disciplina, sanción o control de la conducta. De hecho, este debate obliga a elegir entre ¿la convivencia como un “problema” que hay que actuar? O por el contrario ¿Cómo una competencia que se enseña? Yo abogo por lo segundo, estando muy respaldado por expertos en la materia que sostienen esta misma tesis.

Una aportación clave procede de la teoría del Aprendizaje Social de Albert Bandura, que viene a confirmar que gran parte de la conducta convivencial del alumno se adquiere por observación e imitación, especialmente de sus iguales y adultos de referencia. En el contexto escolar, el “modelado positivo” exige coherencia cotidiana —cómo se corrige, cómo se escucha, cómo se repara el daño y qué comunicación se normaliza—, de ese modo el alumno aprende no solo de las normas, sino de lo que ve que se practica y se refuerza.

El debate se vuelve más académico cuando conectamos convivencia con desarrollo humano. Aquí traigo a colación la teoría socioemocional de Erik Erikson, para quien la escuela es un entorno decisivo en la construcción de identidad y habilidades interpersonales del alumnado. Dicho de otro modo, el clima relacional contribuye a que esa identidad se consolide de manera saludable. También Vygotsky, como experto en la materia, asevera que hablar de convivencia es hablar de aprendizaje, pues sin seguridad relacional, la cooperación se degrada, ergo, el aula pierde calidad educativa.

Otro eje del debate se conforma en si interpretamos los conflictos convivenciales como fallos individuales o fenómenos grupales. En ese sentido, programas centrados en escucha activa y feedback constructivo se presentan como estrategias de prevención y mejora relacional en el aula, que al fin y al cabo es el espacio en el que se mueve principalmente el alumno.

Invocamos también en este carrusel de teóricos al psicólogo social estadounidense Leon Festinger, cuando explica que la atracción al grupo, las normas aceptadas y las interacciones positivas fortalecen el sentido de pertenencia y facilitan el manejo de conflictos. De hecho, la empírica escolar nos dice que el aumento de cohesión se asocia con mayor participación y un ambiente más positivo y menos disruptivo en el aula.

Pero sin duda el plano familiar es el que mayor peso tiene en el apoyo emocional y académico del alumno, y aquí es importante que exista una comunicación fluida y respetuosa entre la familia y la escuela.

En la arquitectura del acompañamiento el tutor aparece como figura central, ejerciendo en primera persona la orientación académica, apoyo emocional y continuado al alumno, coordinación con la familia y monitorización de la clase.

El programa de mentoría es parte fundamental de la propuesta educativa del centro escolar del siglo XXI, a través de él se amplía la mirada hacia metas personales, con encuentros regulares y evaluación de progreso de cada alumno, y todo ello de manera individualizada. De hecho, el programa de mentoría es la vía necesaria que ayuda a que todo fluya de manera positiva.

Pero cuando el conflicto estalla ¿Qué hacer? Aquí no hay recetas y las teorías solo sirven para guiar, aunque deberemos tener en cuenta multitud de variables (cada conflicto presenta sus particularidades). En esa situación el objetivo del centro no debe ser otro que restaurar relaciones y perseguir a toda costa el equilibrio comunitario.

Ciertamente, la convivencia en un aula y en un centro escolar se construye con comunicación asertiva y mucho de gestión emocional, todo ello mediante escucha activa y manejo del estrés y la ansiedad como estrategias principales para desescalar y reconstruir lazos afectivos entre el alumnado.

En conclusión, el reto del centro escolar no debe gravitar únicamente en resolver conflictos, sino en enseñar convivencia al discente a través de cohesionar, sostener vínculos y convertir el conflicto en oportunidad pedagógica mediante herramientas contrastadas y compartidas por el docente, que, al fin y al cabo, es quien facilita la convivencia en el centro escolar.