Es inevitable, al acabar el año, intentar hacer balance del mismo y pensar en el siguiente, actualizando objetivos y estableciendo resoluciones con ilusión. Es cierto que este ejercicio quizá deberíamos hacerlo no solo a fin de año, sino también de forma periódica. Como recuerdan los expertos en comportamiento, no conviene ser demasiado exigentes con uno mismo ni imponerse cambios poco realistas.
En cuanto a las inversiones, 2025 ha sido, en general, un buen año. Viendo cómo comenzó la presidencia de Trump y sus anuncios de tarifas a las importaciones, con la consiguiente guerra comercial tanto con rivales como con antiguos aliados, el panorama no pintaba bien.
Los mercados cayeron entre un 15 % y un 20 % en pocas semanas, con claros episodios de pánico vendedor. Sin embargo, y quizá porque la guerra comercial no fue tan cruenta como se temía, sumado a un viento de cola en la macroeconomía mundial y a las extraordinarias expectativas ligadas al desarrollo de la inteligencia artificial, los mercados se recuperaron y terminaron el año cerca de máximos históricos.
Este episodio nos recuerda una vez más lo importante que es no tomar decisiones de inversión guiados por las emociones, es decir, no intentar hacer timing the market. Suena muy bien comprar barato y vender caro, pero los estudios académicos muestran que la mayoría de quienes lo intentan obtienen peores resultados que aquellos que permanecen invertidos a largo plazo. Diversificación y visión de largo plazo no solo aumentan la probabilidad de buenos resultados, sino que también evitan más de una noche sin dormir.
Miremos ahora a 2026. Siempre desde la perspectiva de ser fieles a estos principios, 2026 quizá presenta más riesgos para los mercados bursátiles que los años anteriores.
Cuando trabajaba en J.P. Morgan, teníamos un analista que cada día nos enviaba un informe con razones para ser alcista y razones para ser bajista. Siempre existen ambas: se puede ver el vaso medio lleno o medio vacío. Pero es cierto que hay dos factores que este año me invitan a ser algo más cauto. El primero es un dato estadístico curioso: el segundo año del ciclo presidencial estadounidense suele ser el de menor rentabilidad bursátil. Por supuesto, el pasado no determina el futuro, pero el dato está ahí.
El segundo factor es la sensación del nivel de valoración de las bolsas. La revista The Economist publica periódicamente el cyclically adjusted Price to Earnings ratio (CAPE), que relaciona la valoración de las empresas con el beneficio medio de los últimos diez años y trata de identificar periodos de sobrevaloración o infravaloración.
Actualmente se encuentra en niveles no muy alejados de los máximos de la burbuja tecnológica. Esto se explica en gran medida por las enormes expectativas asociadas a la inteligencia artificial, pero también entraña riesgos evidentes. Las valoraciones elevadas, por sí solas, no deberían preocuparnos en exceso si están respaldadas por vientos de cola estructurales. Sin embargo, cuando figuras como Jamie Dimon, CEO de J.P. Morgan, o Christine Lagarde, presidenta del BCE, advierten públicamente sobre los riesgos de una corrección, el mercado corre el peligro de caer en una “self-fulfilled prophecy”: de tanto hablar del riesgo, los propios inversores acaban materializándolo.
Estas dos razones pesan en mi planteamiento inversor para 2026 y me llevan a adoptar una postura algo más conservadora. ¿Qué significa esto en la práctica? Si percibo un aumento del riesgo, intento reducirlo en la cartera, rotando parcialmente hacia activos más defensivos.
Cuando hablamos de activos considerados de riesgo medio o bajo (no hay activos seguros, los hay con diversos niveles de riesgo), muchos seguimos pensando en los bonos del Tesoro estadounidense, quizá a medio plazo, más aún ahora que el dólar se ha depreciado de forma significativa frente a otras monedas en el último año, o en la deuda soberana de otras grandes economías occidentales.
Afortunadamente, el desarrollo de los ETFs ha facilitado enormemente el acceso a estos activos. La mayoría de los brókers en España ofrecen ETFs que replican bonos del Tesoro americano. Conviene buscar aquellos con comisiones bajas y proveedores fiables e incorporarlos a la cartera si se desea reducir riesgo, siempre diversificando y manteniendo una perspectiva de largo plazo.
Feliz 2026.