Esta semana, Bernardo Quintero ha presentado Malaga.is, una plataforma urbana gestionada por IA sobre Gemini 3 y Antigravity de Google. El sistema no solo administra la web, sino que aprende, despliega y corrige sin intervención humana. Lo más impresionante es que lo ha hecho en pocas horas durante las vacaciones navideñas . ¿Es este el modelo que dominará el futuro? Parece que sí. IA usada para hacer Mª’s que para responder y ese, aunque Bernardo sea malagueño y Google estadounidense, es el camino que están tomando en China. Un reciente artículo del Center for Humane Technology desmonta el mito de la “carrera” entre EE. UU. y China hacia la inteligencia artificial general, y nos obliga a repensar qué significa realmente el progreso tecnológico en nuestras ciudades, comunidades, países.

Malaga.is: la ciudad pensada por agentes

Malaga.is no es solo una web: es una declaración de intenciones y tecnológica. Los agentes de IA, orquestados por Gemini 3 y Antigravity, gestionan contenidos, despliegan servicios y corrigen errores en tiempo real. El sistema se comporta como un sysadmin invisible, capaz de operar contenedores y revisar logs sin intervención humana. Es el primer ensayo serio de una web de ciudad que se piensa y se administra a sí misma en clave digital.

Pero la fascinación por la eficiencia no debe eclipsar la pregunta fundamental: ¿qué cultura urbana estamos creando cuando delegamos en algoritmos la identidad colectiva de la ciudad? ¿Cómo asegurar que no “patina”, “alucina”, ¿se desvía? Quizá un humano o, quizá un agente también, como sugiere Quintero. Una especie de agente orquestador.

China y EE. UU.: dos futuros de IA, no una carrera

El artículo “China Isn’t Racing the U.S. Toward the Same AI Future” desmonta el relato dominante: no existe una carrera global hacia la AGI. China no es un monolito dirigido por Xi Jinping; su ecosistema de IA es fragmentado, diverso y orientado al despliegue práctico, no a la superinteligencia. Las políticas emergen de abajo arriba, y el foco está en aplicaciones industriales, productividad y gobernanza.

Mientras Silicon Valley imagina la IA como un “dios en una caja”, China la concibe como infraestructura: algo que se embebe, optimiza y despliega. Aquí el eclecticismo ágil, práctico y brillante de Quintero me hace pensar que podemos sacar lo mejor de los dos mundos. Los debates en China giran en torno a eficiencia y empleo, no a escenarios existenciales. Las restricciones tecnológicas y el acceso limitado a hardware puntero han llevado a China a priorizar soluciones locales y aplicaciones concretas, no proyectos nacionales de superinteligencia.

La conclusión es clara: el futuro de la IA no solo es una carrera de velocidad, sino una cuestión de agilidad, chispa, cultura, regulación y convivencia.

Historia: cuando la fuerza pierde ante la cultura

La historia es testaruda. Esparta ganó la guerra del Peloponeso, pero acabó adoptando la cultura ateniense y desapareciendo. Roma sometió militarmente a Grecia, pero fue conquistada por su pensamiento y su arte. Los mongoles de Genghis Khan arrasaron imperios, pero terminaron haciéndose chinos. La fuerza impone, pero la cultura permanece.

Hoy, en plena era de la IA, la verdadera batalla sigue siendo cultural. ¿Qué valores transmitirán los sistemas que gestionen nuestras ciudades? ¿Quién define la ética de una ciudad digital?

Permanezcan atentos a Quintero et al. porque pueden iluminarnos sobre cómo poner tecnología al servicio de nuestra forma de vida y no al revés.