Vistas de la Costa del Sol.

Vistas de la Costa del Sol.

Opinión Luis Cepedano Beteta, Ingeniero de Caminos, Socio Fundador de CAI Soluciones

Un plan que no mira a Málaga: el POTA y la negación de una realidad incómoda

Luis Cepedano
Publicada

La Junta de Andalucía ha puesto sobre la mesa la revisión del Plan de Ordenación del Territorio de Andalucía (POTA), un documento llamado a marcar el rumbo del territorio andaluz en la próxima década.

Sobre el papel, la intención es impecable: sostenibilidad, cohesión social, adaptación al cambio climático, eficiencia territorial. El problema surge cuando ese marco teórico aterriza en el territorio real y, en el caso de Málaga, la sensación es clara: el plan no termina de reconocer la realidad que tiene delante.

Porque Málaga no es una provincia cualquiera. Es uno de los principales polos de crecimiento demográfico, económico y turístico del sur de Europa.

Gana población, atrae inversión, concentra empleo y funciona como una gran área urbana continua junto a la Costa del Sol. Sin embargo, el POTA revisado aplica sobre ella criterios pensados para territorios muy distintos, como si su dinámica fuera comparable a la de provincias en declive o con baja presión urbana.

Crecer sin reconocer el crecimiento

El propio POTA reconoce que la población andaluza se concentra cada vez más en áreas metropolitanas y litorales. Málaga encaja perfectamente en ese diagnóstico. Pero ahí surge la primera contradicción: cuando llega el momento de ordenar ese crecimiento, el plan opta por no abordarlo de forma específica.

El resultado es un modelo territorial que contiene, limita y restringe… pero sin diferenciar. Y en Málaga, contener sin ofrecer alternativas no frena el crecimiento: lo encarece, lo desplaza y lo hace más desigual.

La vivienda, el gran silencio del plan

Si hay un problema que define hoy la realidad malagueña es la vivienda, y en concreto la falta de vivienda asequible.

Precios disparados, oferta insuficiente y una dificultad creciente para que trabajadores, jóvenes y familias puedan acceder a una vivienda digna. No se trata de una situación coyuntural, sino de un problema estructural.

Sin embargo, el POTA no reconoce la vivienda como un problema territorial de primer orden. No fija objetivos claros, no establece indicadores específicos y no plantea una estrategia para territorios con alta presión residencial.

La vivienda aparece de forma indirecta, casi como un efecto colateral del modelo urbano, cuando en Málaga es uno de los ejes que condiciona la cohesión social, la movilidad diaria y la competitividad económica.

Planificar el territorio sin planificar la vivienda, en una provincia como Málaga, es una forma elegante de mirar hacia otro lado.

Un corsé territorial que aprieta donde más duele

El segundo gran rasgo del POTA es la rigidez. Bajo el paraguas de la sostenibilidad, se imponen límites homogéneos al crecimiento urbano, sin apenas matices. La idea de priorizar la ciudad existente es razonable, pero aplicada sin flexibilidad acaba convirtiéndose en un corsé que asfixia a los territorios más dinámicos.

En Málaga, esa rigidez se traduce en menos suelo disponible, menos capacidad de respuesta y más presión sobre un mercado ya tensionado. Además, el plan entra en un terreno delicado: condiciona de forma muy intensa las decisiones urbanísticas locales, reduciendo el margen de maniobra de los ayuntamientos para adaptar su planeamiento a la realidad de su municipio.

El riesgo es claro: una planificación territorial que, sin decirlo abiertamente, sustituye decisiones locales por criterios generales, alejando la toma de decisiones del territorio real.

Infraestructuras: el cuello de botella permanente

A todo ello se suma un problema que el POTA reconoce, pero no resuelve: las infraestructuras. Málaga sufre desde hace años una clara saturación en movilidad. La A-7 y la AP-7 funcionan al límite, el transporte ferroviario no cubre todo el corredor litoral y el área metropolitana depende de un sistema viario tensionado.

El agua es otro factor crítico. Sequías recurrentes, embalses bajo mínimos y sistemas de abastecimiento que funcionan al límite hacen que cualquier crecimiento urbano dependa de soluciones estructurales que el plan menciona, pero no concreta.

Y en los últimos meses se ha añadido un nuevo elemento al tablero: la saturación de la red eléctrica. Falta de capacidad en nodos, dificultades para nuevas conexiones y retrasos que afectan tanto a vivienda como a actividad económica. La energía, un servicio básico esencial, se convierte así en otro freno al desarrollo, apenas tratado de forma específica en el POTA.

Málaga y la Costa del Sol: una sola realidad fragmentada en el papel

Quizá uno de los aspectos más llamativos del plan sea la separación conceptual entre Málaga y la Costa del Sol, tratadas como aglomeraciones urbanas distintas. En la práctica, ambas forman una única conurbación policéntrica, continua y profundamente interdependiente.

Separarlas sobre el plano puede resultar cómodo desde un despacho, pero dificulta la planificación real. Fragmenta decisiones, complica soluciones conjuntas y debilita la respuesta a problemas comunes como la vivienda, la movilidad o los recursos hídricos.

Un plan que necesita mirar mejor al territorio

El POTA no es un mal plan por sus objetivos. Lo es por su falta de adaptación a realidades concretas como la de Málaga. Sostenibilidad no puede ser sinónimo de inmovilismo, ni cohesión territorial puede construirse ignorando dónde está hoy la presión real.

Reconocer la singularidad de Málaga, integrar la vivienda como eje territorial, sincronizar suelo e infraestructuras y planificar el área Málaga–Costa del Sol como lo que es —una gran aglomeración urbana policéntrica— no debilita el modelo territorial andaluz: lo hace más realista y más justo.

Porque planificar sin reconocer la realidad no es planificar. Es, simplemente, dibujar un territorio que no existe. Y Málaga, hoy, no puede permitirse eso.