José Bravo, en su tienda.
La Costa Azul cierra por jubilación tras 25 años en calle San Juan: "Quieren manifestarse para que no me vaya"
José Bravo y su familia bajan la persiana de un local que ya es una parada en los itinerarios de muchos turistas que pasan por la ciudad. Todo el que va a comprarle, repite, incluso los extranjeros. "Vienen a ver la Catedral, pero después a mí", bromea.
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La Costa Azul bajará la persiana el próximo 31 de agosto. La histórica tienda de ropa de la calle San Juan, en pleno Centro de Málaga, cierra por la jubilación de José Bravo, que lleva 25 años despachando vestidos y otras prendas de mujer tras su mostrador. Su marcha suma un nombre más a la lista de comercios de toda la vida que han ido desapareciendo del corazón de la ciudad.
Es un negocio con muchas páginas de historia. Antes de recalar en San Juan estuvo en la plaza de la Constitución desde, al menos, los años cincuenta, según relata el propio Bravo, que ya se pierde echando cuentas.
El textil y él llevan años de la mano. Llegó al comercio después de quedarse sin trabajo en una fábrica de ropa, le ofrecieron el local y decidió arriesgarse. "Vamos a probar", resume. Aquella prueba se ha alargado un cuarto de siglo de la mano de sus hermanas, que también rondan la jubilación.
El reportaje se hace entre cliente y cliente, que es como funciona la casa. El trato personalizado al comprador, ya sea turista o no, es uno de los rasgos de Bravo, que transmite positividad y derrocha buen humor mientras trabaja. Aunque diga que le toca descansar ya tras tantos años de trabajo, la realidad es que se le ve hecho todo un disfrutón despachando.
Mientras conversamos, entran y salen de la tienda diferentes mujeres, una de ellas vecina del Centro de Málaga, una especie casi en extinción. La mujer, de origen cubano, ve desde su balcón el Puerto de Málaga y le avisa cada vez que atraca un crucero para que esté preparado y extienda, un poquito más, su horario de venta, con el ánimo de aprovechar el tirón. "Viene todos los días y me informa", dice con una sonrisa José, mientras que la mujer asiente. "Estoy pendiente de toda la naviera pa' ti", le responde entre risas.
La fidelidad de su clientela es la norma desde hace lustros. "Todos los clientes repiten siempre", asegura. Repiten los de los pueblos, los de otros barrios y hasta los turistas internacionales, que combinan la visita obligada a la Catedral de Málaga con una vuelta por La Costa Azul, donde se llevan bolsas llenas de gangas, pues los precios de su tienda son bastante económicos. "A los monumentos van un día, pero otro se pasan cien por cien por aquí. Se acuerdan de ti de un año para otro. En sus tierras la ropa está muy cara y aquí alucinan", apunta.
El cartel de la jubilación.
Bravo ha visto cambiar el Centro desde dentro. Calcula que en una docena de años el comercio ha dado un vuelco. Recuerda que antes solo se vendía el domingo, después de misa, con algo de suerte, y que los sábados por la tarde no entraba nadie. Ahora se vende "mucho a cualquier hora y cualquier día; el domingo pasado fue una locura". "Pero la realidad es que ha cambiado Málaga", afirma.
Mira a través de su escaparate a su alrededor y reconoce que le da pena cómo el comercio tradicional se está apagando poco a poco. Su cierre, aunque sea por jubilación, se suma al de otros clásicos como Hinojosa, que vendía, en sus propias palabras, "un producto que no encuentras en otro lado". "Pasan los años y todavía vienen preguntando por ellos, es que creo que llegaron a cumplir los 100 años", explica. También recuerda a su "vecino de enfrente", el droguero Rafael, quien aguantó en la venta hasta cerca de los 90 años. "Era único", cuenta riendo.
De cara a las próximas semanas, no contempla liquidación, igual que jamás ha puesto periodo de rebajas. Sus precios son muy competitivos y lo ve misión imposible. "Es que nos ha ido bien siempre de esta forma. Desde que colgué el cartel rojo que anuncia el cierre por jubilación todavía me entra más gente y hay quien cree que estoy liquidando, pero no, son mis precios", sostiene.
Algunas clientas se enteran del cierre por su conversación con este periódico. Bromean con organizar una manifestación para retenerlo. Él lo tiene decidido. "Haced lo que queráis, pero yo me voy. Como dice Lola Flores, si me queréis, 'irse'", zanja.
Bravo trabaja en el interior de su tienda.
El local no es de la familia. Era alquilado. Reconoce que la situación en el Centro de Málaga para los negocios es complicada. "Hay locales a precio de oro", dice. Pero según ha podido saber, todo apunta a que en su lugar irá una zapatería, lo que le alegra mucho, por seguir un poco la línea que los Bravo habían marcado en los últimos años.
Dice tener un oficio precioso, pero "en esto se tira uno prácticamente toda la vida y casi no pilla vacaciones en condiciones, pilla un fin de semana o días sueltos". A finales de agosto, por primera vez, le tocará a él tras pasar tantos años viendo a clientas disfrutando de sus vacaciones. "¡Vas a dejar huérfana a las mujeres! No sé qué vamos a hacer sin ti!", dice, casi a modo de frase de cierre, uno de los pocos hombres presentes en la tienda, que guarda un gran aprecio a Bravo.