Una imagen de Laura impartiendo una de sus charlas.

Una imagen de Laura impartiendo una de sus charlas. Cedidas

Educación

Laura dejó la estética para entrar en los coles a hablar de acoso, redes y autoestima: la UMA premia su voluntariado

La emprendedora en comunicación y autora del libro 'Inteligencia Sensorial', recoge el reconocimiento de la Universidad de Málaga en representación de los más de 4.500 voluntarios tecnológicos de la Fundación Cibervoluntarios.

Más información: Las ONG malagueñas reivindican una tecnología “que libere tiempo para cuidar”

Publicada
Las claves

Las claves

Laura Muñoz, exesteticista, recorre colegios e institutos impartiendo talleres sobre acoso, redes sociales y autoestima, utilizando la empatía como herramienta principal.

Su labor voluntaria en la Fundación Cibervoluntarios ha sido reconocida con un premio de la Universidad de Málaga, representando a más de 4.500 voluntarios en España.

En sus charlas fomenta la participación y el pensamiento crítico de los alumnos, especialmente en la normalización de conductas dañinas y el empoderamiento de las niñas.

Advierte sobre los peligros de la inteligencia artificial y los deepfakes, enfocándose en la importancia de denunciar y no sentirse culpable ante situaciones de violencia digital.

Tras años escuchando confesiones en gabinetes de estética, Laura Muñoz decidió cambiar de rumbo para sanar otras heridas: las que deja el mal uso de las tecnologías en niños y, sobre todo, niñas. Hoy, bajo el nombre de Treze Muñoz, recorre los institutos combatiendo la violencia digital con un arma infalible: la empatía.

Esa labor, hecha de forma altruista dentro de la Fundación Cibervoluntarios, le ha valido un premio de la Universidad de Málaga, que la ha elegido en representación de los más de 4.500 voluntarios tecnológicos que la entidad tiene repartidos por toda España. "Al principio no me lo creía, porque muchas veces no le damos el valor que tiene este trabajo que hacemos", reconoce. De la red en la que se mueve, dice, solo puede decir una cosa: que en ella "es muy feliz".

Cada cierto tiempo acude a los centros escolares a dar formaciones que considera "muy necesarias" y de actualidad, utilizando su propia experiencia como mujer en redes, donde ha vivido episodios complicados que hoy le sirven para conectar con cada grupo al que se enfrenta. "Quiero que sepan que si a alguien le pasa, no está solo, no está sola; no es el culpable de nada. Que sepan también las herramientas, esa manera de trabajar de una manera honesta y de una manera empática", relata.

Sus formaciones, sobre todo en Primaria, aunque también en institutos, no se parecen a una charla al uso. Lo primero que hace es romper la idea de que ella va a hablar y los niños a escuchar, como suele hacerse habitualmente.

"Yo no es que vaya y dé una charla. Intento entrar en dinámicas donde ellos participen, donde hablen, donde me cuenten experiencias", explica. La fundación le facilita una guía con los contenidos que toca abordar, y a partir de ahí ella construye juegos y actividades para que los críos suelten lo que llevan dentro.

"Parece mentira, aunque son relativamente pequeños, las experiencias que cuentan", reconoce. Esa participación también sirve a los tutores para tomar el pulso a lo que está pasando en sus aulas y, sobre todo, en el plano digital de sus grupos. "Pueden valorar un poco qué está pasando muchas veces en redes, cómo piensan los niños, cómo reaccionan a situaciones".

El peligro de la normalización

Si hay algo que sorprende a Laura tras cada sesión es la "normalización" que hay sobre ciertas conductas que deberían chirriar. "Cuando reflexionas, ellos saben lo que está bien y lo que está mal, pero les tienes que llevar a ese punto de reflexión en el que vean que el hecho de que algo esté normalizado no es siempre que sea normal", sostiene.

El otro eje fuerte de su trabajo es el empoderamiento de las niñas. "Las cifras son estremecedoras", advierte. Laura cree que como sociedad "habíamos conseguido avanzar", pero que "vamos hacia atrás" cuando "vemos normal que tu chico te quiera revisar con quién hablas o qué fotos subes". También le preocupan los informes que apuntan a que parte de la juventud actual niega que la violencia de género exista.

Ante la pregunta de dónde es más difícil trabajar estas materias, si ante niños o adultos, Laura responde rápido: "Los niños son muchas veces más predispuestos. Tienen esa inocencia de soltarte las cosas que les pasan porque quieren participar, y eso les motiva mucho". Los adultos, dice, llegan ya con otra mirada. "Tenemos otra visión de la vida, de la crítica, y ellos se vuelcan muchísimo".

Además, cuando detecta a un niño o a una niña más vergonzosa, cambia de registro y plantea dinámicas grupales para que nadie se sienta señalado. "Lo ideal es que se sientan cómodos para hablar, para que podamos entender, para que puedan reflexionar". Esa actitud crítica ante lo que ven en la pantalla es, para ella, el verdadero objetivo de cada sesión.

La estética

La trayectoria profesional de Laura ayuda a entender por qué conecta tan bien con esos temas. Empezó en el mundo de la estética, donde, dice, las profesionales acaban siendo "un poquito psicólogas" de las clientas que pasan por cabina.

Allí escuchó durante años el discurso interno de muchas mujeres con su propio cuerpo. "Veía que había mucha autocrítica. Nosotras mismas nos machacábamos demasiado y solo veíamos lo malo", recuerda. A esa observación se sumó una experiencia personal dura, una endometriosis que la mantuvo parada un par de años y que terminó con una operación dura.

Luego vino la pandemia y un cambio de perspectiva. Cuando salieron del confinamiento la despidieron del trabajo y decidió que no iba a buscar otro empleo de lo suyo, iba a dar un cambio de 180 grados a su vida. "Dije que esa era la mía. En vez de buscar otro trabajo tenía que intentar hacer algo que tenía en mente".

De ese proceso ha salido también un libro recién publicado, Inteligencia Sensorial. Un camino para la reconexión con tu cuerpo y tu deseo, que firma como Treze Muñoz, su nombre "artístico". "Quiero que no sea un libro más que tienes en la estantería, sino que sea también una guía", explica.

Lo describe como una obra dividida en tres partes. "Lleva una parte de neurociencia, para entender el cerebro y entender cómo sobrepensamos, cómo nos culpamos". A esa primera capa, fruto del tiempo que pasó estudiando mientras la enfermedad la tenía parada, le sigue una segunda más práctica.

"La práctica es lo que nos hace cambiar, porque leer solo y ver mucha información, si no la llevas a cabo, no la integras", razona. La tercera parte es una novela inmersiva en la que el lector puede verse representado a través de metáforas y una bonita, pero real narrativa.

A todo eso hay que sumar otra capa de su biografía que conecta directamente con las formaciones que da. A Laura le robaron las redes y crearon una cuenta falsa, un episodio que está denunciado en la Policía Nacional. Esa experiencia es parte de lo que cuenta en clase cuando habla de denunciar y de no callarse.

La IA

La realidad es que otro aspecto que se ha colado en los institutos a una velocidad enorme es la inteligencia artificial generativa y los deepfakes, los desnudos creados a partir de fotos reales de compañeras. Treze lo aborda en sus formaciones con un mensaje muy claro hacia las chicas.

"Les digo que no se sientan culpables de nada. Ellas no tienen la culpa de que haya personas que cojan una foto suya y decidan manipularla". El acento lo pone en la confianza traicionada y en quitarles a ellas un peso que nunca debió ser suyo.

"Tú has confiado en una persona y esa persona es la que te ha traicionado. La culpa es de esa persona". A partir de ahí insiste en lo mismo de siempre: denunciar, hablarlo, no quedarse con la vergüenza dentro, porque callar es lo que termina comiéndolas por dentro.

¿Y el sistema educativo?¿Se está adaptando a ese constante cambio que provoca la rapidez de las nuevas tecnologías? Laura cree que es hora de sacar "una asignatura de valores y ética en la tecnología, o en la vida en general". Le parece que se trabaja muy poco esa parte tanto en los colegios como en los institutos, y también en muchas casas, y el acompañamiento es fundamental en este sentido.

Le preocupa que los chavales tengan dispositivos en la mano desde muy pequeños y que sea tan sumamente fácil meterles ideas en la cabeza sin que tengan herramientas para filtrarlas. "Hay que potenciar, sobre todo, ese pensamiento crítico de por qué veo esto, por qué esta persona me machaca en redes con un mensaje contra la mujer", reflexiona.

"Que los niños se acuerden de ti es la prueba de que se ha puesto esa semillita que busco al dar las formaciones", dice Laura, siendo este aspecto de marcar a los niños uno de los regalos más bonitos de su trabajo. "Cuando me recuerdan y me ven y me dicen: Treze, hoy tengo clase contigo... Eso vale más que todo", explica.

La segunda tiene que ver con los mensajes que recibe a raíz del libro y de sus publicaciones en redes. "Cuando alguna mujer que lo estaba pasando mal te escribe para decirte que de repente le ha dado un poquito de luz, todo el esfuerzo merece la pena". No le hace falta llegar a grandes masas, dice, le basta con llegar al público que verdaderamente lo necesita.

Cibervoluntaria

"Ser cibervoluntaria ha sido una de las mejores decisiones; es una de las mejores experiencias que estoy teniendo en mi vida", dice.

Agradece a la fundación que confiaran en ella sin conocerla, que le dieran herramientas y apoyo, y que le abrieran la puerta a compartir su experiencia con otras personas. "Era una persona que no conocían de nada y confiaron en mí. Me han ayudado mucho, me han apoyado un montón".

El premio de la UMA, en ese sentido, no es solo suyo. Lo recoge en nombre de los más de 4.500 cibervoluntarios que hay repartidos por toda España y que cada semana entran en colegios, institutos, centros de mayores y asociaciones a contar lo que cuenta ella: que la tecnología puede ser una aliada cuando se acompaña de empatía, de pensamiento crítico y de gente dispuesta a poner su tiempo encima de la mesa, como Laura.