Manolo Montes, el alumno más longevo de la UMA.

Manolo Montes, el alumno más longevo de la UMA. Alba Rosado

Educación

Manolo, el alumno más longevo de la UMA: “La única bronca que he tenido con un profesor fue porque me habló de usted"

El octogenario está estudiando su tercera carrera, Historia, y ha hecho un grupo de amigos jóvenes a los que invita a comer arroz a casa a cambio de que ellos le lleven a tomar algo. "Somos los cuatro jinetes del Apocalipsis", dice.

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Las claves

Manolo Montes, de 80 años, es el alumno más longevo de la Universidad de Málaga y actualmente cursa su tercera carrera, el grado de Historia.

Defensor activo contra el edadismo, Manolo exige ser tratado como un compañero más y rechaza los tratamientos diferenciados por edad en el aula.

Con una vida dedicada a la formación, el periodismo y el voluntariado, Manolo ha impulsado iniciativas solidarias como el Teléfono de la Esperanza y la Asociación Benéfica El biberódromo de Málaga.

Mantiene una rutina activa, comparte estudios con nietas en la universidad y afirma que la curiosidad y el aprendizaje constante son clave para sentirse vivo.

Manolo Montes llega al aulario Gerald Brenan decidido, con su boina azul marino y su abrigo a juego. Podría ser un profesor más de la Universidad de Málaga por su elegancia, su pelo cano y un rostro que transmite serenidad. Pero no lo es. A sus 80 años, es el alumno más longevo de todo el campus, aunque eso solo lo corrobora su DNI, porque de alma es todo un chaval.

Mientras se sienta para comenzar la entrevista, mira por las pequeñas ventanas que tienen las puertas de las clases del aulario. "Mira, mira; ahí está uno de mis colegas", dice con una sonrisa este octogenario, que está estudiando el grado de Historia, su tercera carrera. "Hemos formado un grupito que nos llamamos los cuatro jinetes del Apocalipsis. Son listísimos, aprendo un montón de ellos. Yo me los llevo a comer arroz a casa, pero ellos también me llevan a tomar alguna copilla. Quieren que me vaya de Erasmus con ellos, lo que me faltaba, me niego", confiesa entre risas.

El primer día de clase, Montes se subió al estrado. "Señores, soy Manolo, y aunque sea mayor que vosotros, aquí todos somos iguales. Yo soy un pringado más. Así que no quiero que me llaméis de usted ni nada. Yo soy un compañero más". Con un discurso de este corte, Manolo se dirigió a sus compañeros, que captaron rápido su forma de ser. "La única bronca que he tenido con un profesor, precisamente, ha sido por eso; por llamarme de usted", asevera.

Manolo es un abanderado en la lucha contra el edadismo. No le dolió la educación y cortesía del profesor. Le dolió un usted que lo distanciaba de sus compañeros. "Le pregunté cómo le hablaba a los demás y por qué a mí me trataba de diferente manera. Hay discriminación, edadismo puro", reivindica, harto de paternalismos.

Aquel primer día, alguno de sus compañeros le confesaba que estaba algo "asustadito" por dar sus primeros pasos en una nueva etapa vital. "Yo les decía que a mi edad también me ponía nervioso el primer día, no importa la edad", relata. Así, la adaptación fue muy rápida. Se organizan, se reparten tareas y comparten apuntes. “Ellos me pasan mucho más a mí que yo a ellos”, dice con honestidad, agradecido con sus colegas.

Si algo le pesa de la carrera no es la rutina, ya que adora aprender en clase. Para él lo peor es la exigencia de memorizar a contrarreloj. "Yo los exámenes los quitaba, no sirven de nada", dice con rotundidad. Este curso le obliga a saltar de la Prehistoria a la historia contemporánea “todo al mismo tiempo”, y ahí la cabeza empieza a mezclar cosas. "Mi memoria es la que es y tengo que acordarme de muchas cosas a la vez". Aun así, no renuncia. "Un día sacaré un seis, otras un nueve... Pero lo intento, que es lo importante", dice.

Manolo se apuntó a Historia precisamente porque hay una parte que le llama mucho la atención: Al Ándalus y, más concretamente, la Málaga musulmana. "Me he dado cuenta de que tenemos unos conceptos erróneos de esa época y estudiarla me ha permitido descubrir la auténtica Andalucía", sostiene.

Manolo, en su aulario.

Manolo, en su aulario.

No le interesan tanto los nombres de aquella época como las consecuencias de lo que hicieron los protagonistas. "Lo importante es sentarte y decir qué es lo que pasaba, qué es lo que sucedió". Completa su explicación con sorna cuando habla de los Reyes Godos, que no comprende por qué tuvo que aprenderse el listado completo “a los 50 años” para, al final, en su opinión, no acabar recordando nada. “Bamba, Ataulfo y la madre que los parió... Lo esencial es saber qué hicieron estos señores”, insiste refunfuñando.

Con los docentes, cuenta, hay de todo. Algunos conectan con él, otros se protegen, quizá por miedo a que “les salga por cerros de Úbeda” con vivencias que no están en el temario. "Hay profesores que sintonizan conmigo muchísimo. Algunos se quedan alucinados cuando añado a la explicación cosas que yo mismo viví. Es lo que tiene tener ciertos años. He contado como viví el 23-F, por ejemplo", asevera.

Aunque muchos se empeñen en etiquetarlo como el alumno octogenario, Montes es mucho más que eso. La de Historia es ya su tercera carrera. Con apenas quince años comenzó a formarse como perito mercantil en Málaga y, a los 18, empezó a impartir clases tras aprobar unas oposiciones para trabajar en Intelhorce.

Tiempo después cursó Económicas, formando parte de la primera promoción de la Universidad de Málaga en 1965, su primera carrera oficial. Décadas más tarde, con 60 años, regresó a las aulas para estudiar Periodismo, una etapa que culminó incluso con un doctorado.

Durante muchos años se dedicó al comercio textil, al frente del negocio familiar que heredó de su padre. Sin embargo, a los 60 tuvo que jubilarse anticipadamente tras una caída que le impidió seguir trabajando.

“Pero tenía claro que la casa no se me iba a caer encima y que yo tenía que hacer cositas”, dice Montes, que reconoce admirar profundamente a Arturo Pérez-Reverte, “el Alatriste”.

"Cuando sea mayor me encantaría escribir tan bien como él", dice, muy serio. Aunque se parte de risa a los dos segundos, consciente de que el autor tiene 74 años, seis menos que él.

Montes se define, antes que nada, como periodista, comunicador y voluntario. Ha dejado un proyecto en la radio para poder estudiar, pero no ha dejado de escribir: cada domingo pone en su perfil de Facebook un pequeño artículo ligado a una buena noticia que ya es muy esperado entre sus seguidores, que comentan con él cada semana sobre el tema del que escribe.

Manolo siempre aprovecha cada ocasión que la vida le pone por delante para defender a su generación, a la que llama "segmento de plata", el mismo nombre que le puso a la tesis con la que se convirtió en doctor en Periodismo. "Yo quería hacer una tesis de los mayores y la comunicación. Y con ella descubrí que los mayores tienen su corazoncito y la misma capacidad de hacer cosas que los jóvenes, pero sin cobrar", explica.

"Y ahora tengo una sección en mi Facebook con ese mismo nombre donde meto muchas cosas de las que yo vivo. El periodista se convierte en un narrador de su propia vida al final. Si hablas de lo que conoces, normalmente, hablas de lo que te rodea. Entonces yo cuento lo que viven los mayores, lo que sufren, lo que disfrutan...", relata.

En su vida caben, además, ocho hijos, veinte nietos y una casa que nunca está vacía. "Siempre tenemos en casa a seis o siete para comer todos los días, sin falta". No conoce el aburrimiento, le da hasta miedo. Cuando se le pregunta por qué piensa su mujer al respecto de esta vida ajetreada que lleva, explica que "ella sufre cuando me ve tan nervioso con los exámenes, es que lo paso muy mal cuando toca estudiar en serio".

"En mi casa, no soy el único que está en la UMA. Tres nietas empezaron a la vez que yo. Han presumido alguna vez delante de sus amigas. 'Mirad, mirad, ese es mi abuelo'", dice, orgulloso. A veces coinciden por el campus y toman café juntos. También gran parte de sus hijos han pasado por las mismas aulas que él. En la familia hay, sobre todo, médicos y maestros.

A esa vida de locos le suma una rutina metódica, casi de opositor. Por las mañanas, ordenador, lectura, gestión doméstica... Después, estudio. Al mediodía, piscina en la universidad. Y por la tarde, clase hasta las ocho. “Hay tiempo para todo todos los días, pero nunca sacrifico mi rato de lectura, que me da vida”, dice.

En la era de la IA, Manolo estudia, eso sí, como siempre se ha estudiado: con papel, boli y mucha paciencia. La digitalización le cuesta, pese a que reconoce que usó "el primer ordenador que hubo en Málaga", uno de IBM que ocupaba una habitación entera y funcionaba con fichas perforadas, pero que después se perdió.

Ahora se apoya en los jóvenes para lo digital y se queda en lo clásico: se imprime “100 folios por asignatura”, reescribe, resume, vuelve a escribir... Y así hasta que se lo aprende del todo. "Hay veces que no entiendo mi propia letra. Es horrible de por sí, pero ahora tengo un problemita en la mano y peor", confiesa entre risas. aunque luego no entienda su propia letra.

Cuando se le pregunta por sueños pendientes, responde sin grandilocuencia. Dice que cada mañana se sienta, piensa, agradece el día que Dios le ha regalado (es muy creyente) y se queda con lo simple: "Yo quiero vivir mañana, lo demás es lo de menos. Ya he plantado el árbol, he tenido el hijo y he escrito el libro". Manolo reconoce que estar vivo es siempre un regalo cuando ya quedan pocos amigos "y has ido más veces de la cuenta a despedirte de gente que quieres al cementerio".

Por esta idea, aprovecha cada día, dice, para intentar ayudar y aportar a los demás. Lleva años haciendo voluntariado. Formó parte de la fundación del Teléfono de la Esperanza, donde pasó 30 años haciendo guardias nocturnas, acumulando historias que para él se quedan, y es el fundador de la Asociación Benéfica El biberódromo de Málaga, donde ayuda a familias desfavorecidas con bebés.

Le da pena quien cree que cuando pasan los años ya no está a tiempo para seguir aprendiendo y ser útil para toda la sociedad. “A mí me ha ayudado mucho la universidad. A toda la gente de mi edad, o jubilados, les diría que si no son capaces de salir de su cascarón… que vayan a los cursos de 55 años, que son muy sencillos, que no te ponen exámenes, que se activen”, declara.

Aunque también es reivindicativo. Residente en Teatinos, lamenta que no exista un local donde los mayores puedan reunirse. "Están todos en bancos sentados y eso no es bueno. No se dan cuenta de que los mayores también somos personas y lo he hablado mil veces con políticos".

Parece que no, pero los días de Manolo también tienen 24 horas como los del resto de los mortales. Si se lo preguntan... cuando acabe Historia, Montes no piensa quedarse quietecito. "Quizá me ponga a investigar más a fondo sobre la Málaga musulmana, me interesa mucho". Aprender para él, en una era tan artificial, no es un trámite... Es una manera de "estar vivo". "Si algún día pierdo mi curiosidad, creo que perdería sentido la vida", concluye.