Kaloyan, en un evento de Google.

Kaloyan, en un evento de Google.

Educación

La resiliencia de Kaloyan, universitario con leucemia: "La carrera me da vida; si la dejara, me sentiría mucho peor"

El joven, de 19 años, utiliza sus estudios de Ingeniería de Software como un balón de oxígeno para entretenerse entre tantas revisiones y tratamientos.

La UMA le ha tendido la mano, igual que a otros chicos con enfermedades graves o discapacidad, para que pueda estar al día.

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Las claves

Kaloyan Dimitrov, estudiante de Ingeniería de Software en la Universidad de Málaga, convive con la leucemia desde la adolescencia y considera que la carrera le da vida.

A pesar de recaídas y dos trasplantes de médula, uno de ellos realizado por su padre, Kaloyan sigue adelante con sus estudios y reconoce el apoyo de algunos profesores y la Oficina de Atención a la Discapacidad.

Ha sido finalista en varios hackathones nacionales y destaca por su brillantez académica, mientras participa en charlas para concienciar sobre la donación de médula.

La enfermedad le ha hecho valorar la importancia de las amistades verdaderas y ha reorientado su vocación hacia el desarrollo de sistemas que ayuden a mejorar los diagnósticos médicos.

"Si la dejara, me sentiría peor. No creo que haya nada que me ayude más". Así habla Kaloyan Dimitrov de su carrera universitaria. Tiene 19 años, llegó a Málaga con apenas dos, y estudia segundo de Ingeniería de Software en la Universidad de Málaga y convive con una leucemia que ha marcado su juventud desde la adolescencia.

Para él, seguir matriculado y estudiando para cada examen es mucho más que una cuestión académica. Es una forma de sostenerse cuando todo a su alrededor tiembla.

La leucemia irrumpió en su vida mientras cursaba primero de Bachillerato, en el sprint final de curso. Desmayos, bultitos por todo el cuerpo y un agotamiento que no le dejaba levantarse de la cama fueron las primeras señales que le indicaron que algo iba mal.

"Pensaba que era por los nervios y la presión de los exámenes", recuerda. Tras varias visitas a urgencias sin respuestas concluyentes, una noche en el Hospital Costa del Sol de Marbella cambió su vida: tras ocho horas de espera, conoció que los valores de sus análisis estaban totalmente alterados, por lo que tenía que quedarse ingresado. Y así comenzaron los días de incertidumbre hasta tener que digerir el diagnóstico definitivo.

Aquel ingreso, que en principio iba a durar un mes, se prolongó durante cinco. El joven pasó cinco meses sin rutina, sin clases... Y acabó enterándose de que un trasplante de médula era la única opción que tenía para seguir viviendo.

En el primer trasplante se sintió todo un afortunado, porque aparecieron varios donantes compatibles con él y, para colmo, funcionó. Aquel golpe de suerte le regaló un año en remisión que le permitió comenzar la universidad con cierta normalidad.

Sin embargo, en enero de 2025 la leucemia reapareció y en agosto tuvo que enfrentarse a un segundo trasplante, que resultó mucho más complejo que el primero. No porque fuera mal, sino que cuando celebraba que había un donante compatible, este se echó atrás justo el día antes de la intervención.

"Al final mi padre fue el que dio el paso, aunque solo era compatible al cincuenta por ciento, pero tuvimos suerte y todo marchó como debía ser", relata.

Aunque no ha sufrido graves consecuencias desde aquel trasplante, la realidad es que vive pendiente de revisiones, tratamientos y resultados. Hace días le detectaron un pequeño porcentaje de células malignas en su organismo y los médicos andaban buscando la forma de frenar la enfermedad sin recurrir a la invasiva quimioterapia.

"Yo me encuentro bien; pero ya no quiero decir nada muy alto", admite, consciente de que la prudencia es casi una norma cuando se ha recaído dos veces y se siente que puede haber una tercera.

Kaloyan con sus amigos en un evento de Google.

Kaloyan con sus amigos en un evento de Google.

En ese contexto, ser universitario con leucemia implica algo más que estudiar desde casa. En Bachillerato contó con profesores que le conocían y adaptaron evaluaciones. En la universidad, donde hay anonimato, esta circunstancia pesa más; la experiencia fue diferente.

"En tres meses no me dio tiempo a hacer amistades fuertes", explica, recordando que cuando empezaron los ingresos apenas tenía a quién pedir apuntes y tampoco "quería molestar" a sus compañeros.

Kaloyán jamás se planteó abandonar, aunque reconoce que conforme iba avanzando en sus tratamientos veía más difícil seguir el hilo de clase. Así, gracias a una enfermera que le atendió, se enteró de que en la UMA existía una Oficina de Atención a la Discapacidad y Enfermedades Graves, donde tramitó un informe que obligaba a adaptar la docencia a su situación inmunológica, ya que tras un trasplante no puede exponerse a grandes grupos por riesgo de infecciones.

Algunos profesores se implicaron especialmente, facilitándole materiales y tutorías individualizadas, aunque no todos se lo pusieron tan sencillo.

Pero los obstáculos eran lo de menos para él. "Meterme en la carrera me ha ayudado a no pensar todo el rato en la enfermedad", reconoce.

Durante el primer tratamiento cayó en pensamientos obsesivos sobre la muerte y llegó a creer que la enfermedad era una especie de castigo que alguien le había mandado.

Con el tiempo entendió que nada de eso tiene sentido y que la leucemia no distingue entre personas buenas o malas. "De hecho, diría que por desgracia, con la gente que he conocido con la enfermedad... Esta elige a la buena gente", lamenta.

La propia universidad, ya conocedora de su circunstancia, le puso precisamente en contacto con otros estudiantes que atraviesan enfermedades graves, con quienes ha participado en charlas para explicar a los demás lo que supone vivir meses aislado y depender de un donante anónimo.

En ellas, comprobó también el desconocimiento que existe sobre la donación de médula, que en la mayoría de los casos consiste en una extracción de sangre prolongada y no en un procedimiento doloroso como muchos imaginan. "Nadie se imagina lo mucho que nos ayudan haciéndose donantes", dice.

En su caso, la enfermedad puso su vida patas arriba. Entrenaba boxeo y siempre soñó con ser piloto, y hoy no puede practicar, al menos de momento, deportes de contacto y ha tenido que redirigir su vocación.

"Aunque siempre soñé con volar, desde que empecé con la enfermedad pensaba que tenía que dedicarme a ayudar a otras personas que estaban pasando por esto. Así que me metí en la ingeniería con el objetivo de desarrollar sistemas que permitan detectar enfermedades antes y agilizar diagnósticos", dice, lanzando una crítica al sistema sanitario: "En ocasiones hay que esperar demasiado para una revisión o recibir un diagnóstico".

A pesar de que su vida universitaria ha estado marcada por ingresos y tratamientos, el talento de Kaloyan no ha pasado desapercibido. En 2025 fue finalista nacional en el Talent4Cyber, un exigente hackathon de ciberseguridad, donde su equipo de la Universidad de Málaga se situó entre los 15 mejores de 95 grupos universitarios de toda España enfrentándose a retos de criptografía, explotación de sistemas...

Ese mismo año volvió a colarse en una final, esta vez en el Health Data Analytics Hackathon de la UMA, compitiendo entre 250 estudiantes en el desarrollo de herramientas digitales para analizar diagnósticos hospitalarios en salud mental.

Y, por si fuera poco, logró el tercer puesto en el Oracle Challenge “Enseña” 3.0, impulsado por Oracle España. Estos resultados demuestran que a pesar de las dificultades, es un perfil brillantísimo.

Un cuadro pintado por Kaloyan en sus tardes en casa.

Un cuadro pintado por Kaloyan en sus tardes en casa.

La enfermedad también le ha hecho entender qué amistades permanecen y cuáles se diluyen cuando la vida se complica. Del colegio conserva un grupo que nunca se movió de su lado, que le grababa vídeos para animarle cuando estaba ingresado y le llenaba la habitación de pequeños regalos que rompían la rutina blanquecina del hospital.

En la universidad, en cambio, todo ha sido más frío. “No es que la gente sea mala, es que no te conocen”, explica. El ritmo acelerado, las clases masivas y su ausencia prolongada hicieron que no llegara a tejer vínculos fuertes antes de recaer. Y pedir ayuda, admite, tampoco resulta sencillo cuando estás en esas circunstancias.

La carrera ha sido un balón de oxígeno para Kaloyán en sus días más difíciles. Él estudia, indaga... consciente de que "pase lo que pase, tengo octubre". Si no puede examinarse ahora, habrá otra convocatoria; si no puede irse de Erasmus a Japón, como siempre soñó, el próximo curso, será más adelante. Si no puede salir y entrar tanto como quisiera, aboga por pasar las tardes leyendo o pintando en casa. Mientras espera a que llegue el fin a su enfermedad, vive el día a día, sigue estudiando y sigue sintiéndose universitario, algo por lo que no está dispuesto a renunciar.