Imagen de una familia de acogida.
No hace falta ser rico ni tener casa propia para acoger en Málaga: 54 niños esperan hogar y las familias reciben apoyo
La Junta de Andalucía ofrece ayudas mensuales y permisos laborales para facilitar la integración de menores de entre 8 y 13 años en nuevos hogares.
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La Junta de Andalucía busca familias para 54 niños tutelados de entre 8 y 13 años que siguen creciendo en centros de protección pese a que acogerlos es, en la práctica, más accesible y está más apoyado de lo que la mayoría imagina.
En la provincia hay ahora mismo 932 menores tutelados por la Junta. De ellos, 286 están en centros de protección, 15 en familias de acogida de urgencia, 65 en acogimiento temporal, 373 en acogimiento permanente y 93 en guarda con fines de adopción; el resto se reparte entre situaciones específicas como reforma, dependencia, fugas o permisos indefinidos.
La Administración regional, según confirma la delegada de Inclusión Social en Málaga, Ruth Sarabia, se ha marcado un objetivo muy concreto: que en 2030 no quede ningún niño menor de 13 años viviendo en un centro, sino integrado en una familia de acogida.
Para avanzar hacia esa meta, el cuello de botella está hoy en 54 menores de entre 8 y 13 años que continúan en recursos residenciales y para los que se buscan hogares.
No faltan plazas, faltan hogares
Sarabia admite que el sistema no tiene un problema de saturación de centros. La Junta reforzó la red concertada en la licitación de noviembre de 2025, previendo un posible aumento de llegadas —incluidos menores extranjeros no acompañados—, y en estos momentos hay alrededor de una veintena de plazas libres.
El énfasis está, por tanto, en cambiar el modelo: que los centros queden reservados sobre todo para adolescentes de 14, 15 o 16 años, con trayectorias familiares más complejas y para los que resulta difícil un encaje en otra familia, y que los niños más pequeños (8, 10, 12 años) vivan en entornos familiares.
Según explica, en los centros hay profesionales y educadores, pero la experiencia demuestra que a nivel psicológico y escolar los menores avanzan mejor cuando están con una familia.
Una de las confusiones que más repite la delegada es la que mezcla acogimiento y adopción. La adopción crea un vínculo irreversible: el niño pasa a ser hijo a todos los efectos legales y la relación se entiende para siempre. El acogimiento, en cambio, nace con vocación de temporalidad, aunque su duración pueda ser muy variable.
Hay acogimientos de urgencia, pensados para bebés o situaciones límite, que duran como máximo unos meses; acogimientos temporales que se prolongan hasta dos años; y acogimientos permanentes que pueden extenderse hasta la mayoría de edad.
En todos los casos, la familia acogedora debe asumir que puede llegar un momento en que el menor regrese con sus progenitores si estos se han rehabilitado —por ejemplo, superando un problema de salud mental o una crisis económica— y los servicios técnicos consideran que es seguro.
Por eso Sarabia insiste en que acoger exige una generosidad especial: abrir el hogar a un niño sabiendo que, llegado el momento, puede marcharse.
Requisitos más flexibles de lo que se cree
El relato de las familias suele estar lleno de peros: creer que hace falta un nivel de ingresos alto, estar casados, tener vivienda en propiedad o reproducir un modelo familiar tradicional. Ni la normativa andaluza ni las entidades especializadas confirman esos prejuicios.
Los pasos formales son claros: asistir a una sesión informativa de unas dos horas, presentar un ofrecimiento como familia extensa (abuelos, tíos, hermanos mayores) o familia ajena, someterse a un estudio psicosocial para obtener la declaración de idoneidad y, si esta es favorable, quedar inscrito en el registro correspondiente.
A partir de ahí, la Administración selecciona la familia que mejor se adapta al perfil del menor, se inicia un periodo de acoplamiento con visitas y salidas y, solo cuando la relación está encarrilada, se formaliza el acogimiento.
Lo que se valora no es tanto el tipo de familia como su capacidad para cuidar: motivaciones adecuadas, estabilidad emocional, capacidad afectiva, aceptación de la historia del niño o la niña, disponibilidad de tiempo, apoyo de la red cercana y actitud para trabajar con los equipos técnicos.
No es obligatorio estar casado, pueden acoger personas solas, parejas del mismo sexo o familias monoparentales. Tampoco se exige vivienda en propiedad: un piso de alquiler es suficiente siempre que el menor tenga un espacio adecuado para dormir, aunque comparta habitación. La estabilidad económica que se pide es básica: que se pueda garantizar alimentación, ropa, medicinas y una vida cotidiana digna.
Apoyo económico, baja laboral y acompañamiento profesional
Otro de los mitos que frenan a potenciales familias es la idea de que el acogimiento sale caro. La Junta tiene regulado un sistema de prestaciones específicas para quienes acogen, que se añaden a los servicios públicos habituales.
Por un lado, existe una prestación básica mensual por cada menor acogido para cubrir gastos ordinarios de manutención (alimentación, ropa, material escolar).
Esta cuantía se incrementa en el caso de acogimientos temporales en familia ajena y se complementa con una prestación específica adicional en acogimientos de urgencia o especializados, que compensa la dedicación y cualificación extra que se exige a estas familias.
Además, hay ayudas extraordinarias para gastos concretos que no cubre el sistema público, como determinados tratamientos odontológicos o de fisioterapia.
A ello se suma el acogimiento como causa de permisos laborales: cuando un menor llega a una familia en acogida, sus cuidadores pueden acceder a un permiso similar a la baja por maternidad o paternidad, lo que permite un tiempo de adaptación sin tener que compaginar desde el primer día la nueva situación con la jornada completa de trabajo.
Desde entidades como Infania recuerdan también que algunas modalidades de acogimiento exigen, incluso, que al menos una persona de la familia esté desempleada, precisamente porque requieren mucha presencia y disponibilidad.
Un cambio silencioso
Durante años, la mayoría de los acogimientos descansaban en la familia extensa: abuelos, tíos o hermanos mayores asumían el cuidado de los menores cuando los progenitores no podían hacerlo. Ese patrón se está moviendo.
Por primera vez, en el último año se ha superado ligeramente el número de familias ajenas —sin vínculo de sangre— respecto a las extensas.
La diferencia aún es pequeña, de apenas media docena de casos, pero supone un cambio de modelo.
Sarabia lo vincula al perfil de muchos adolescentes tutelados: problemas de salud mental, adicciones a las redes, absentismo escolar prolongado, intentos autolíticos. Son realidades que muchos abuelos o tíos no se ven capaces de gestionar, por lo que los menores acaban directamente en el sistema de protección y, cuando es posible, en familias acogedoras sin lazo previo.
Sobre el papel, cualquier menor desde pocos días de vida hasta los 17 años puede ser acogido. En la práctica, hay perfiles que casi siempre se quedan atrás: los grupos de tres o más hermanos, los mayores de siete años y los niños con discapacidad o problemas de salud. La propia normativa andaluza establece que las familias que se ofrezcan para estos casos tendrán prioridad en la tramitación.
Cómo se puede dar el paso
Para quien se plantee acoger, la puerta de entrada está clara: la Delegación Territorial de Inclusión Social de la Junta en Málaga y las entidades colaboradoras especializadas, como Infania y Hogar Abierto. Allí se concierta la sesión informativa, se recogen los formularios de ofrecimiento y se arranca el proceso de valoración.
Una vez formalizado el acogimiento, las familias no quedan solas: los equipos de gestión y las entidades colaboradoras realizan seguimiento periódico mediante entrevistas, visitas al domicilio y coordinación con servicios sociales, sanitarios y educativos. Además de los apoyos económicos, cuentan con profesionales —psicólogos, educadores, médicos— y teléfonos de atención para afrontar dudas o crisis.