Los tres protagonistas del reportaje: Rubén, Lulú y Pilar.
Así es ser malagueño y vivir fuera el 28-F: "Aquí no se burlan de mi acento, al contrario; lo andaluz es respetadísimo"
Ana María, Rubén y Pilar viven el Día de Andalucía a bastantes kilómetros de su tierra, pero tratan de disfrutarlo pese a la distancia, cada uno a su forma.
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El Día de Andalucía tiene algo que no se pierde con los kilómetros. No importa que amanezca con cierzo en el valle del Ebro, con lluvia sobre los canales del norte de Europa o con calor africano en pleno verano austral en Sudáfrica. El 28 de febrero sigue encontrando la manera de colarse en una oficina, en una comida improvisada entre emigrantes o en una conversación con unos hijos que han crecido lejos del Mediterráneo.
Han cambiado el mar y la arena malagueña por otros paisajes. En algunos casos cambia el idioma que se escucha por la calle, pero lo que el corazón siente un 28-F permanece sea cual sea la distancia a la que uno se encuentre de su Andalucía Natal y si no que se lo digan a tres malagueños que viven este día lejos de su gente. Rubén lo celebra desde Zaragoza, Ana María, desde Países Bajos y Pilar, desde Sudáfrica. Los tres salieron de Andalucía en momentos distintos y por motivos diferentes, pero comparten una misma escena cada febrero: la necesidad de explicar, recordar y reivindicar de dónde vienen.
Rubén: un mural y una sorpresa inesperada
Rubén.
Rubén lleva tres años celebrando el Día de Andalucía en Zaragoza y, en ese tiempo, ha conseguido que el 28-F deje de ser una fecha invisible en su entorno laboral. El primer año decidió llevar tortillas al trabajo, imprimir un mural con andaluces insignes, colocar poemas de Federico García Lorca por la oficina y hasta comprar un geranio para ambientar el pequeño rincón verde y blanco que improvisó entre mesas y ordenadores.
Aparentemente, en un grupo de zaragozanos funcionarios aquellos gestos podrían haber sido insignificantes. Pero el año pasado, los compañeros y amigos de Rubén fueron los que decidieron sorprenderle a él. "Una de mis compañeras no es andaluza, pero ha vivido El Rocío y apareció con una caja llena de flores y pañuelos y tal y nos hicieron una especie de recibimiento", confiesa entre risas Rubén, aunque no comparte la foto de aquel día porque sabe que sus compañeros le matarían.
El set de la oficina de Rubén el Día de Andalucía.
En la oficina hay otra chica andaluza y juntos volvieron a hacer esta semana de la oficina un rinconcito de Andalucía. Encontraron cinta con la bandera andaluza para confeccionar pulseras, hicieron banderas con cartulina y no faltaron tampoco las flores y peinetas. "Hicimos hasta una foto hecha con IA en modo flamenco que luego fuimos repartiendo como una estampa", cuenta Rubén.
Rubén insiste en una idea que quiere dejar clara. Frente a quienes creen que lo andaluz se mira con condescendencia fuera, su experiencia en Zaragoza es la contraria. Habla de respeto, de admiración y de "un interés real por el flamenco y la cultura andaluza" que se traduce incluso en academias de baile donde buena parte de las actuaciones de fin de curso son sevillanas o palos flamencos. “Aquí no se burlan de mi acento, al contrario; lo andaluz es queridísimo y respetadísimo”, explica, convencido de que el 28-F también sirve para desmontar prejuicios.
Ana María en Países Bajos: las redes unen
Lulú.
La historia de Ana María arranca en 2013, en unos años complicados de crisis económica. Tenía trabajo de lo suyo en Málaga, pero el salario no le permitía ni siquiera compartir una habitación y la inestabilidad empezó a derivar en un trastorno de ansiedad que la obligó a replantearse el futuro. Muy joven, decidió marcharse a Países Bajos como au pair con la idea de pasar un año fuera y tomar un soplo de aire fresco. A los tres meses conoció a quien hoy es su pareja, un holandés, y ese paréntesis se convirtió en casi trece años de vida.
Con el tiempo, y gracias a las redes sociales, fue encontrando a otros andaluces que habían salido por razones similares. Entre mensajes y conversaciones virtuales nació una pequeña comunidad que hoy se reúne para cocinar, recordar expresiones propias y lanzarse pullas entre provincias con la complicidad de quien comparte origen. "Todo fue gracias a Twitter", explica la joven; para ella, el 28 de febrero es una de esas fechas señaladas en las que este grupo de buenos amigos queda, este año en Breda, en un restaurante llamado El Quinto Pino, con un código de vestimenta muy concreto: camisetas andaluzas.
Pilar en Sudáfrica: el 28-F en verano y entre safaris
Pilar.
En el caso de Pilar Peña, marbellí afincada en Sudáfrica desde hace trece años, el 28-F llega con calor y cielos despejados. Febrero coincide allí con el verano austral y con las vacaciones escolares de sus hijos, lo que le permite convertir esos días en una experiencia familiar distinta. Han aprovechado para hacer un safari (ella se dedica a organizarlos) y, entre paisajes africanos y atardeceres anaranjados, aparece inevitablemente la conversación sobre Andalucía.
“Siempre que llega febrero me acuerdo de mi Andalucía”, confiesa. Durante esos días les cuenta a sus hijos cómo vivía el Día de Andalucía de pequeña en Málaga, intenta reconstruir recuerdos de cuando era niña; y busca la manera de inculcarles una cultura que forma parte de su identidad aunque ellos estén creciendo a miles de kilómetros.
En los coles de sus hijos no hay niños tocando el himno con la flauta dulce, ni reparten molletes con aceite y sal. Pero ellos conocen bien las tradiciones gracias a su madre, que mantiene viva la conexión con su Málaga.
Después de una trayectoria profesional intensa en el periodismo y de haber rehecho su vida en el sur de África en Leopard, una agencia especializada en viajes a medida por el sur de África, Pilar no renuncia a esa parte de sí misma que sigue siendo andaluza, al igual que sus otros dos paisanos, que han aprendido que los andaluces, incluso a miles de kilómetros siguen encontrando un buen sitio donde brindar y poner en valor sus raíces.