Durante años, Europa creyó que regular a las grandes tecnológicas estadounidenses era suficiente. Ahora empieza a entender que el verdadero problema no era regularlas, sino depender de ellas para prácticamente todo.
El detonante se explica muy bien: la segunda administración Trump ha convertido una vieja discusión técnica, la soberanía digital, en una cuestión de supervivencia política.
Francia ha decidido que sus 2.5 millones de funcionarios dejen de utilizar Zoom, Microsoft Teams, Webex o GoTo Meeting y pasen a Visio, una plataforma propia, antes de 2027. No es un gesto simbólico ni una pataleta gaullista: es la constatación de que un Estado no puede seguir celebrando reuniones sensibles, compartiendo documentos o almacenando datos estratégicos en infraestructuras sometidas a jurisdicciones ajenas y a presidentes imprevisibles.
La cuestión no es si Microsoft, Google, Amazon o Zoom son buenos o malos. La cuestión es que son estadounidenses, están sometidas a legislación estadounidense, y pueden verse obligadas a cumplir decisiones políticas estadounidenses.
El episodio del fiscal de la Corte Penal Internacional Karim Khan, sancionado por Trump y privado de servicios esenciales actuó como una bofetada: de pronto, la dependencia dejó de ser una abstracción para convertirse en un interruptor.
La soberanía digital no consiste en comprar peor software simplemente porque tenga bandera europea
La administración francesa ya habla abiertamente de “salir de las dependencias extraeuropeas”, y exige a sus ministerios planes concretos sobre puesto de trabajo, herramientas colaborativas, antivirus, inteligencia artificial, bases de datos, virtualización y redes, según el propio gobierno francés. Traducido: no basta con cambiar Teams por otra herramienta. Hay que repensar toda la pila tecnológica del Estado.
El problema es que Europa llega tarde. Muy tarde. Un informe del Parlamento Europeo lo dice sin demasiados rodeos: las empresas estadounidenses dominan prácticamente todas las capas relevantes del software y del cloud europeo.
Hemos construido nuestra administración, nuestras universidades, nuestras empresas y buena parte de nuestra innovación sobre plataformas de otros… y después nos sorprendemos al descubrir que quien controla la plataforma controla también las condiciones de uso, los precios, las reglas y, en último término, la autonomía de quien depende de ella.
La reacción europea empieza a tomar forma: Francia empuja LaSuite, Visio, Tchap o Scaleway. Alemania y otros países avanzan hacia soluciones abiertas. La Comisión Europea ha lanzado el Digital Commons EDIC para coordinar infraestructuras digitales abiertas, interoperables y reutilizables. Y los medios de comunicación norteamericanos ya empiezan a tratar el movimiento no como una rareza administrativa, sino como una tendencia estructural.
Pero conviene no engañarse: sustituir dependencia estadounidense por proteccionismo europeo cutre sería un error monumental. La soberanía digital no consiste en comprar peor software simplemente porque tenga bandera europea.
Europa tiene ahora una oportunidad extraordinaria, pero también muy poco tiempo
Consiste en poder elegir, auditar, migrar, interoperar y mantener el control. Consiste en apostar por estándares abiertos, software libre, infraestructuras verificables y competencia real. Como advierte el Atlantic Council, el debate puede derivar fácilmente hacia una “Fortaleza Europa” ineficiente si se confunde autonomía con aislamiento.
Lo más interesante es que Donald Trump ha hecho por la soberanía digital europea más que veinte años de conferencias, informes y declaraciones solemnes: ha convertido el riesgo en algo claramente visible. Ha demostrado que la dependencia tecnológica no es solo una cuestión de eficiencia, sino de poder.
Y cuando el proveedor de tu correo, tu nube, tu videoconferencia, tus modelos de inteligencia artificial y tus sistemas operativos responde en última instancia a otra jurisdicción, tu soberanía es, sencillamente, condicional.
Europa tiene ahora una oportunidad extraordinaria, pero también muy poco tiempo. Puede seguir actuando como una colonia digital que regula con severidad aquello que no es capaz de construir, o puede empezar a tomarse en serio su propia infraestructura.
No para romper con Estados Unidos, sino para relacionarse con él desde una posición menos infantil. La verdadera alianza no se basa en la dependencia, sino en la capacidad de decir que no.
Porque la pregunta ya no es si Europa quiere usar tecnología estadounidense. La pregunta es si puede permitirse no tener alternativa. Y la respuesta, por fin, empieza a ser evidente.
***Enrique Dans es profesor de Innovación en IE University.