La inconsistente excusa dada para rechazar la OEDE del juez Llarena refleja la escasa, por no decir nula, voluntad real de cooperar de la Justicia belga. Pero, incluso así, hay que cursar una nueva orden de entrega.

El último episodio del drama en el que se están convirtiendo las euroórdenes cursadas por España para conseguir que Puigdemont y los exconsejeros prófugos se sienten en el banquillo -qué menos- y respondan de una de las acusaciones más graves que existen en el Código Penal es la historia de una deslealtad.