El abanico de Soraya Sáenz de Santamaría, durante el discurso.

El abanico de Soraya Sáenz de Santamaría, durante el discurso. Efe

Política

Crónica en B del Congreso del PP: "Ser compromisario es muy duro"

Este es el relato de los compromisarios más jóvenes, que buscaron comida en un bar de carretera para que el coste del viaje les cuadrara.

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La escena, en un bar de carretera. Un garito frente al hotel que encumbrará al nuevo presidente del PP. El dramatis personae es bastante uniforme: jóvenes compromisarios que necesitan un bocadillo de cuatro euros para que el viaje les cuadre. "El autobús, la cama y las comidas... Todo de nuestro bolsillo", comenta uno orgulloso, consciente de que su servicio a la patria chica de Génova pasa desapercibido.

A lo que íbamos. En este comedor donde la calidad del plato es inversamente proporcional al cariño brindado por los camareros, un compromisario casi cae al suelo porque otro le ha robado la silla sin darse cuenta. "¡Eh, eh! ¡Está ocupada! Pareces de Ciudadanos". Recibe como respuesta una sonrisa forzada, pero el increpante no se da cuenta y apuñala de nuevo. Coge al ladrón por el carné que le cuelga del cuello y añade: "¿Valencia? ¡Uff! Lo que decía, de Ciudadanos".

Crónica B del Congreso del PP: "La vida del compromisario es dura" Carmen Suárez

Albert Rivera es el fantasma de cabecera en este cónclave de sol abrasador y aire acondicionado asesino. "Sí, sí, es muy peligroso. No sé cuántos, pero yo creo que aquí hay alguno que le vota", reseña uno de estos compromisarios relegados al bocata, a pesar de que su papeleta vale lo mismo que la del resto. En otro corrillo se refieren al líder de Cs como "el afamado novillero". Y hasta ahí, estilo Voldemort. Tan sólo, "el novillero".

Las vivencias de los compromisarios sin canas trazan la crónica en B del Congreso popular. Un relato que se hilvana sin nombres propios, entre bambalinas, pero protagonizado por quienes auparán al mesías. Los exministros, mientras, toman cañas en el hotel. Cada una de ellas cuesta lo mismo que estos bocatas de tortilla templada tirando a fría.

"No nos pagan nada"

"Que no, que no, que no nos pagan nada", cuenta uno recién llegado de La Rioja, que fuma un cigarro casi con violencia, como si se tratara de un mejunje isotónico tras la maratón. Se queja de que el PP les ofreció "una oferta" para quedarse en este hotelazo, pero luego... "¡Me metí en Booking y estaba más barato!". Ay. Una gotita de demagogia basta para que planee la sombra de la comisión. Con la última calada, se despide: "A mí no me han presionado. Creo que Soraya me tenía en su lista negra desde el principio. A ver qué pasa".

En este "país de las maravillas" todos van a ganar, todos lanzan piropos y si no... guardan silencio. El compromisario, como reconoce uno de ellos incluso ante las cámaras, se juega el pescuezo. Si acierta, podría conseguir un trabajo. Pero si falla, casi seguro que pierde los boletos. "Yo vengo tranquilo porque estoy jubilado", cuenta un tipo que todavía no ha tenido tiempo para colgarse la acreditación. Aclara este punto: "¡Es que acabo de llegar! ¡Estoy orgulloso de ser de derechas!".

Una de las ventajas de escribir en B es encontrarse con guiones sólo a la altura de Jardiel Poncela. Vean esto, estrictamente verídico. Habla el presidente del PP en Suiza: "Durante el año, convocamos algunas actividades. Por ejemplo, damos cursos a los españoles residentes allí para enseñarles a pagar los impuestos". Lo dice tan en serio que no pilla la broma recibida como respuesta. No habrán financiado ustedes este Congreso, ¿verdad? "¡Qué va! ¡Tenemos muy poquito presupuesto!".

Aunque -casi- ninguno de ellos soñaba con ser compromisario cuando era niño, hoy sonríen como si estuvieran cumpliendo un sueño. Se saben decisivos, trascendentes y ofrecen mítines como respuesta ante cualquier asunto que se les plantee: Cataluña, el Valle de los Caídos, la Constitución... A la mayoría le brillan los ojos y esconden bajo la almohada el oscuro deseo de recibir una ovación como la que encuentran Casado y Santamaría cada vez que atraviesan el pasillo.

No es tan gruesa la barrera entre el político y el compromisario de a pie, entre el que posa para el selfie y quien sonríe mientras aprieta el botón. Díganselo a Casado, que hace dos telediarios escalaba en Nuevas Generaciones.

Para el segundo turno, ya se han acabado los bocatas de jamón y queso. Soraya no ha traído pizzas. Las gastó todas en su comida con ministros y ministrables. Encargó un completo: vegetal, barbacoa, cuatro quesos... -menú cortesía de Íñigo de la Serna-. Hoy nada de nada. Quizá por eso, los hambrientos, que son más de los que parece, hayan votado con la esperanza de que Pablo les premie con un Jai Alai y su especialidad veraniega: merluza fría con ensaladilla rusa.