Los líderes de Podemos visten zapatillas de marca.

Los líderes de Podemos visten zapatillas de marca. EFE

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Populares y podemitas: por los pies los conoceréis

Los castellanos y los náuticos en día de lluvia y barro delatan a los compromisarios del PP. Enfrente, los de Podemos calzan orgullosos botas montañeras, aunque sus líderes lucen zapatillas de marca. 

La humedad cala por los pies. Aquí y allá, en Vistalegre y en la Caja Mágica. En la puerta de Vistalegre II, la gente se refugia de la lluvia helada como bien puede; pasa un señor rogando una entrada para el domingo, y una cuadrilla vasca se vale de la ikurriña como paraguas, saltando con la bandera y las botas de campo. Otros venden su historia de luchas: una hermana desahuciada en Orense... y los loteros, siempre los loteros, que anuncian que me van a sacar del paro con un décimo acabado en "6". Que sí se puede y sí toca...

De un congreso a otro, de Cospedal a Errejón, del barrio de San Fermín a Carabanchel entre pancartas y zapatos. Sólo por el calzado, uno ya percibe que está ante dos mundos diferentes en estas cosas congresuales. Dicen que el hombre -o el compañer@- se viste por los pies. Y es cierto. Si los peperos van en castellanos y náuticos, a pesar de la metereología, el podemismo viene uniformado con botas recias de montañismo y la bandera de la región que toque. En el escenario, priman las zapatillas de marca. 

Lo más parecido a un café cerca de la Caja Mágica es un colmado, Bodega Sanz, donde no andan muy al loro del congreso del PP y tienen puesto el culebrón de Antena 3. El suelo del barrio está embarrado en cuanto acaba el asfalto, y todo coche oficial tiene que pasar por un descampado donde una camioneta de feriantes desafía al óxido y juega probablemente a sobrevivir, ahora que no hay fiestas patronales por España.

Los compromisarios hablan de la delgadez y el buen tipo de Cospedal. Y hay cierto runrún por eso del pucherazo, pero es sacar yo el tema y que me vayan mirando raro

Cerca de la entrada de la Caja Mágica, entre coches con cristales tintados y dos rubias mozas y convencidas de Badajoz, me cruzo con cuatro acreditados de la zona de Ghana -dicen- que parece que no hablan inglés y llevan la credencial con un donaire cachondo. Antes, un vecino me cuenta que no ha visto nada especial y me pregunta si Rajoy va "a ser capaz de llenar eso [la Caja Mágica] tres días seguidos: hasta a Nadal le costaba".

Ya dentro, los compromisarios hablan de la delgadez y el buen tipo de Cospedal. Y hay cierto runrún por eso del pucherazo, pero es sacar yo el tema y que me vayan mirando raro en tanto que han hecho el favor de admitirme en el corro. También cotorrean sobre los tacones y lo bien que se cuidan las damas populares.

En la misma puerta de la Caja Mágica y convencido de que sólo lo ven los suyos, otro compromisario, por encima del bien y del mal, tira a la basura la maleta del congreso. No hay ningún sesgo ideológico en el gesto, no; pero se da cuenta de que lo he visto y corre a recuperarla. La maleta es de franela mala, como la de las autoescuelas, pero aquí este señor comprende que ha cometido una blasfemia contra el partido. Y con un maletín. Un maletín al que se le borra el logo con la uña.

Al otro lado, en Vistalegre pasan voluntarios y un señor triste y con bigote que casi mendiga una entrada para el domingo con un cartel a rotulador. Un emigrante de Alemania me regala una revistilla de a euro con una caricatura de Errejón. Llueve en Madrid el día en que canta la Pantoja en el Palacio de los Deportes y ha venido Susana Díaz (valga la redundancia) a abanicarse entre alcaldes de los suyos.

Una voluntaria, o compañera acomodadora o como se diga, me pregunta por el peso y grosor de mi mochila y me deja pasar cuando ve mis deportivas de saldo

A la hora del almuerzo se arrejuntan los más veteranos de Podemos en La Ardosa, tasca de misa de doce y de vermut de una. A veinte metros del sagrario de la Parroquia de San Roque -erigida por donaciones del barrio-, en torno a un barril y unas morcillas poco veganas, se discute sobre los vientres de alquiler. Y yo miro al suelo, a sus pies.

De vuelta a la plaza una voluntaria, o compañera acomodadora o como se diga, me pregunta por el peso y grosor de mi mochila y me deja pasar cuando ve mis deportivas de saldo. Y eso que, menos la de España, ha visto pasar hasta la enseña del nacionalismo cántabro, que ya son ganas.

Fue Sabina quien escribió eso de que las niñas ya no quieren ser princesas. Quizá lo que quieran las niñas sea una concejalía; unas con tacones de aguja, otras con la punta de acero. Pero siempre en Madrid se viste por los pies.