Pedro Sánchez, en el mitin de cierre de campaña en Barcelona.

Pedro Sánchez, en el mitin de cierre de campaña en Barcelona. EFE

España ELECCIONES GENERALES 10-N

El PSOE contiene la respiración y exprime al máximo el miedo a Vox para no bajar de los 123

Los dirigentes del PSOE confiesan que su aspiración es un resultado similar al del 28-A. La campaña hace trizas la esperanza de una mayoría cómoda. 

"¡Se me ponen los pelos de punta!". El secretario general del PSOE madrileño, José Manuel Franco, repitió varias veces la misma expresión en Alcalá de Henares (Madrid), donde se celebró el primero de los dos mítines con el que Pedro Sánchez cerró la campaña electoral del 10-N. Por un segundo, algún militante despistado podría no saber si la expresión se refería a la emoción del momento o a los nervios por los resultados del domingo. 

En realidad, Franco, número tres por Madrid, se refería a las en torno a 2.000 personas que abarrotaban ese pabellón multiusos de la ciudad complutense, que brindaron a Sánchez un mitin cálido antes de que se fuese a Barcelona, ciudad donde ante más de 3.000 puso el broche final a una campaña extenuante. Para el que más, para él, con permiso de Albert Rivera. 

El PSOE no fingía euforia este viernes. No daba por segura la victoria. No podía prometer, más que vagamente, que el 11 de noviembre la aritmética parlamentaria hará más fácil que hasta ahora un acuerdo que desbloquee el país. En Ferraz aún creen que puede haber hasta un 20% de ciudadanos indecisos que pueden decidir las elecciones y confían en que sean ellos quienes sellen la victoria socialista. Pero, como decía hace tiempo Sánchez, "ganar no es gobernar". 

Dirigentes socialistas creen que el PSOE puede subir, pero muy pocos hablan de un incremento que vaya más allá de dos o cuatro escaños, que son los mismos que los más pesimistas creen que bajarán. "Dos arriba, dos abajo", pronosticaba uno de los alcaldes destacados del partido.

El PSOE contiene la respiración y exprime al máximo el miedo a Vox para no bajar de los 123

La campaña electoral, de nuevo, se le ha dado regular a Sánchez. A una estrategia en el debate dirigida exclusivamente a limitar los posibles errores y daños, pero no a la ofensiva ni de confrontación con la extrema derecha siguió el traspiés de prometer la vuelta de Carles Puigdemont a España para que sea juzgado, algo que no depende de él, y aseverar que la Fiscalía General del Estado "depende" del Ejecutivo, cuando es autónoma. 

La campaña que destruye la subida

La campaña ha hecho trizas uno de los presupuestos con los que el PSOE acudió a las urnas. Los que achacan a Sánchez la convocatoria creen que las convocó para subir como la espuma. Los que creen que el líder del PSOE fue una víctima de la intransigencia ajena, daban por hecho que los españoles sabrían recompensarle. Ni las encuestas internas de los últimos días ni el sentimiento de los dirigentes del PSOE consultados apuntan a esa gran victoria. Si se produce, será inesperada. 

La campaña ha girado en los últimos días una vez que el PSOE se ha dado cuenta de que los trasvases de voto desde Ciudadanos no fluían tanto como querían. Unidas Podemos resistió mejor de lo previsto y eso forzó a los socialistas a tratar de resucitar la estrategia del 28-A, que se basó en la foto de la madrileña plaza de Colón y la necesidad de parar a la extrema derecha. 

El propio Sánchez lo dijo así en su cierre de campaña en Barcelona. Hay que ir a votar para "que haya Gobierno, frenar a los franquistas y tener un Gobierno progresista que luche por la Justicia social de todos los españoles".

"Frenar a los franquistas"

"Frenar a los franquistas" afinó Sánchez tras referirse a aquello para lo que la Historia europea tiene un nombre y no hace falta decirlo, como dijo en su mitin previo, en Madrid, y en sus dos entrevistas de la mañana. La exposición de Sánchez en esta campaña ha sido enorme en los medios de comunicación, más que nunca antes, quizás como un esfuerzo extra por comunicar directamente con los ciudadanos ante los malos augurios. 

En Alcalá de Henares, las ministras de Justicia, Dolores Delgado, y de Trabajo y Seguridad Social, Magdalena Valerio, gritaban sin ambages: "fascistas!", "¡homófobos!", "¡racistas!", "¡machistas!". El público aplaudía enfervorecido. Vox mantiene prietas las filas. Que vaya tercero en los sondeos, curiosamente en todos menos el CIS, al que en teoría el PSOE da más credibilidad, permite dibujar un Frankenstein de derechas, como sugirió el sábado el secretario de Organización, José Luis Ábalos, al describir un Gobierno con Pablo Casado y Santiago Abascal. La suerte está echada en el PSOE, pero es posible que Pedro Sánchez no duerma muy bien hasta el domingo.