La llamada llegó desde Siberia y de madrugada. Una investigadora había muerto, un instituto dedicado a estudiar microorganismos peligrosos activaba medidas extraordinarias y comenzó a circular una palabra que Europa recuerda: peste. En algún lugar, alguien añadió después un tubo roto y una bacteria escapando del laboratorio.

Podría ser el comienzo de una novela de ciencia ficción. Durante los últimos días se ha parecido demasiado a una noticia. El 2 de octubre murió una trabajadora de 28 años del Instituto Antipeste de Irkutsk después de ingresar con una neumonía grave.

Algunos medios de comunicación hablaron de exposición laboral a la bacteria Yersinia pestis y cerca de doscientas personas habrían quedado bajo vigilancia. Nature resumió lo que conocemos y, sobre todo, aquello que seguimos sin saber.

Conviene empezar por los hechos.

Rusia comunicó a la Organización Mundial de la Salud que ni la fallecida ni sus allegados habían dado positivo para ningún patógeno de alto riesgo. Los contactos permanecieron asintomáticos y las autoridades negaron que hubiera existido un accidente de bioseguridad.

La OMS introduce una cautela a tener en cuenta: seguimos sin conocer la causa de la muerte y, debido al trabajo de la científica, una exposición laboral no puede descartarse por completo. A 17 de octubre, tampoco existe evidencia de transmisión asociada a este episodio.

Ergo, nadie ha demostrado que una cepa haya escapado en Siberia. Entre "una investigadora murió por una neumonía sin diagnóstico" y "la peste salió de un laboratorio ruso" cabe una pandemia entera de titulares.

La enfermedad, sin embargo, existe. Nunca desapareció y sigue produciendo casos humanos, sobre todo allí donde Yersinia pestis circula entre pequeños mamíferos y las pulgas que los parasitan.

La bacteria puede producir tres formas principales de enfermedad. La peste bubónica, la más frecuente, suele comenzar tras la picadura de una pulga infectada y provoca los famosos bubones: ganglios inflamados, dolorosos y llenos de patógenos.

Si Y. pestis alcanza la sangre puede aparecer peste septicémica. Si infecta los pulmones llegamos a la forma que realmente preocupa ante un hipotético accidente de laboratorio: la peste neumónica.

Esta última puede expandirse entre personas mediante secreciones respiratorias y progresar con una velocidad exponencial. Sin tratamiento precoz puede matar en muy poco tiempo; la OMS advierte que el desenlace fatal puede producirse entre 18 y 24 horas después del comienzo de los síntomas.

Eso merece respeto. Mas no convierte automáticamente a Y. pestis en otro SARS-CoV-2: la transmisión de la peste neumónica suele requerir proximidad con una persona enferma y permite recurrir a herramientas que conocemos bien —aislamiento, diagnóstico, rastreo y medicación inmediata—.

El brote de Madagascar de 2017 evidenció que puede haber transmisión entre humanos, aunque también que esa cadena puede combatirse con medidas sanitarias clásicas. Además, disponemos de una ventaja gigantesca que nuestros antepasados no tenían: los antibióticos.

En 2025, un ensayo publicado en The New England Journal of Medicine demostró que ciprofloxacino oral durante diez días no era inferior a una estrategia que incorporaba inicialmente aminoglucósidos para tratar la peste bubónica. Gentamicina, doxiciclina y otras opciones también forman parte del arsenal utilizado según la presentación clínica.

Eso tampoco autoriza la tranquilidad absoluta. Se han encontrado cepas resistentes y en 1997 The New England Journal of Medicine describió una Y. pestis multirresistente portadora de un plásmido capaz de transferir resistencia a varios antibióticos.

Por eso, si mañana se confirmara un escape en Irkutsk, lo primero sería saber qué bacteria salió realmente. Habría que identificar y secuenciar la cepa, estudiar su sensibilidad a los tratamientos y reconstruir con rapidez quién estuvo expuesto.

Los casos sospechosos de peste neumónica deberían aislarse y ponerles antibióticos sin esperar a que la enfermedad avanzara. Los contactos estrechos tendrían que ser vigilados y recibir profilaxis; la OMS recomienda siete días en situaciones de exposición.

El peligro dependería, por tanto, de preguntas bastante menos cinematográficas que la palabra Siberia. ¿Hubo riesgo de expansión?, ¿existe transmisión entre personas?, ¿cuántas?, ¿qué sensibilidad presenta la cepa? Responder rápido modifica enormemente el escenario.

Queda una pregunta lógica: ¿tenemos vacunas después de tantos siglos conviviendo con la peste?

Existen vacunas, aunque la respuesta requiere matices. Rusia y China utilizan desde hace años EV76-NIIEG, una versión viva atenuada de Y. pestis. Continúa autorizada en esos países y también se ha empleado en campañas en Mongolia.

No es, sin embargo, una vacuna equivalente en evidencia y utilización a las que recibimos habitualmente en Europa. La protección a largo plazo no está bien cuantificada, exige revacunaciones y existen dudas sobre la seguridad del uso de una bacteria viva atenuada.

Las viejas vacunas de patógenos inactivados tampoco resolvieron el problema. La utilizada durante décadas en Estados Unidos dejó de producirse en 1999 porque provocaba efectos adversos, la protección duraba poco y funcionaba peor frente a la temible forma neumónica.

La generación siguiente intenta utilizar dos proteínas de la bacteria, F1 y V, para enseñar al sistema inmunitario a reconocerla sin administrar el microorganismo completo.

Hay formulaciones en ensayos clínicos y Rusia autorizó en 2024 una vacuna basada precisamente en esos antígenos. También existen candidatos con vectores virales, bacterias modificadas y ARN mensajero.

El problema vuelve a ser la evidencia. La peste humana es demasiado infrecuente para organizar con facilidad grandes estudios de eficacia y sería inaceptable infectar deliberadamente a personas vacunadas para comprobar si sobreviven. Buena parte del desarrollo debe apoyarse por ello en inmunidad humana y protección demostrada en animales.

No podemos dar, por tanto, ese porcentaje tranquilizador que tanto nos gusta escuchar: "Esta vacuna protege al 94%". La OMS no recomienda una vacunación general contra la peste y la reserva para situaciones de riesgo especial, como determinados trabajadores de laboratorio o sanitarios expuestos.

Volvamos finalmente a Siberia.

Rusia asegura que realizó más de 5.500 pruebas sin detectar microorganismos de alta peligrosidad, todos los contactos terminaron su vigilancia sin síntomas y la OMS no recomienda restricciones de viajes ni comercio.

Hay, sin embargo, una ausencia que alimenta la sospecha: seguimos sin conocer qué mató a aquella joven. Pedir esa información es sensato; rellenar el hueco con una cepa secreta, un tubo roto y la cuarta pandemia de peste pertenece todavía a la literatura.

Quizá esa sea la moraleja menos microbiológica del episodio. A Yersinia pestis sabemos cómo buscarla, aislarla y, generalmente, cómo matarla; resulta bastante más difícil contener un vacío de información cuando empieza a multiplicarse.

Si alguna vez la peste escapara realmente, habría razones para actuar con enorme rapidez. Después de la COVID-19 deberíamos haber aprendido también otra cosa: el peligro exige ciencia; el pánico se conforma con un buen titular.

La peste puede matar a una persona. El miedo posee una ventaja biológica formidable: puede propagarse incluso cuando la bacteria nunca salió del laboratorio.