Nazaret Castellanos antes de su entrevista con ENCLAVE ODS.

Nazaret Castellanos antes de su entrevista con ENCLAVE ODS. Javier López-Dóriga

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Nazaret Castellanos, neurocientífica: "Nos enseñan idiomas e historia, pero no sabemos descansar"

La experta expone la relación entre la mente y el cuerpo y defiende que no existe salud física sin salud mental y al revés.

Más información: Paul Goldsmith, neurólogo: "El cerebro sigue respondiendo a correos electrónicos y facturas como si fueran depredadores"

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Hace 300 años, Descartes dividía al ser humano en dos partes, el alma (o la mente) y el cuerpo. Sin embargo, la neurociencia ha demostrado que esa frontera es mucho más difusa: no existe salud física sin salud mental, ni al revés.

Una de las personas que más conocen esta relación es la neurocientífica Nazaret Castellanos. Desde hace años, defiende que el bienestar no depende solo del cerebro, sino de una conversación constante de este con el intestino, la respiración, el corazón y el movimiento.

La investigadora ha expuesto recientemente esta relación durante su intervención en el evento Psyche –dedicado al bienestar y la salud mental– en Madrid. Frente a la urgencia y la sobreexposición que marcan la vida contemporánea, ella propone que volvamos a escuchar al cuerpo como una vía de prevención y autocuidado.

Respirar, moverse, cuidar la alimentación y entrenar la atención son, para Castellanos, herramientas cotidianas con impacto real. Eso sí, "escuchar al cuerpo no significa obedecer cualquier impulso", sino aprender a interpretar lo que ocurre dentro para responder mejor al estrés, la ansiedad o el cansancio, advierte.

Usted defiende que el cuerpo no es solo un soporte de la conciencia, sino una parte imperativa de ella. ¿Cómo es esa interacción?

Lo primero es dejar claro que el cuerpo y la conciencia son distinguibles, pero no son separables. Yo puedo pues distinguir entre un proceso mental y uno corporal. Los puedo diferenciar, pero uno alimenta al otro.

Por ejemplo, cuando estamos tristes o estamos atravesando un momento complicado, tenemos más, nos ponemos enfermos más veces, tenemos problemas digestivos, incluso podemos sufrir algunos dolores.

En el sentido contrario pasa exactamente igual. Si mi cuerpo no está lo más saludable posible, eso afectará a nuestro estado emocional. Por eso, mi grupo y yo nos dedicamos a mantener la salud mental a través del cuerpo, siempre desde la prevención. Cuidando una parte, preservamos también la otra.

Esto se basa en tres ejes principales: el ejercicio físico, la dieta y la estimulación cognitiva, una regulación para llegar a la mente a través del cuerpo.

Habla del impacto del intestino sobre el cerebro. ¿Hasta qué punto lo que comemos hoy está determinando nuestra salud mental de mañana?

Es una cuestión muy importante porque el cerebro recibe la información de todo el cuerpo. El intestino tiene un conjunto de microorganismos, la microbiota, que se alimenta de lo que comemos y que afecta a la actividad cerebral.

Lo hace a través del nervio vago que envía la información de este órgano digestivo al cerebro, concretamente a la zona más emocional, y él actúa según lo que llega.

Una persona con mala alimentación y una microbiota que no está en buen estado, tiene más probabilidades de tener más ansiedad y depresión. Incluso, puede aumentar el riesgo de tener malas relaciones personales.

Aun así, cuando hablamos de estos hábitos saludables, hay que entender que comer bien no es suficiente para estar bien, hace falta un cuidado integral que incluya también el ejercicio físico.

Estamos en una sociedad de hiperconectividad y sobreexposición digital. Desde la neurociencia, ¿cómo afecta este entorno a nuestra capacidad de interocepción, es decir, de escuchar lo que nuestro cuerpo nos dice antes de colapsar?

Ahora tenemos muchos más estímulos exteriores, aunque no les prestemos atención conscientemente. Cuando caminamos por una ciudad, el cerebro procesa cada sonido que oiga o cada cosa que vea.

Eso lo que provoca es una sobrecarga de información que nos obliga a invertir muchos más recursos cognitivos porque estamos continuamente en alerta. Al final, todo esto se traduce en una menor capacidad por nuestra parte para escucharnos a nosotros mismos, a nuestro cuerpo. Vivimos en una continua sensación de ajetreo.

¿Qué se puede hacer contra esto?

La mejor herramienta para combatirlo, para buscar el equilibrio, es la naturaleza. Ya lo explica la teoría de la biofilia, que busca la restauración de la atención y la reducción del estrés a través de este tipo de entornos.

En un interior suele haber muchos colores y formas, pero fuera hay menos información y el cerebro se relaja, por así decirlo.

La mejor recomendación es salir al exterior. No hace falta que sea un paseo por el campo, si alguien no vive cerca de parajes naturales, sirve con salir al parque. También es recomendable practicar la privación sensorial en casa para descansar.

Usted destaca tres pilares: dieta, movimiento y estimulación cognitiva. Si, entre ellos, tuviera que elegir una ‘medicina’ diaria accesible para cualquier ciudadano sin recursos, ¿cuál sería la más urgente para frenar la epidemia de malestar actual?

Mi equipo y yo, ante todo, trabajamos en la salud mental global porque el bienestar es caro. No todo el mundo puede pagar una terapia, o se puede permitir tomar comida saludable todos los días.

En ese sentido, si me tuviera que quedar con algo, sería que en todas las escuelas públicas, desde pequeños, aprendiésemos a relajarnos, a respirar. Aprendemos idiomas, matemáticas e historia, pero no sabemos descansar.

Al contrario, nos enseñan a ser cada vez más productivos. Los niños vuelven a casa cargados de deberes, más las extraescolares a las que están apuntados. Yo hubiera agradecido aprender un poco menos de matemáticas y saber qué hacer cuando estoy nerviosa.

La iniciativa Psyche apuesta por comprender y no medicalizar sistemáticamente los malestares de la vida moderna. ¿Cree que la neurociencia actual está preparada para ofrecer alternativas sólidas a la cultura de ‘la pastilla rápida’?

Totalmente. Ahora nos está ofreciendo muchas alternativas que se basan sobre todo en en el estilo de vida. Esto se enfoca dentro de lo que es la la medicina preventiva, estableciendo hábitos en nuestro estilo de vida, pero no se queda ahí.

También nos está ofreciendo muchas pautas en forma de terapia, basadas en un cambio drástico de las rutinas para poder paliar el malestar emocional.

Afirma que el cultivo del intelecto y la curiosidad contribuyen a la salud general. ¿Es la curiosidad un factor de protección biológica frente al envejecimiento cerebral?

Sin duda. Hace unos años, trabajé en un proyecto centrado en el alzhéimer y nos dedicamos a estudiar cuáles eran esos biomarcadores que pueden predecir la evolución de la enfermedad en una persona. Uno de los factores que descubrimos que frenaba la progresión es la reserva cognitiva.

Quienes se habían mantenido intelectualmente activos experimentaron un envejecimiento más sano. Eso no significa que haya que hacer una carrera universitaria al jubilarse, basta con cultivar la curiosidad, nuestras inquietudes.

Hablamos mucho de sostenibilidad ambiental, pero poco de sostenibilidad emocional. ¿Cómo ayuda el conocimiento del propio cerebro a construir una sociedad más resiliente y menos agotada?

Aquí la neurociencia está aportando una cosa que me parece especialmente importante: considerar la salud mental como una cuestión social. No podemos dejar que, simplemente cada uno se cultive, que sea sostenible emocionalmente. Tenemos que establecer pautas sociales, dar herramientas a las personas, posibilidades…

Debemos ofrecerles recursos para que no sea una cuestión que aísle, porque cuando alguien sufre alteraciones en la salud mental, también afecta a un radio bastante extenso a su alrededor. Por tanto, no hablamos de algo individual, sino colectivo.