Josep M. Palau en una imagen de archivo.

Josep M. Palau en una imagen de archivo. Cedida

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Josep M. Palau, periodista y autor: "El turista quiere que el mundo se congele en el pasado para que sea exótico"

El director de la revista Viajar analiza los límites de la conservación en la selva del Manu y expone cómo se destruyen identidades y conocimientos ancestrales.

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En la selva amazónica de Perú se encuentra una de las reservas protegidas más importantes del mundo, el Parque Nacional del Manu, ubicado entre las regiones de Cuzco y Madre de Dios. Es también uno de las zonas mejor conservadas de la Amazonía.

En ella se incursionó el periodista y director de la revista Viajar, Josep M. Palau (Barcelona, 60 años), para conocer su cultura y las tribus que todavía la habitan. De ese viaje nació la idea que ahora se han transformado en el libro Mi madre se convirtió en pájaro (Viajes al Pasado, 2026).

Una obra en la que habla de la forma de vida de sus habitantes, pero también de los problemas de deforestación y ambientales que les amenazan. Aun así, no quería crear angustia a los lectores pensando en la destrucción del planeta, sino "reivindicar ese concepto de mágico que se puede encontrar en un lugar como este".

Por eso, habla de ríos voladores (corrientes de humedad que recorren América Latina), chamanes y tribus como la Matsigenka. Sobre todo esto, y las lecciones aprendidas, charla el periodista con ENCLAVE ODS.

Pregunta: Los científicos avisan de que la deforestación de la Amazonía está cerca de un punto de no retorno. ¿Cómo se vive este peligro desde el corazón del Manu, al lado de quienes dependen de que el cielo siga regando el continente?

Respuesta: Depende de dónde vayas, porque hay tres niveles. El primero es la zona de amortiguación, donde se permite tener granjas y cultivos. El segundo es un área protegida que es, únicamente, para uso científico, y, el tercero, un territorio ultraprotegido donde se considera que siguen viviendo grupos de no contactados [comunidades indígenas que viven en un aislamiento total, o casi,de la sociedad mayoritaria].

El límite está trazado. Otra cosa es plantear quién está vigilando todo el tiempo si las personas se pasan de la raya o no, porque los que buscan oro o minerales van a los lugares menos accesibles y muchas veces emplean mercurio, que luego va al río y contamina.

Es una de las zonas mejor conservadas, pero habrá que ver por cuánto tiempo sigue siendo así.

P: ¿Cuál es el dilema al que se enfrenta la comunidad arqueológica al descubrir y considerar la posibilidad de explotar turísticamente estas ciudades perdidas e inaccesibles, como Pusharo, en la selva?

R: Es complicado. En primer lugar, hay ciudades enteras perdidas en la selva que nadie va a investigar por ahora porque están en lugares muy inaccesibles. Aparte de eso, si se exploran, ¿qué haces una vez has llegado allí y lo has limpiado? ¿Lo expones al público?

No es tan sencillo ponerlo al servicio del turismo porque, para llegar, te tienes que cargar la selva. Es un tema que queda un poco entre dos aguas.

Imagen del cauce del río Madre de Dios.

Imagen del cauce del río Madre de Dios. Josep M. Palau

P: En su libro analiza los beneficios pero también los peligros del turismo en un Parque Mundial de la Unesco. ¿El turismo en el Amazonas es una herramienta de desarrollo para las comunidades o el inicio de su influencia externa?

R: Primero hay que entender que se trata de un concepto desarrollado desde el punto de vista occidental. En esta zona hay poblaciones muy pequeñas a las, que, en muchos casos, solo se puede acceder navegando.

Si llegamos, como pasa muchas veces, haciendo fotos a la gente, dándoles una propina o les empezamos a regalar cosas, poco a poco los vas haciendo dependientes de esas visitas que van a recibir.

Acaban esperando al visitante, el turista, a ver qué les trae, qué les da y si pueden vivir de ello. Así se genera una expectativa que corrompe.

Sin embargo, también puede darse el fenómeno contrario. Si cambias de continente y te vas a ver a los masáis en Kenia, te encuentras con que los señores que hacen la danza tradicional terminan el baile, se quitan la ropa y se ponen sus vaqueros, su camiseta y sacan el móvil para llamar por teléfono.

Entonces el turista occidental se queja y dice que ya no son auténticos. Lo son, pero también tienen derecho a la tecnología.

Disfrutamos de las tradiciones de Sevilla en sus fiestas, pero no les pedimos que vivan así todo el año. Tenemos que medir a todos con el mismo rasero; si no, parece que el mundo tiene que quedarse congelado y anclado en el pasado solo para que el occidental viaje y lo encuentre todo muy exótico.

P: ¿Cuál es, según usted, la clave para hacerlo bien?

R: Sea como sea, el turismo debe organizarse siempre preguntando a los habitantes de la zona. Es importante que puedan expresarse al respecto sobre cómo quieren que se haga, en qué cantidad, en qué zonas del año o dónde lo permiten

Sobre todo, y esta es la parte más difícil, pero la básica, el dinero que aporta el turismo en buena parte debe quedarse en la comunidad de acogida.

P: Occidente lleva décadas intentando "salvar la Amazonía" desde despachos, dictando leyes y cuotas de carbono. ¿Es una nueva forma de colonialismo verde pretender salvar un territorio sin entender la mitología y la vida de quienes lo habitan?

R: Sí. Evidentemente, es consecuencia de una cultura, que todavía tenemos todos, muy etnocéntrica. Cuando sales de casa descubres cosas y te confrontas un poco con tus prejuicios e ideas preconcebidas, pero en muchos casos a quienes piensan soluciones desde un despacho, seguramente, les falta pisar el terreno.

Además, hay que recordar que preservar la selva de por sí no soluciona todos los problemas que podamos tener de otro tipo.

Una embarcación llamada peque-peque remonta el río  Palotoa Teparo (afluente del Madre de Dios).

Una embarcación llamada peque-peque remonta el río Palotoa Teparo (afluente del Madre de Dios). Josep M. Palau

P: ¿Puede dar algún ejemplo?

R: Esto no ha ocurrido en la Amazonía, pero en Australia los aborígenes se podían desplazar de una punta a otra del país con una canción. La aprendían y su letra contenía los distintos puntos donde iban a encontrar una referencia para seguir su camino. Ahí habría alguien para enseñarles otra y así podían continuar el viaje.

Funcionaron así hasta que decidieron atravesar el desierto del centro del país con una carretera que ha eliminado muchos sitios que eran referencias en esas letras. Ahora esos aborígenes se han encontrado que sus indicaciones ya no existen porque han sido destruidas.

Es un claro ejemplo. La carretera se puede ver como algo que beneficia a todo el mundo, pero se ha cargado no solo el conocimiento ancestral de esta población, sino su forma de vivir y desplazarse.

P: En el libro se percibe que cuando un urbanita se adentra en un entorno como el Manu, se produce una cura de humildad inmediata. ¿Hasta qué punto nos volvemos analfabetos al pisar la selva?

R: Totalmente. Te pone muy en perspectiva de quién eres, de tu conocimiento y del de los demás. Cuando estás en la selva del Manu, te das cuenta de que gran parte de tus conocimientos occidentales allí no sirven para nada en absoluto. Tienes que aprender desde cero cómo se hacen las cosas allí.

Por ejemplo, estás acostumbrado a protegerte de los mosquitos con repelente, pero allí hay otros bichos que te acribillan, y aprendes que si los nativos se frotan con determinada planta para prevenirlo, hay que hacer lo mismo. Debes adoptar sus códigos si no quieres estar sufriendo todo el tiempo.